La debacle económica en España mantiene en el hartazgo a sus habitantes. Hablar de política, instituciones y democracia produce somnolencia entre los ibéricos  Esta es la veta que ha capitalizado Podemos, un partido sui generis, que ha revolucionado el índice de votación marginal en ese país, en los últimos tiemposJuan Carlos Monedero, miembro del grupo promotor de esa agrupación, surgida de los círculos intelectuales de la Complutense de Madrid, condena al aparato actual en poder español y plantea la urgencia de repensar otra forma de concebir la política. Aquella más convincente, sostiene, para no perder nuestra humanidad.   

El libro que quería ser una subversiva caja de herramientas. Si queremos que las ideas se hagan ciudad, necesitamos reinventar las palabras de la política, revisar las entradas al casco antiguo, comunicar entre sí las grandes avenidas. Convertir las palabras, con urgencia, en cubos de agua fría que caigan sobre nuestras templadas cabezas; después, trocarlas en munición verbal para una lucha nada teórica. No es igual escuchar «democracia» y pensar «yo soy el pueblo, yo soy quien manda» que interiorizar: «Vota y dentro de cuatro años hablamos». Hay que agitar el discurso como quien lanza un panal de avispas dentro de un confesionario. Usando el modesto instrumental de la ciencia política, una inquietante sospecha se mete por las costuras del pensamiento: ya no es posible universalizar el sistema capitalista y que al tiempo funcione como Estado social y democrático de derecho. La democracia y el bienestar de unos van a convertirse en la dictadura y la miseria de otros. ¿Imaginamos a quién le va a tocar ser feliz o miserable, en un lado o en otro? Ya sabemos, entonces, dónde está la gente decente. Un antídoto contra la tentación de la inocencia. Dosis justas de veneno contra la «soberbia obstinación» de los resignados.

La economía de mercado, lo vemos por todas partes, no necesita ir acompañada de democracia. No solamente por culpa de China, que cosecha éxitos económicos al lado de fracasos democráticos, sino también por el comportamiento de una Europa que cambia presidentes y constituciones, que incumple promesas electorales o el contrato social fundado en la igualdad si así se lo sugiere la incuestionable Verdad que expresan los mercados. Democracias hechas añicos, como si el edificio vigente el último medio siglo finalmente hubiera estallado en mil pedazos. El modelo neoliberal, en ese fragmento, no es igual en todos lados porque tampoco están siendo iguales las respuestas de los pueblos.

Ese desmembramiento se dispersa por estas páginas: si no existe un canon, si la política es movimiento constante, al sentido se llega por aproximación. Necesita de la ambigüedad de un poema y de la contundencia de una cita, del cambio de ritmo entre un argumento y una escena de cine, poniendo un chiste al lado de un dato para que actúen como un «hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros». Un libro que pueda abrirse en cualquier página y comunique con ese fragmento el fragmento reconstruido y subversivo del mundo.

La subversión es bandera propia de los tiempos de cambio. Una versión diferente de la oficial que ha buscado el punto de vista de los de abajo. Una mirada a ras de suelo capaz de darle la vuelta a lo que existe. Ver las cosas de otra manera para convertirte en subversivo. Este libro quiere ser una caja de herramientas que deja las desvencijadas habitaciones de la academia y baja a la calle, donde la gente decente camina su vida.

Que quiere ayudar a salir del marasmo en el que nos han metido y también en el que nos hemos metido. Que entregue alguna luz para que todas y todos los que sospechan sepan que su recelo tiene mucho fundamento. Para cambiar los golpes de pecho por infranqueables trincheras de dignidad; para aprender que la solución no está en ningún libro que no camine también por las calles y tampoco en las calles que no reflexionen su quehacer. Que recuerde la ceguera de la práctica sin teoría y la inutilidad de la teoría sin práctica. Para que la imagen de la democracia no sea un busto parlante hablando en una pantalla de plasma a consumidores de política barata. Para que no envejezca, escondido en un desván, el retrato auténtico de nuestra democracia mientras vivimos el espejismo de una eterna juventud nacida en el manantial inmortal de la inmaculada Transición.

