Foucault revisa al poder más allá de su ADN represivo. Lo califica de pérfido en cuanto a su capacidad de penetrar el comportamiento de los individuos en la esfera del deseo y el placer. En esta entrevista, el prestigiado historiador francés se refiere, entre otros temas, a la psiquiatría como un mecanismo de imposición después de que la locura es concebida clínicamente como enfermedad a partir del siglo XVIII.

—¿Cuándo y cómo comenzó a interesarse por el problema de la represión, por los asilos, la sexualidad, las prisiones?

M. Foucault: Comencé a interesarme por este problema cuando empecé a trabajar en un hospital psiquiátrico en 1953-1955, cuando estaba realizando estudios de psicología. Tuve la doble fortuna de no conocer e! hospital psiquiátrico ni como médico ni como enfermo. No era médico, y por tanto no tenía privilegios ni ejercía poderes. Era un individuo «mixto», dudoso, sin estatuto definido, lo que me permitía circular a mi aire y ver las cosas con una mayor ingenuidad. Éste fue e! punto de partida biográfico, la anécdota. Lo que intenté explicar en mi conferencia en la Universidad de Sao Paulo es que, tras e! final del nazismo y del estalinismo, se ha planteado el problema de! funcionamiento del poder en el interior de las sociedades capitalistas y socialistas. Y cuando me refiero al funcionamiento del poder no me refiero únicamente al problema del aparato de Estado, o a la clase dirigente, a las castas hegemónicas, sino a toda una serie de poderes cada vez más sólidos, microscópicos, que se ejercen sobre los individuos en sus comportamientos cotidianos, y hasta en sus propios cuerpos. Vivimos inmersos en las redes políticas del poder, y este poder está en cuestión. Me parece que, tras el final de! nazismo y del estalinismo, todo el mundo se plantea este problema, éste es el gran problema contemporáneo.

Me gustaría añadír que en relación con este problema hay dos formas de pensar y de indagar, dos formas interesantes, de las que me siento totalmente alejado. La primera es una determinada concepción marxista, ortodoxa o tradicional, siempre presta a considerar estos problemas para integrarlos a continuación en la vieja cuestión del aparato de Estado. Ésta es la tentativa de Althusser con su noción de «aparato ideológico de Estado». La segunda es la corriente estructu- ralista, lingüística, semiológica, que consiste en reducir este problema a la sistematicidad, al nivel del significante. Son dos formas, una marxista y la otra universitaria, de reducir este conjunto de problemas concretos que han surgido trás la Segunda Guerra Mundial.

—En sus trabajos, la represión que se manifiesta de diversas formas, se ejerce siempre de forma mixtificadora. La represión implica la mixtificación. El trabajo del intelectual, ¿consistiría en descubrir lo que oculta la mixtificación del poder?¿en eso consistiría su trabajo?

M. Foucault: Sí eso es lo que está ocurriendo desde hace ya algunos años. El papel del intelectual consiste, desde hace ya mucho tiempo, en hacer visibles los mecanismos de un poder represivo que se ejerce de forma larvada. Mostrar que la escuela no es solamente una forma de aprender a leer y a escribir, y de comunicar el saber, sino también una forma de imponer. Lo mismo sucede en relación con la psiquiatría, que ha sido el primer ámbito en el que hemos in- tentado diagnosticar esta imposición. El aparato psiquiátrico no se hizo para curar, sino para ejercer un poder determinado sobre una determinada categoría de individuos. Pero el análisis no debe detenerse en este punto, debe poder mostrar que el poder es aún más pérfido que eso, que no consiste únicamente en reprimir en impedir, en oponer obstáculos, en castigar, sino que penetra más profundamente creando el deseo, provocando el placer, produciendo el saber. De este modo es muy difícil librarse del poder, ya que, si el poder no tuviese por función más que excluir, obstaculizar o castigar, a modo de un superego freudiano, bastaría, para ser conscientes de ello, con suprimir sus efectos, o incluso con subvertirlos. A mi juicio el poder no se contenta con funcionar como un superego freudiano, no se limita a reprimir, a acotar el acceso a la realidad, a impedir la formulación de un discurso: el poder trabaja el cuerpo, penetra en el comportamiento, se mezcla con el deseo y el placer, y aquí, en este trabajo, es necesario sorprenderlo, y es preci- so elaborar este análisis, un análisis que requiere esfuerzo.

—¿Entonces, ¿el poder es más poderoso de lo que uno se imaginaba?

M. Foucault: Eso es lo que yo pienso, y también la gente que trabaja en la misma perspectiva que yo: intentamos hacer un análisis del poder que sea más sutil que el que se ha realizado hasta ahora. Yo diría, en términos generales, que la antipsiquiatría de Laing y de Cooper, entre 1955 y 1960, señala el comienzo de este análisis crítico y político de los fenómenos del poder. Me parece que, hasta 1970-1975, los análisis del poder, los análisis críticos, a la vez teóricos y prácticos, han girado esencialmente alrededor de la noción de represión: denunciar el poder represivo, hacerlo visible, luchar contra él. Pero, a continuación, tras los cambios que tuvieron lugar en1968, es necesario abordarlo en un registro muy distinto; no podríamos avanzar si continuamos planteando el problema en estos términos; es preciso que continuemos este análisis teórico y práctico del poder, pero de una manera distinta.

