Transcurrido el primer debate, que al parecer no movió de manera drástica las preferencias entre los electores, César Silva Montes reflexiona sobre el panorama comicial, sus actores y sus falsas promesas vertidas en un país cada día más empobrecido e inseguro en el que campea el hartazgo ciudadano

De amnistías y La Bruja[1]

En la política de paga, entiéndase gobernadores, diputados, senados y presidentes que cobran por gobernar, tratan de expresar discursos agradables al oído del votante. En campaña por el hueso, prometen la universidad gratuita, la autosuficiencia alimentaria, acabar con la corrupción y la mejora en la calidad de vida de la gente. En temas más polémicos mantienen su distancia: la legalización de las drogas, el aborto, los matrimonios homosexuales y la posibilidad de adoptar o el reconocimiento de la prostitución como una actividad laboral. Tratan de calcular el efecto electoral en cada frase o lema de campaña. En el siglo XXI, las redes sociales orientan su retórica y desprecian al vox populi.

Cuando pueden, “los salvadores de México” hilvanan sentencias categóricas para convencer al electorado: AMLO, acepta militantes tránsfugas de otros partidos y ofrece perdón a quienes se adhieran a su causa, a excepción de Salinas, Calderón y Fox. Meade dice que acabará con la corrupción cuando la promovió durante casi 12 años. Anaya millonario, cuyos hijos estudian en Atlanta y los visita con frecuencia, es un desmemoriado, porque representa la continuidad de la Fox y la corrupción de los hijos de Martha, más el país sangriento que nos heredó Felipe Calderón, ofrece un país mejor. Como si el PAN no hubiera aprobado el gasolinazo, la privatización de las pensiones y la reforma laboral.

Ahora comento sobre el puntero. A justificación no pedida, declaro que no me uno al linchamiento político de los medios al Peje, pero si sostengo que el principal enemigo de AMLO es él mismo. Cuando le preguntan si legalizaría las drogas, si permitiría la adopción de parejas del mismo sexo, seguro con su acento tabasqueño, responde: “Se someterá a consulta”. Pero como las encuestas orientan el voto ciudadano y en el hipódromo apostaría 100 dólares al ganador, se le ocurrió proponer una solución mágica para acabar con el narcotráfico: amnistía a los capos. Imagino: en su cálculo para ganar votos, tal vez, la demanda más sensible de la gente es acabar con la secuela de muerte del Chapo y compañía.

Cuando López Obrador se rehúsa a manifestarse por cuestiones sobre la libertad plena del ser humano para ejercer su sexualidad, el gusto de sentirse en estado alternativo con la mariguana o hacer de su vida un papalote, se le ocurre amnistiar al capo de moda. Vino la avalancha de descalificaciones (léase está pendejo). Javier Sicilia en un artículo en la revista Proceso le manifestó su desacuerdo con la propuesta, y le dijo que la amnistía no es olvido. Ni que decir de la derecha y los empresarios asustados, porque México se convierta en una nueva Cuba. Como sucede, las plumas pagadas de las columnas periodísticas y el candidato del PRI le tupieron al candidato transexenal Manuelovich.

Tuve el gusto de caminar por las calles de Nicaragua en 1989 para celebrar el décimo aniversario de la revolución Sandinista. En 1991 visité El Salvador, buscando disfrutar unos días de acuerdos que, se suponía, se lograría un gobierno de izquierda. Entendí lo difícil de la amnistía para conciliar a un país. Para los acuerdos de paz en ambos países habría que perdonar los crímenes de guerra. Las familias se resistieron: como olvidar los asesinatos de sus familiares. Todo en favor de acabar con la guerra, las muertes y la devastación del país. La población aceptó a pesar del dolor. En Colombia, el presidente Santos sometió a referéndum la reconciliación con las FARC. Y perdió, porque no quisieron perdonar.

La amnistía vale, pero no como promesa de campaña. No es olvido, se trata de perdonar en un contexto de guerra y por una utopía de país. Pero al pragmático Peje se le ocurrió (aunque se queje de los asesores de la guerra sucia) perdonar a los narcos. En el contexto de la propaganda negra les dio motivo para el ataque. No estoy a favor de acabar a sangre y fuego con el narco, pero la amnistía implica trabajo político y la anuencia del pueblo. La hipocresía del Peje es someteré-a-consulta-la-legalización-de-las-drogas, y dictar unilateralmente la amnistía. Pero como el Peje presume de ser del pueblo, a él debe convencer. En el caso de Colombia las FARC ya se desarmaron y terminó un frente de guerra, porque queda el ELN.