Emanciparse es librarse de la tutela de quien te marca las reglas. De quien te quita tu libertad. Dejar de ser posesión en manos de nadie. Entonces pasas a ser responsable de tu suerte. El miedo a la libertad es una de las amenazas favoritas de la razón humana. Si después de haberte comprado una prenda de temporada, de haber leído un libro sobre las cuitas de una modista o de las maquinaciones de misteriosas sectas, si después de haber visto el último partido del siglo o de haber escuchado que la culpa es de los que hurgan en la memoria, sigues teniendo la sospecha, aunque sea ligera, de que nada importante se ha movido, puede que aquí encuentres otros caminos. En un curso, lo más importante son los oyentes. Si no fuera así, disculpa por el tiempo dedicado a estos párrafos. Los tiempos han dejado de ser amables. Queremos preguntarnos si no estamos perdiendo cosas por las que mucha gente se jugó alguna vez todo lo que tenía. Es una senda que reclama mucha prudencia y algo de complicidad.

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Estas reflexiones han querido tener enfrente el espejo de la gente decente. La que encontró Orwell entre la gente humilde en Wigan Pier, en su primer trabajo como periodista. La que le sorprendió en su honestidad y le llevó a pelear más tarde junto a las Brigadas Internacionales en la guerra civil española. También la que le llevó a enfrentarse a cualquier totalitarismo. La gente decente que está harta pero no quiere ventajas sobre sus vecinos, la que no quiere ni vivir en la derrota ni triunfar por encima de nadie. La que se llena de coraje y dice que no cuando lo fácil es decir que sí o abrazar alguna explicación que nos tranquilice. La que aprende a no tenerle ni miedo ni recelo a la política porque entiende que la política somos, sobre todo, nosotros. La que se refleja en el espejo de lo que nos emociona por esa generosidad que rebrota cada vez que hay una desgracia, la que se desespera porque se siente cansada, la que no entiende qué hemos hecho para merecernos esto pero no está de vuelta, mucho menos antes de haber iniciado el viaje. Gente decente que quiere vivir una vida decente. Y en estos tiempos, otra vez sombríos, no le dejan.

Noticias deseseperanzadoras de P. Disculpen las molestias, pero la ciudad estaba abajo.

“Nosotros y los nuestros, todos hermanos nacidos de una sola madre, no creemos que seamos esclavos ni amos unos de otros, sino que la igualdad de nacimiento según naturaleza nos fuerza a buscar una igualdad política según ley, y a no ceder entre nosotros ante ninguna otra cosa sino ante la opinión de la virtud y de la sensatez”.

Aspasia (siglo v a. C.), maestra de Pericles.

Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cuatro años podría entenderlo. ¡Que me traigan a un niño de cuatro años!

Groucho Marx Lo frívolo y lo eterno: cuestiones de valentía

Vivimos un tiempo en el que la gente decente anda perpleja, y los canallas, envalentonados. Aunque parezca mentira, hubo un tiempo, tampoco tan lejano, en el que la gente no se avenía a tratar a los demás como meras mercancías.

Los tiempos cambian, la indecencia se convirtió en norma y la decencia fue volviéndose un valor escondido. La regla mató la excepción. La última vez que en nuestro mundo cristiano gente indecente se tiró por la ventana fue durante la crisis de 1929. Luego, como si hubieran desarrollado un gen perspicaz, ricos, tahúres, explotadores, defraudadores, asesinos, traficantes, mafiosos, gobernantes y conniventes jueces y fiscales, asistidos todos por lustrosos despachos de abogados, dejaron de hacerlo. Entonces empezaron a saltar las personas decentes. Hay una relación directamente proporcional entre la adaptación de los canallas y la desadaptación de los humildes.