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—¿En qué medida Laing y Cooper han hecho una aportación original a la psiquiatría?

M. Foucault: Laing y Cooper introdujeron una nueva manera de relacionarse con la locura, que no es ya una manera psiquiátrica y médica. La idea de que la locura es una enfermedad es una idea históricamente reciente. El loco no tenía el estatuto de loco hasta aproximadamente el siglo XVIII. Y cuando se convirtió en enfermo, en torno a esta época, se produjo una apropiación de la locura por parte del poder médico y se relacionaron con ella toda una serie de fenómenos, esencialmente las anomalías del comportamiento, las anomalías sexuales, y otras. Lo que hicieron Laing, Cooper, Bettelheim, lo que hizo Szasz, a su manera, es dejar de abordar de manera médica estos fenómenos irregulares del comportamiento. Estar loco, para Laing y Cooper, no es una forma de estar enfermo. Esto supuso una ruptura muy importante en relación con la psiquiatría.

—¿Esta idea no está contenida en su Historia de la locura en la época clásica?

M. Foucault: No, no lo está. Cuando yo escribí la Historia de la locura no conocía la obra de Laing ni la de Cooper y ellos tampoco conocían mi trabajo. Mi libro se publicó en Francia en 1960. Los primeros libros de Laing y Cooper debieron de publicarse entre 1958 y 1959, Y fue Cooper quien tradujo mi libro al inglés. Nuestros trabajos son contemporáneos, pero nos desconocíamos mutuamente. Es interesante: Szasz y Bettelheim trabajaban en los Estados Unidos, Laing y Cooper en Gran Bretaña, Basaglia en Italia; todos ellos desarrollaron sus trabajos en función de sus prácticas médicas respectivas. En Francia, no fue un médico quien realizó este traba-

jo, sino un historiador como yo. Sería interesante saber por qué la antipsiquiatría únicamente fue retomada por los médicos franceses mucho más tarde. Pero, a partir de 1960, se produjo ese fenómeno de que gente muy diversa, sin conocerse unos a otros, trabajaban en la misma dirección.

—¿Por qué se produjo esta convergencia internacional a la hora de reconsiderar el fenómeno de la locura?

M. Foucault: Nos podríamos plantear la misma pregunta en relación con otros fenómenos, por ejemplo, con el movimiento estudiantil en el mundo. En 1968 no existía ninguna relación entre los estudiantes de Nanterre y los de Berkeley. Yo estaba entonces en Túnez, y también allí hubo un movimiento de protesta y de lucha estudiantil en el mes de marzo, un movimiento que fue brutalmente reprimido. Los estudiantes tunecinos fueron reprimidos con una violencia superior a la que se desplegó en otros lugares. Algunas personas fueron condenadas a quince años de cárcel por hacer un día de huelga. Lo mismo sucedió en otros países, en Alemania Federal, etc.; fueron movimientos que no tuvieron entre sí ninguna comunicación explícita, de forma que no puede decirse que el movimiento se haya desplazado de un lugar a otro. Algo similar ocurrió en las cárceles. En Europa y en los Estados Unidos, en el espacio de seis meses, los motines estallaron como fuegos de artificio: Attica, Nancy, Toul, Milán… Sin embargo entre dos prisiones las comuni- caciones son débiles. Sin duda, el problema de los poderes y del funcionamiento de los poderes en el interior de la sociedad es el problema de nuestra generación.

—¿Cómo ve usted la relación entre su trabajo intelectual-sobre la psiquiatría, las prisiones, las escuelas, etc.- y la práctica de la sociedad?

M. Foucault: Nuestro trabajo está iniciándose. Hace diez años realizamos una denuncia violenta, brutal, e incluso burda, de lo que ocurría en estas instituciones. Creo que era necesario hacerlo. No podíamos continuar contentándonos con proyectos de reforma, tentativas de dulcificación, programas de perfeccionamiento. Eso no conducía a nada. Fue necesario situar el debate en el terreno político, destituyendo a los psiquiatras y a los médicos del derecho exclusivo a proponer las reformas que les convenían, y vinculando todo esto a otro tipo de crítica y de denuncia de lo que ocurría en las escuelas, en otros hospitales, en las cárceles. Era preciso mostrar

cómo se formaban esos centros de poder y atacarlos, no tanto a través de una crítica especulativa, cuanto mediante una organización política real, creando grupos que, en el interior de las instituciones totales, cuestionasen determinadas formas de disciplina y de ejercicio del poder. Bien, sin embargo esto no resolvía una serie de problemas que continuaban estando presentes: había gente que no se sentía con fuerzas para trabajar, mucha gente que no conseguía tener una vida sexual. La crítica operada por la antipsiquiatría no iba a resolver esos problemas. Pero lo esencial es que esos problemas han dejado de estar bajo el manto del poder médico que, al conferirles un determinado estatuto, los neutralizaba. Actualmente en Francia existen grupos de enfermos, como frecuentemente se los denomina —el término es equívoco, digamos mejor personas con dificultades, gente con problemas—, que forman pequeñas comunidades, que intentan resolver sus problemas apoyándose unos a otros pidiendo ayuda a personas del exterior que sirven de «reguladores»: Autogestionan sus propios problemas.

