El alborozo con que la sociedad juarense recibió la noticia de la derrota del PRI en los comicios electorales se respiraba a grandes bocanadas. Javier Corral, flamante ganador de la contienda por la gobernatura del estado, repetiría hasta el hartazgo que los ciudadanos salieron a votar porque estaban hastiados de los malos gobiernos priístas. Armando Cabada, candidato independiente y próximo alcalde fronterizo siguió el mismo patrón señalando al ex presidente municipal Héctor “Teto” Murguía como responsable del ascenso de las fuerzas políticas opositoras al poder. En las celebraciones se dijo de todo, excepto qué iba a pasar después de la resaca electoral.

El sistema político en México se ha refinado a través del tiempo.  Gracias al famoso “voto de castigo” los atropellos del PRI quedan olvidados. El también llamado “voto útil” es la única reprimenda para los malos gobiernos mexicanos, quienes han optado por esconderse bajo la cobija democrática, darle “chance” a la alternancia y años después entrar por la puerta grande absueltos de todos los crímenes y alegando la “falta de experiencia” de sus contrincantes. Si el actual  Gobernador César Duarte es apresado, como lo prometió Javier Corral al inició de campaña, esto probaría que cada cierto número de años un chivo expiatorio de la política, generalmente el más escandaloso en sus corruptelas, es encarcelado con tal de seguir maquillando a la justicia en nuestro país.

Nosotros mismos lavamos las manos de los que nos robaron al creer ciegamente en la democracia representativa que tanto les conviene al poder para esconder todas sus tropelías y a la ciudadanía para evitar comprometerse con una transformación real ¿no es eso lo que nos ha pasado con Peña Nieto? ¿ser democrático es burlarse de su copete, de su mal inglés?¿ Ayudamos en algo compartiendo memes sobre sus irrisorias acciones? ¿cuánto sabemos sobre su propuesta? ¿cuanto nos interesamos por algo que vaya un poco más allá de nuestros intereses miopes e individuales?

La verdad es que el PRI nos sigue haciendo pendejos, usando todos los paleativos posibles para dispersar nuestro encabronamiento profundo y haciéndonos creer que nuestro voto cuenta. Le apostamos a los independientes, a los partidos de oposición y al chisme virtual. Sin embargo rehuimos de una construcción real, que nos comprometa y nos saque de la zona de confort. Si el cambio requiere mas esfuerzo que depositar tus esperanzas en una urna del INE; entonces que hueva. Iñarritú se equivocó. Tenemos exactamente el pinche gobierno que nos merecemos.

A nadie le interesa saber sobre la edificación de una transformación de fondo, desde abajo; alejados de los espejitos, lucecitas e ilusiones prometidas por los candidatos en época electoral. Comunidades pequeñas organizadas para resolver los problemas que los aquejan. Para llevar luz en la colonia, para pavimentar entre todos, para promover el comercio justo y la renuncia a una economía que los mantiene pobres, para ayudarse en conjunto a estar mas alivianados, menos jodidos. Alguien dijo alguna vez “uno para todos, y todos para uno” ¿eso ya no aplica en nuestros tiempos modernos?

Nunca se sabe a ciencia cierta que provoca este letargo político, tal vez sea la desinformación, o la huevonada, quizás las dos, pero lo cierto es que no se ha podido renunciar a un sistema que no está enfocado en cumplir con la deuda que el PRI adquirió allá por tiempos de la revolución “progreso y justicia social”. Sin embargo se sigue jugando bajo las reglas del niño rico y regordete de la colonia que cambia las reglas constantemente y se convierte en un reyezuelo déspota con la amenaza constante de: “me voy yo y me llevó mi balón”.

Ante un panorama tan desolador el pueblo de México ha desarrollado el Síndrome de Estocolmo y acabar por defender a capa y espada al responsable de la “dictadura perfecta”: la ilusión de la democracia. Gracias a esta farsa existe la fascinación por los desvaríos mesiánicos del peje, las segundas oportunidades al PRI y el perdón al PAN por su doble moral. Somos tan buena onda (o tan pendejos) que incluso pasamos por alto la cínica burla de Javier Corral y su controvertida frase “hasta la victoria siempre”; cachetada simbólica a los movimientos sociales, a la digna rabia y a los que todavía creemos en la izquierda (real no partidista). Fox hizo algo similar en el 2000 con su V de la victoria, total en un pueblo sin memoria todo se olvida fácil, al menos hasta que lleguen las próximas elecciones.

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Al igual que la inspiración, el compromiso político es esporádico y caprichoso. El periodo entre elecciones democráticas es una laguna diáfana de valemadrismo social. Sin embargo, al ritmo que el INE nos impone, marchamos junto a los candidatos políticos y su parafernalia publicitaria, absorbiendo a cabalidad el ambiente electoral, espacio propicio para levantar la mano y dejarle saber al mundo que seis meses antes y después de los comicios electorales nos importa madre nuestra realidad.

Todo el mundo tiene una opinión, nadie queda fuera del chisme sobre las elecciones, atole con el dedo de nuestra desnutrición política. La campaña en sí, ese medio año en que prístas, perredistas, panistas, abstencionistas y demás istas se amontonan alrededor del carnavalesco espectáculo para no quedarse fuera del juego se asemeja a un paseo en ruta por Ciudad Juárez, en el que entre el ruido estridente de las canciones que el chofer impone, los gritos discrepantes de los pasajeros que se tratan de comunicar entre si y los impestivos arracones y frenones que mandan al suelo a los incautos uno ve muchas cosas pero no entiende nada.