Vivimos en una bifurcación de la historia. Asentado cada pie en un trozo de hielo que se separa, no sabemos a cuál saltar. Podemos hacer ensoñaciones, pero no hay ningún indicio que nos diga si no será una gran mentira. Escucho a un compañero, quejoso, decir que él debía haber nacido en la Grecia clásica. Es fácil soñar hacia un pasado hermoseado. Le hubiera tocado, seguro, ser esclavo. Podemos también soñar hacia de- lante: pronto todo se solventará. ¿Y si no se resuelve? La duda, el shock, el río revuelto que sirve a los pescadores sin escrúpulos. El siglo XX estuvo marcado por la política y amenazado por la economía. Cuando los trabajadores empezaron a asociarse, todo cambió. De ese juntarse vendría la Unión Soviética, el Estado social, la guerra fría, el derecho al trabajo y la píldora anticonceptiva que permitiría que las mujeres se in- corporaran a la fábrica. Cayó después la Unión Soviética, perdida la carrera tecnológica, y el dinero decidió que ya no necesitaba tener miedo. Hemos inaugurado el siglo de la economía, apenas amenazado por la política.

Regresó la economía y se exilió la política, reducida a meras cuestiones técnicas para transformar los votos en gobiernos. Algunos dijeron que el Estado había muerto. Pero no era verdad. Sólo había cambiado de manos. El jefe del Estado saluda el día de Nochebuena y el Gobierno del Reino de España dedica uno de los anuncios más caros del año —el de Nochevieja o el de Año Nuevo— a pedir a los ciudadanos que jueguen a la lotería.

Alguno se llevará el dinero de todos. Pensar en términos individuales es la forma más suicida de pensar la política. Por pura estadística, las mayorías serán el combustible de los fogones de las minorías. Sin política somos un ave migrando solitaria sin la referencia de las demás. La política es autoayuda colectiva. El nosotros de nuestro yo. El lenguaje que nos permite hablarnos a nosotros mismos pero que nació para ser diálogo. Eso que primero fue un gesto, una mirada, una mano agitada («ayúdame») y que luego fue una palabra que resumía el gesto, la mirada que imploraba, la mano agitada que reclamaba («¡ayúdame!»). La diferencia entre la autoayuda individual y la colectiva es que la primera presume una claudicación cobarde ante la vida. La valentía es un gran abridor de caminos.

Cuando menos lo esperamos, tomamos decisiones que nos cambian la vida. «No sabía qué ponerse y decidió ponerse feliz.» Feliz afuera. ¿Dónde si no? Donde estaban los otros. Una mano, sobre otra mano, sobre otra mano. Tanto que parecía imposible de pronto se hace luminoso y sencillo. El tallo de una margarita y la energía que ordena el mundo; un niño que apenas sabe andar, riéndose, y un anciano que toma las armas por- que la dignidad está en peligro; un trozo de hielo marchándose entre los dedos y mil horas de estudio consagradas a entender un asunto complicado; unos ojos que reflejan todas las razas y todas las razas reflejadas en unos ojos; unos zapatos agujereados pero alegres y la voluntad de todo un pueblo de decidir por sí mismo.

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La democracia —decía Harry Emerson Fosdick— se basa en la convicción de que en la gente común hay posibilidades fuera de lo común. La gente común, la que hace que funcionen los autobuses, el metro, los desagües y Disneylandia, la que abre los puestos de los mercados, los almacenes, los teatros y los bares, la que obra el milagro de que salga agua cuando abrimos la llave, la que permite que llegue un pedido de la tienda y la que cuenta a los niños dónde están el Ebro y el Orinoco. La que lee el mundo con gafas de peatón y siempre intuye «hasta aquí hemos llegado». La Política, con mayúsculas, es ese lugar donde los ciudadanos marcan ese «hasta aquí». La política, con minúsculas, es la gestión cotidiana de esos grandes momentos. En el orden normal de nuestras prioridades, «lo frívolo y lo eterno» debieran pasar, como una obligación de decencia, por delante de la política. La «decencia común» frente al escaparate mentiroso de la vida pública. La honestidad compartida, intuitiva, de quien alguna vez se ha sentido humillado, de quien conoce que hay una corriente de solidaridad entre los humildes, ese diálogo con las cosas que son más grandes que uno, por encima de las decisiones sin argumentar de los poderosos. Por eso, sobre todo por eso, necesitamos la política. Ese lugar donde vamos a decidir cuánta desigualdad estamos dispuestos a soportar. Cuánto dolor estamos dispuestos a ver y cuánto dolor estamos dispuestos a padecer. Porque, tarde o temprano, terminamos poniendo límites a las desigualdades. Los poderosos lo saben. Y les aterra. Así, con idas y venidas, vamos avanzando. Haciéndonos conscientes de nuestros límites y de nuestras posibilidades. Es ese optimismo que, como corriente de fondo, alimenta las razones para seguir remando.

