Diez años después de que alLímite editores publicó Delincuentes Historias del Narcotráfico de Armine Arjona, es necesario regresar a estos cuentos para repensar la frontera. Pasados los años, el texto de Arjona se han convertido, por su originalidad, en una pieza fundamental de la narrativa juarense. En su tiempo, el libro tuvo una acogida excepcional, la edición completa se vendió en pocos meses y ahora encontrar un ejemplar se ha convertido en asunto de buceadores. Los siguientes son tres cuentos seleccionados por la redacción.

La cosecha

Pos la mera verdá fue mi primo Reynaldo el que me convenció pa’ meterme en el negocio. Nos habíamos salido del rancho pa’ que los lepes pudieran estudiar aunque fuera la secundaria y no estuvieran tan de al tiro como uno. Mi señora Agustina fue la que más insistió:

-Ándale, Jacinto, pos qué quieres que mañana tus hijos le estén rascando a la tierra como burros: a ver si llueve, que si las secas, que si esto, que si l’otro, pero nunca salimos de jodidos. Vámonos pa’ Las Cruces. Allá de perdida hay estudio pa’ los muchachos, pa’ que sean algo mejor. Gente de bien, pues. Allá está tu familia, como quiera y nos echan la mano pa’ empezar.

Con lo poco que juntamos me llevé a mis gentes a Las Cruces. Nuestra idea fue poner un tanichito pa’ ayudarnos. Reynaldo me aconsejó:

-Mira primo, no creas que aquí la cosa está tan fácil. Yo me fui pa’l otro lado y traje unos dolaritos. Ya mi taniche está creciendo porque al fin conseguí permiso pa’ vender cerveza. Eso es lo que en verdad deja. El trago nunca falla, pero para eso necesitas una feria.

-¿Cómo ves? La he estado pensando mucho y ora que estás aquí me he animado a proponerte un negocito. Ta’ fácil, pero necesito alguien de confianza alguien como tú, alguien que no la vaya a regar.

-Tú dirás, primo. Yo sólo quiero levantar a mi gente. Tú sabes…

-Mira. Tengo por ahí un compadre que me vende semilla muy barata, semilla de la buena.

-¿Y qué vas a sembrar?

-Pos mota, pues. Algo que nos deje harto dinero pa’ los dos. Tú pones la mitad y entre tú y yo hacemos el trabajo solos.

-Oye, pero eso está cabrón. No quiero acabar en la cárcel.

-No seas güey. Ya tengo todo arreglado. No va a pasar nada, primo. Piénsalo unos días y luego me
dices si te animas.

No, pos le anduve dando vueltas al asunto como una semana. Yo nomás quería ver a mis hijos sin esas hilachas, comprarles zapatos, darles escuela. Empezar otra vida sin tanta miseria, pues.

Con mucho sacrificio pusimos entre los dos cinco mil pesos pa’ la dichosa semilla. Nos metimos en la troca de Reynaldo cuatro horas por el monte, y todavía de ahí caminamos otras cuatro horas. Sembramos va­rios días en una sierra bien alta y escondida.

-Aquí no llegan ni los sardos me dijo Reynaldo­ está re’ güena la tierrita.

Regresamos tan cansados a Las Cruces como si nos hubieran pasado por el molino del nixtamal.
A los cuantos meses Reynaldo me convidó a ver como estaban las plantas. Les juro que ni en todos mis años de ver milpas grandotas había visto algo igual. Las matas estaban re’ te chulas, muy altas y harto frondosas.

-¡Ya la hicimos! Vamos a sacar una buena cosecha de aquí, te lo aseguro -me dijo Reynaldo bien
lurio.

Llegó el tiempo de levantar la siembra y ya me hacía con mucha feria pa’ aliviar tantas necesidades de la familia. Subimos a la sierra y caminamos como pendejos. Cuando dimos con el escondite se nos atra­gantó la saliva como si fuera masa en la garganta. Ya no había nada. Ni una méndiga mata.

Nos quedarnos callados, con muchas ganas de llorar.