Mientras los procesos electorales (esos necesarios para que la democracia exista en México) nos cuestan millones de pesos a los contribuyentes, hay proyectos que pretenden transformar las realidades más dolorosas de nuestro país sin un peso de los recursos públicos (ya que para esos no alcanzan las arcas nacionales). Sin embargo estos esfuerzos fuera de la lógica gubernamental son opacados por la gran marquesina publicitaria que solo alumbra a la democracia partidista, exponiendo a cualquier otra forma de organización social al vituperismo cuando menos, o relegándola al ostracismo si de plano no tiene suerte.

Se ha confundido la participación ciudadana con el hecho de informar a la población sobre las elecciones y su derecho a votar. Esta reducción del concepto democrático es la excusa perfecta para justificar a un sistema político que de lo contrario estaría en caída libre y que sin embargo año con año se fortalece. Entre los candidatos pintorescos, las corrupciones grotescas, anuncios del INE, votos de castigo, coherciones sociales y la aguerrida pero siempre desinformada opinión pública la mirada de los votantes se empantana. Ante un espectáculo tan barroco uno termina por acudir a las urnas casi a ciegas, abrumado ante la descomunal faramalla. Es, a falta de mejores palabras, como dijo La maldita vecindad: un gran circo.

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Es razonable que después de vivir años incontables en un burdo sistema político que en México confundimos con “democracia”, uno empiece a conformarse e inclusive a aceptar con mayor o menor medida los rústicos intentos por mostrarnos que en nuestro país, lleno de todas las contradicciones posibles, el poder reside en el pueblo. Lo sorprendente es que los jóvenes nos hemos contagiado del conformismo histórico que aqueja a la nación desde tiempos inmemoriales. La fuerza generadora y propulsora del cambio ha sido coptada por el desinterés a la información, los debates insulsos y los chistes en las redes sociales. Milán Kundera lo escribió:

“La juventud es terrible: es un escenario por el cual, calzados con altos coturnos y vistiendo los más diversos disfraces, los niños andan y pronuncian palabras aprendidas, que comprenden sólo a medias, pero a las que se entregan con fanatismo. Y la historia es terrible porque con frecuencia se convierte en un escenario para el jovencito Napoleón, un escenario para masas fanatizadas de niños, cuyas pasiones copiadas y cuyos papeles primitivos se convierten de repente en una realidad catastrófica real.”

Los jóvenes repetimos la consigna democrática con esmero, inconscientes del pasado terrible que rodea al sistema electorero que permitió el ascenso al poder de Díaz Ordaz con la sombra de Tlatelolco, Salinas y sus devaluaciones, Calderón y los 150,000 muertos de su guerra absurda. El juego político mexicano va reclutando nuevos adeptos con los miles de mexicanos que cada año cumplen 18 años y se convierten en presas de las tantas promesas que se han hecho y las tan pocas que se han cumplido.

Sin embargo la pregunta queda en el aire, si los jóvenes somos presos de nuestra ignorancia histórica ¿porqué los viejos salen a votar después de décadas de fraudes y un pésimo manejo del país por parte de los consuetudinarios gobiernos en la silla presidencial? Podríamos decir que en México sufrimos de ignorancia generalizada, pobre discusión política, desinterés social y sobre todo de falta de memoria.

Hace meses leí sobre la ventaja de Keiko Fujimori en la carrera presidencial del Perú y aunque al final la elección fue ganada por su contrincante con un cerrado 51% contra 48% es abrumador pensar en un pueblo que quiere que la hija de Alberto Fujimori (quien ha expresado admiración por su padre en diversas ocasiones) controle los designios del país, en especial cuando el progenitor de la actual candidata, presidente de aquella república andina durante los años noventa actualmente este pagando una condena por delitos de lesa humanidad, corrupción y otras tantas aberraciones ocurridas durante su mandato de casi diez años. Se suponía que la historia no es cíclica ¿qué no?

La memoria es caprichosa, aprisiona a las historias que la nutren, cargando al pretérito de  tachones y rectificaciones pertinentes. El pasado esta al servicio del presente, no dudamos en agregar, modificar o esconder eventos a nuestro antojo. La verdad esta condenada al ostracismo, el peor enemigo de la objetividad histórica es la interpretación actual del ayer.

En el año 2000 las izquierdas del país se amalgamaron alrededor de Vicente Fox Quesada, alternativa panista para la presidencia de México. La propuesta de Fox no representaba un proyecto político mas allá de la simple alternancia, después de 70 años de PRI el hecho de que el partido de la oposición se instalara en el poder ejecutivo constituía por si mismo un avance enorme a la democracia nacional.

Dieciséis años después Javier Corral, candidato panista a la gobernatura de Chihuahua ganó el puesto con una sola de sus promesas de campaña: arrestar al actual gobernador César Duarte por sus delitos de corrupción y enriquecimiento ilícito. A pesar de que por su experiencia política y conocimiento general el exseandor Corral podría ofrecer una propuesta mucho más acabada que la del empresario Vicente Fox los dos basaron sus campañas y discursos en el hecho de no ser priístas. Habíamos quedado que la historia no es cíclica ¿qué no? dos panistas, un lustro y medio de diferencia y el mismo espejismo.