Política también para garantizar lo importante, para que nadie nos trastoque la jerarquía de nuestros deseos y nuestras necesidades, para no ser marionetas despintadas y con los hilos rotos. La política es la garantía que nos va a permitir dedicarnos, con la seguridad de quien por fin ha entendido, a lo frívolo y a lo eterno. A vivir y a entendernos. A vivir porque somos seres vivos. A entendernos porque en algún momento de nuestra evolución empezamos a saber que venimos con fecha de caducidad (qué susto no les vendría a los primeros antepasados que vieron a la muerte siempre acechando. Cuánto se parecerá a nuestro propio miedo). Vivir y explicarnos. ¿O es que acaso hay tarea más importante que, a un mismo tiempo, fatigar con las exigencias insobornables de la cueva, del fuego, del alimento, del agua, y también construir sentidos con las letras, con las imágenes y con los sonidos? Porque somos así de frágiles, porque no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos.

El instinto para vivir y la cultura para no morirnos. La política como bálsamo de palabras y de hechos. Le entregamos la política al Estado y nuestros intercambios al mercado, y rompimos los lazos que nos unían entre nosotros. Creímos que le correspondía a la administración gestionar nuestros asuntos comunes y nos quedamos solamente con los vínculos desnudos del «pago al contado». Recuperar la política es decirle al Estado y al mercado que nos devuelvan el control sobre nuestros vínculos y sobre nuestras decisiones. Lo más decente de la vida siempre es con otros. Recuperar la vida como una asociación de gente que sueña parecido. Una asociación libre de gente que ha sido arrojada al mundo y asume, sabiendo que la vida también es un reto, todas las consecuencias.

Recuperar la política contra los que organizan el silencio y los que conspiran para la indiferencia. Conjuro para no ser esas marionetas desordenadas, caídas con descuido sobre nuestro propio cuerpo descoyuntado al que le han cortado los hilos de lo frívolo y de lo eterno. Los hilos de la política. La política como decencia de lo cotidiano donde nada tiene sentido sin los demás, sin la posibilidad de que crucemos nuestras manos y las entrelacemos. De esa asamblea que nos habita el pecho y que debiera hablarnos con voz de madre cuando estamos tristes. Una asamblea fraterna y materna. Una fratia y una matria quizá más convenientes que una patria. Que patrias sin justicia parece ya que hay muchas.

Niños pobres con las rodillas limpias (P interrumpiendo el sábado) P ha saltado por una ventana. No ha tenido dudas. La distancia, tan relativa, cruzada como si fuera luz desde la puerta del pasillo. El impulso justo, una coordinación perfecta, un paso de ballet hacia el vacío, delicadeza rota que se ríe del tiempo. Unos dedos aferrando con voluntad de garra la esquina de cemento. Al tiempo, un pie flexionado para superar el desnivel hasta la ventana. Hambre de altura. Quizá una silla, improvisada sobre la marcha, ha sido escogida como última escalera. La mano en el quicio, otra en la repisa, el cuerpo en escorzo, una fugaz mirada hacia atrás. La habitación, la puerta, el pasillo. ¿No había nadie? En segundos, la perplejidad queda en el pasado. Apenas unos metros, leídos en vertical, harán la diferencia entre el miedo y la certidumbre. Lo más difícil, a veces, es no saltar. Ahora vas hacia un futuro seguro que vas escribiendo según cuentas los ladrillos de cada piso. Te fijas en los negros cables de teléfono serpenteando por la fachada. Unas cortinas que se mecen asustando la calle. Una vieja placa que no te da tiempo a leer.