-Nos cayeron los guachos, primo. Mugres solda­dos no dejaron ni madres. Lo bueno fue que no nos agarraron -berreó Reynaldo entre muino y agüitado.

-Pos sí, primo, pero qué tizna nos acomodaron. Tanto méndigo trabajo pa’ nada.

Y así estábamos rumiando nuestra tristeza cuan­do de pronto me fijé en el suelo.

-Mira primo. Aquí hay hartas pisadas. Entonces recorrimos todo el terreno. Ya no nos quedó duda.

-¡Pinches vacas hijas de su chingada madre! gri­taba Reynaldo una y otra vez.

Se habían tragado todo. Sin cerco que las parara, re’ te a gusto las cabronas.

Primero lloramos y luego fue pura risión todo el camino de regreso.

-¡Pinches vacas mariguanas, primo! ¡pinches vacas viciosas!

 

La ganga

-Mire, tío -anunció mi sobrino Andrés inflado como pavoreal-, mostrándome un Mustang ’65 color verde olivo.

-Ah, chirrión. Está bonito, ¿dónde lo agarraste? -Una ganga, tío. Conseguí licencia de comprador
y me fui a Colorado a una subasta de esas que hace la policía de vehículos apañados por deudas de impuestos o de los que les trampan a los narcos.

-No, pos te rayaste, sobrino. Se ve enterito.

-Lo mismo pensé yo cuando lo vi en el corralón, nomás que tiene que comprarlos así como están. No dejan que los pruebe uno. La compra es en caliente, como va.

-Yo dije, pues este Mustang se ve de poca madre. Me di cuenta que era original, me volé todo y ya no quise ver ningún otro carro. La verdad me latió el corazón nomás de pensar en tener un clásico,y más por el precio, una chulada…

-¿Y cuánto pagaste, mijo?

-Dos mil trescientos dólares, pero es clásico. -¿Y qué tal?

-No, pos fíjese que me apendejé tanto con la emoción, que luego luego pagué y a la hora de recogerlo me di cuenta que no tenía el volante.

-Ah,qué mi sobrino tan…

-Ni me diga nada, tío. Ya entrado en el negocio pagué la grúa hasta Juárez. Al cabo pensé que si no me lo quedaba yo podría venderlo en una buena feria. Los Mustang siempre tienen sus fieles seguidores.

-Bueno, ¿y cómo está lo demás?

-Pues por eso ‘vine, usted tan bueno para eso de la mecánica, quiero que me lo cheque todito y me diga su diagnóstico.

-Órale. Ya vas, pero va a ser una corta pa’ mí también.

-Ya sabe, le picho las chelas… -Sí,cabrón, pero una feria también me la merezco, ¿no crees…?

-Sí, tío. Yo no confío en nadie más que usted. Voy a traer unas cervezas mientras lo revisa.

Así fue como me puse a checar este carrito, y la verdad, tan bien cuidado por fuera, así tenía de chu­las las entrañas. Un motorsote limpio, no tiraba aceite, buena compresión, las bujías relucientes,el escape sin carbón. Pinche carro, bien fregón.

De pronto me llamó la atención un compar­timiento. Apenas si se notaba, pero yo que conozco de carros se me hizo extraña esa parte. Coloqué la lámpara para ver mejor el recoveco y ándele, le di al clavo. Así, literalmente.

Levanté una tapa misteriosa, muy bien disimulada, y saqué dos bolsas teipiadas con masking gris.¡Bingo! Les metí la navaja, lleno de malilla y curiosidad. ¡Puta! ¡pinche coca estaba re’ buena! Como medio kilo de pura felicidad.

-¡Ah qué gringos tan tarugos! Habían torcido el carro pero no encontraron todo el clavo. El clavo perfecto. Agradeciendo su pendejez, tomé los bultitos cual si fueran sagrados, como un par de recién naci­dos en manos de un padre amoroso.

-No, m’ijo -le solté a mi sobrino en cuanto regresó-, este carrito necesita su buena overholeada. Voy a tener que ponerle al jale un buen rato.