Si AMLO sigue la senda de la amnistía, debe mirar más allá de los narcos. Mejor que vea telenovelas. En La Bruja, teledrama colombiano, se retrata la conexión del trasiego de drogas entre México y Colombia. En un pueblo Jaime Cruz, narco, se viste de agricultor, crea empleos, financia a la casa de la cultura y a la iglesia. Así controla al pueblo. La gente entre la ignorancia y la necesidad ven al capo como benefactor. En el balance, Cruz les ofrece mejores condiciones de vida que el gobierno y sus diputados. Claro que Jaime también usa la amenaza y la violencia contra quienes se oponen a sus planes. Pero ¿qué decir cuando periodistas y activistas críticos al régimen son desparecidos o asesinados?

El final de la telenovela ilustra las realidades mexicana y colombiana, como si fueran un perfecto clon. Un gobernador es interrogado en el congreso por sus nexos con Jaime Cruz. Como sucede con los ministerios públicos, las pruebas son endebles. Al gobernador se le inquiere qué si recibió un caballo del narco, según se muestra en una fotografía, y cuánto costó. Responde con sorna: “Me regaló dos y cuando a Usted (se refiere al congresista) le regalan algo no pregunta su valor.” No negó su amistad con Cruz y aceptó el financiamiento, porque los cafetaleros están en crisis. Además, nadie le dijo que era narco, sino un hombre acaudalado con quien “todo mundo hacía negocios”, hasta con el hijo de un diputado.

Enseguida, se interrogó a una diputada en campaña. Contestó que debido a los rumores sobre Jaime Cruz y su actividad de narcotraficante, revisó su pasado judicial. Encontró su pasado limpio, sin ninguna aprehensión ni delito alguno. Tampoco alguna investigación reciente por lavado de dinero. Enseguida, la diputada cuestionó que en Colombia nunca se ha sabido el origen del dinero de muchos servidores públicos millonarios. Remató: “todos tienen rabo de paja” (equivalente a la expresión mexicana: “tienen cola que le pisen”). Teledrama al fin, los congresistas erigidos en jueces, similar a la comparecencia en Estados Unidos, quedaron mudos ante la seguridad de la diputada y la falta de pruebas.

Los argumentos vertidos provocaron la risa de los demás congresistas. No obstante, Octavio Mejía, uno de esos políticos honestos que como excepción confirman la regla, denunció que la mafia del narcotráfico se apoderará del país. A sus palabras, los diputados invitados a la audiencia abandonaron paulatinamente la sala. Así perdió el debate un diputado congruente. Después, la diputada, también íntegra, comentó en una reunión privada con el presidente: “Estoy hastiada de la política. A nadie le interesó el debate. Todos pensaban ‘en dónde estará Jaime Cruz para pedirle dinero’”. Luego, el presidente amigo del gobernador, le dice: “Lo que más me gusta de este país es que nunca pasa nada. Para bien o para mal”.

Antes del debate el presidente había consultado con sus asesores cuál debería ser la postura de la presidencia. Le recomendaron que, por la imagen exterior del manejo de los problemas de narcotráfico y la guerrilla, era conveniente deslindarse de su amistad con el gobernador. Además, por los cambios en la política de los gringos hacia Colombia. El presidente decide apoyar a su amigo, pues “no le dará gusto a los Estados Unidos, porque son unos hipócritas”. Como dictan los cánones de las telenovelas el final feliz: el párroco fue destituido por corrupto; a Jaime Cruz el narco mexicano le ganó la batalla matándolo y despojándolo de un cargamento de millones de dólares; Octavio Mejía, después de la derrota, dispuesto a seguir en la pelea democrática; Leonel y Amanda, La Bruja, se juran amor eterno.

Así que mejor la amnistía. Es más fácil que descubrir las redes de lavado de dinero y desarticular los movimientos financieros del narco, como sugiere Eduardo Buscaglia. Sería una manera de impedir el uso del dinero de los capos para corromper autoridades y abogados, comprar armas y pagar a los sicarios. Menos emprendería un desmantelamiento radical del neoliberalismo. Condición necesaria, no suficiente, sino se erradica la pobreza, principal factor que genera delincuencia y corrupción. Como dijo la diputada de La Bruja, sobre los sucesos en el congreso: “Es una vergüenza lo que pasó. No hay una persona con estatura moral”. ¿Amnistía o ir a las raíces del problema?

Notas al pie de página

[1] Va una explicación no pedida. Esta opinión la escribí antes del debate. Por alguna extraña razón no se publicó en allimite. (Siendo autocrítico, creo que fue porque tenía mejores textos). Así que mantuve el texto original de ese momento. No es mi interés abonar a la discusión sobre la amnistía propuesta como una posibilidad real o no para controlar el narcotráfico. Porque la derecha neoliberal cree que con tanques y helicópteros artillados acabará con los narcos. Escasa diferencia entre contarles la mano a los rateros, como propuso el Bronco.