Ahí abajo, tarde o temprano, sabías que iba a venir la ciudad a recibirte. La ciudad que no estaba arriba, en la habitación, sujetándote, hablándote, convocándote. La ciudad que aparece y desaparece, que a veces florece porque hay elecciones que pueden significar algo o porque hay todo un pueblo hablando en la calle con un cansancio amenazante, cuando se intuye una perspectiva de cambio, nuevos liderazgos y mayor consciencia, tu opinión y la de los demás reclamada. La ciudad que te ha dado las palabras, la música, la trascendencia. Un lugar en el mundo o la sospecha de que no tienes un lugar en el mundo.

La ciudad estaba abajo. Vivimos en sociedad para burlar la muerte. Todo lo que hacemos son pasos conscientes o inconscientes con el único fin de burlarla. Esa que sabemos que nos ronda. Comer, cumplir las leyes, tener hijos y cuidarlos, confiar en los políticos, emocionarnos con un verso («vendrá la muerte y tendrá tus ojos») o con un compás, sentirnos parte del grupo, pagar impuestos, defraudar a Hacienda, amarnos y desear que alguien nos ame. Todo para no morirnos. Somos los únicos animales que enterramos a nuestros muertos. Empezamos a hacerlo cuando empezamos también a decirnos la palabra «dios» con miedo y reverencia. También para no morirnos hablamos del tiempo o les tenemos pavor a pueblos poderosos y, como necios, a los del pueblo de al lado del nuestro. Formas de burlar la muerte. A veces parece que nos olvidamos de ella y cuando se acerca volvemos a recurrir a los bálsamos tradicionales. Si no fuera por la muerte no haría falta la política. Cuando convocamos a la muerte es porque ha fracasado la política. Somos tan frágiles que necesitamos el escudo protector de un destino común.

P ha saltado por una ventana. La ciudad, la polis, le ha fallado. Acaso un curso urgente de política sirviera como caja de herramientas para la vida. Sus errores son los nuestros. Tuercas y tornillos para sabernos decentes y no regalar cosas que ni en un campo de concentración pueden hurtarnos. Cosas que tenemos ahora mismo dentro de nosotros. La ciudad que nos habita. Donde las decisiones son nuestras. Para no saltar, poco a poco, con ansiolíticos, drogas, ropas y artilugios inútiles, con sectas, odios, televisión o con un fútbol que ha logrado la cotidianeidad que tenía en los pueblos medievales la campana santa del campanario. Con nada que nos engañe haciéndonos creer que somos mejores de lo que somos, que nos ofrezca como solución dejar de pensar, luego dejar de actuar, luego dejar de emocionarnos. Al final, dejar de acordarnos de qué tenemos que acordarnos. El burócrata Eichmann afirmó con su cara anodina, justificando su participación en el Holocausto: «No nos hacíamos preguntas. Obedecíamos órdenes».

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La política nació para evitar la guerra interna, triunfar en la externa y garantizar el reparto de las ventajas de la vida en común. «Lo justo es lo mismo en todas partes: la conveniencia del más fuerte», clama el joven Trasímaco afeando la debilidad del sabio Sócrates en la República de Platón. Pero no es cierta esa lucha de todos contra todos. ¿Por qué entramos en un edificio en llamas a ayudar a los que están dentro? ¿Por qué somos capaces de hacer todo lo que esté en nuestra mano cuando alguien puede perder la vida? Nos estremece una catástrofe y queremos ayudar. Llevamos por dentro la certeza de que nada de lo humano nos es ajeno y la hemos convertido en la regla de oro de nuestro comportamiento. ¿Es que acaso la política no busca recomponer los fragmentos rotos de la polis? ¿Es que ya no entendemos que si nos dispersamos, si nos enfrentamos, si nos dividimos, terminaremos pereciendo?