-Hágale todo,tío. Ya ve que me rayé. (Yo también, pensé para mí, pero no dije ni madres).

-¿Cuándo quiere, que vuelva por él?

Rogando al santerío que el Mustang tenga otros buenos clavos más, le respondí: Véngase hasta el lunes, m´ijo, y tráigase otras birrias…

Dije que a todos

-Pásele, pásele, doctor. Lo estaba esperando con largas uñas, siéntese. Me acomodo en el sillón de terciopelo rojo en la amplia recámara de Don Fermín.

-A ver, José, tráele un trago fino al doctor, un coñaquito del bueno -ordena en tono de alarde.

-Ahorita no, Don Fermín. Mejor acuéstese para revisarlo.

-¡Cómo no! No me va a desairar,¿verdad? -Ándale, José, apúrale. El guarura, obediente, sale del cuarto y tres pis­toleros me miran con sorna, en silencio los muy mulas. Don Férrnín se despoja de sus botas de 400 dólares y se recuesta en su cama kingsize.

-¿Cómo se ha sentido? -le pregunto.

-De la chingada, doctor. Otra vez el hígado no me ha dejado en paz. Puro coraje con esta bola de mañosos. Además no faltan los problemas con los negocios y las viejas que ahí están a pide y pide, no tienen llene las carbonas. Ya sabe, doc, si usted con una casa no se la acaba imagínese yo con dos esposas…

José llega con una charola engalanada con una botella de Napoleón y dos copas.

-Sírvele, cabrón, no te apendejes …

Conteniendo su enojo, José obedece sumiso al patrón.

-¿Cómo me ve, doctor? ¿todavía estoy vivo?. Me río sin ganas y le digo al viejo correoso: usted tiene para rato. Nomás es un desgaste nervioso, con una inyección de complejo B se va a sentir mejor. Aquel hombrazo de mirada animal se puso páli­do, casi transparente.

-No la joda, doc. Déme lo que quiera. Recéteme otra cosa, pero una inyección ni madres.

-Pues es lo que necesita. Total, un piquete y como nuevo otra vez.

-Prefiero que me metan un balazo. No quiero piquete.

-Yo se lo pongo, no le va a doler, es rápido. -¡Por su santa madre, doctor!, no me inyecte… Se oyen las risitas socarronas de los guaruras. -¿De qué se ríen, cabrones? Mucha risa, hijos de
la chingada… -ruge Don Fermín. Silencio total.

Comienzo a hacer la receta y Don Fermín se me acerca cuchicheándome al oído palabras que en su
boca son sagradas. Al fin y al cabo también es mi patrón.

-Órale, Chuy.Te vas a gorro a la farmacia y que te surtan toda la receta como el doctor dice.

-Ándele, doc. Échese un trago conmigo mientras vuelve este pelado.

-Nomás una copa, Don Fernún, voy a trabajar más tarde.

-¡Salud, doctor! Y esta se la voy a guardar bien apuntada en el libro de no me olvides. Nomás por que le tengo harta fe me voy a dejar picar. Ni se vuele, que de estas pulgas ya no van a brincar en su petate …

Pienso para mis adentros qué tan guardada me la va a dejar.

-iSalud! Don Fernún. Va a ver qué bien se va a sentir…

En eso llega Chuy de la farmacia con un bolsón. -¡Ora sí, hijos de la chingada! ¡Mucha risa, pen­dejos! ¡Píquelos a todos, doctor! ¡Páselos por las armas!

Y ahí están la bola de forajidos tan machotes, lloriqueando con los calzones abajo y las nalgas bien picoteadas. Un cuadro verdaderamente inolvidable,-pensé…

-Págale al doctorcito, José. Dale cien dólares más de propina por este buen rato.

-Nos vemos el jueves que entra, Don Fermín. Oigo las risotadas del viejo, siento que las
miradas de esos malditos se me clavan como letales dardos en la espalda y sólo le pido a Dios que nunca tenga que verlos fuera de los dominios del patrón.