En Hoy empieza todo (1999), la película de Tavernier sobre los maestros en la Francia donde ya nadie parece querer aprender nada, una docente a punto de jubilarse no entiende a una joven pareja, padres de un niño que llega tarde a la escuela, que no hace la tarea, que va con la ropa sucia y el descuido en los ojos. Los padres, como en una adolescencia eterna, se excusan: «Es que a veces no tenemos ni ganas de levantarnos.» «Antes —recuerda la maestra— la gente también era pobre pero los niños venían a clase con la ropa planchada y las rodillas limpias». Como si el desorden del mundo se empeñara en robarnos también la decencia, el cuidado, la honestidad que nos debemos respetándonos a nosotros mismos. Las rodillas limpias como ese gesto mínimo y grandioso que no podían robarle a la gente corriente.

¿Por qué has saltado, P? La política es una medicina amarga que se descubre tarde. Un curso urgente de política. Para gente decente. O que intenta serlo.

Tarea para pensar la democracia en casa VI. Matemática de la rabia. Ponte enfrente del espejo y recita en voz alta: «y un día de éstos vamos a sumar…». Y un día de éstos vamos a sumar los asesinatos de la gente que muere quince años antes de lo que les tocaba porque durante su vida no tuvo trabajo fijo ni seguridad social ni vivienda digna y fue dejando para más tarde ir al médico porque ahora le venía mal; y vamos a sumar los asesinatos de la gente que se quita de en medio por su propia mano porque los bancos les dicen que son económicamente inviables y los servicios sociales se han desmantelado para poder seguir enriqueciendo a los banqueros insaciables; y vamos a sumar las muertes en vida de las personas a las que les han quitado las esperanzas porque no les han dejado estudiar ni hacer planes para su futuro; y vamos a sumar los asesinatos de los niños que no han podido desarrollarse porque no había en casa suficiente comida como para cuidar su sueño y alimentar sus juegos; y vamos a sumar los asesinatos de la gente que ha muerto en trabajos basura, sin seguridad laboral, urgidos por patronos avariciosos o gerentes enloquecidos; y vamos a sumar los asesinatos de las mujeres que han perdido la vida porque el sistema no les dejó otro espacio que ser sumisas, débiles o prostitutas y no encontraron ojos en los que apoyarse cuando se estaban cayendo; y no nos vamos a dejar en la memoria sumar a las mujeres que han muerto porque curas inquisidores, varones reaccionarios y políticos hipócritas y hostiles niegan el derecho al aborto y regresan a las catacumbas de la clandestinidad a las mujeres pobres que deciden interrumpir su embarazo; y vamos a sumar los asesinatos de la gente que no resistió respirar el aire sucio de nuestras ciudades, beber el agua contaminada de tantos lugares, comer la escasa y podrida comida que les dejaron los mercaderes; y vamos a sumar a los que se traga el mar queriendo cruzar en balsas de papel el Estrecho huyendo de la miseria que el norte ha creado en sus países y también las de aquellos que dejan su sangre en las fronteras que separan a los ricos de los pobres; y vamos a sumar los asesinatos de gentes caídas por balas, misiles, bombas y gases vendidos por traficantes de armas y pro- veedores de guerras. Y no se nos va a olvidar sumar las muertes de los asesinados por fascistas que quieren volver a hacer suyas las calles, y tampoco de esos asesinos de escritorio que dicen que los movimientos sociales son terroristas y los señalan como objetivos para que sus cachorros rapados terminen el trabajo. Su mando y sumando.

Entonces, con tantas muertes en la conciencia, se nos va a llenar la boca de odio y los pulmones de tierra y las manos de justicia, y nos vamos a enfadar aún más cuando nos digan que somos nosotros los que estamos sembrando la lucha de clases. Y entonces no van a encontrar bosques tan profundos ni mares tan hondos ni montañas tan altas como para que puedan esconderse y escapar de tanta rabia como nos han hecho acumular y tanta humanidad como nos han robado. Porque ya no hay agua bendita que les lave la indecencia que están sembrando. Porque ni ellos se merecen tener el poder de derrumbarlo todo ni nosotros ser el contenedor golpeado que soporte los cascotes. El mal gobierno reclama la respuesta decidida de los ciudadanos que quieren un buen gobierno. Y vamos sumando y sumando y sumando…