—¿En términos generales, qué piensa de la psicoterapia?

M. Foucault: Es difícil responder a esa pregunta por dos razones. La psicoterapia comprende un número enorme de prácticas diferentes que van desde el charlatanismo hasta la aplicación del poderpsiquiátrico más tradicional en clínicas privadas. La gama es enorme, y existen incluso cosas muy interesantes. No puedo pronunciarme sobre todo ello. Además, me parece que los intelectuales no deben volver a jugar el papel que se les atribuyó durante mucho tiempo, que era el de convertirse en legisladores morales, en la buena o la mala conciencia que dicta su ley en todos los terrenos. El papel del intelectual es el de vincularse a las personas afectadas por el problema sobre el que trabaja. Así pues, me opongo a tomar una posición o a formular ideas generales sobre ámbitos a los que no estoy vinculado. Pasé días y días, durante años, en hospitales psiquiátricos. Estuve en una prisión durante algunos meses- y, durante algunos años participé en grupos de ex presos o de familiares de presos. Con la psicoterapia no tuve contactos precisos.

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—¿ Se psicoanalizó?

M. Foucault: Lo intenté dos veces, y terminé por abandonar a los dos o tres meses, aburrido…

—¿Qué tipo de análisis?

M. Foucault: El análisis freudiano más tradicional.

—¿Hace mucho tiempo de eso?

M. Foucault: Cuando era estudiante, y la segunda vez, unos diez años más tarde.

—¿El psicoanálisis en Francia está muy extendido, verdad?

M. Foucault: No podría responder en términos cuantitativos, pero puedo decir que hasta que se publicó el libro de Deleuze (E! anti-Edipo): no había intelectual francés de una cierta talla que no se hubiese psicoanalizado. Existían dos actividades absolutamente fundamentales: escribir un libro y cotillear con el psicoanalista. Quien no estuviese haciendo esto no tenia cabida en el mundo parisino. Afortunadamente se produjo una brusca y sana reacción contra esto.

—¿Cómo?

M. Foucault: El libro de Deleuze es la crítica más radical del psicoanálisis que jamás se haya escrito, una crítica que no está planteada desde el punto de vista de la derecha, de una psiquiatría tradicional, en nombre de la sensatez, en nombre —como ocurrió con la crítica de Sartre— de la conciencia, de la conciencia cartesiana, en nombre de una concepción totalmente tradicional del sujeto. Deleuze hizo la crítica en nombre de algo nuevo, y la planteó con bastante fuerza, lo que provocó un rechazo físico y político del psicoanálisis.

—E l movimiento francés de liberación de las mujeres cuestionó el psicoanálisis…

M. Foucault: Sí, en razón del carácter masculino, falocéntrico, de la práctica psicoanalítica.

—¿Qué nos dice de su crítica relacionada con la sexualidad?

M. Foucault: Durante diez o quince años se hizo un uso bastante burdo de la noción de represión, de! poder como algo represivo. Un análisis más afinado demuestra que lo que reprime es otra cosa, que la represión produce efectos al mismo tiempo muy positivos y muy difíciles de sacar a la luz. Veamos el ejemplo de la sexualidad infantil, y más concretamente la prohibición de la masturbación, un fenómeno extraordinario, ya que se produjo de forma brusca y es relativamente reciente pues data de 1710 en Gran Bretaña, de 1743 en Alemania y de 1760 en Francia. La prohibición se fundaba en una norma de carácter general, en una alarma que se desencadenó en la primera mitad del siglo XVIII. Basta observar las cosas de cerca para darse cuenta de que, en nuestra sociedad, lo que predominó no fue tanto la prohibición del incesto como la de la masturbación, no fue tanto la relación con el otro como las relaciones de uno mismo con su propio cuerpo. El poder político no se interpuso entre el niño y sus padres, entre el niño y su madre diciéndole: no puedes tocarla. No, el poder político actuó de una manera más próxima, en el interior del individuo mismo diciéndole que él no debía tocarse a sí mismo. Es curioso observar, en los textos de esta época, en los últimos textos cristianos que tienen que ver con «la dirección espiritual» del siglo XVIII, que el problema de la relación con el propio cuerpo es un problema fundamental. Un hecho aparentemente negativo y represivo conforma poco a poco, para ser exactos, la modalidad específica de la sexualidad infantil. Y si la sexualidad infantil adoptó la forma que actualmente presenta, se debe al poder que la controló a través de la masturbación, un poder que no está constituido únicamente por prohibiciones. Lo que me propongo analizar es el trabajo del poder político sobre el cuerpo del niño, y en el interior de la propia familia, en sus relaciones con los padres. Pero la noción de prohibición y de ley represiva son excesivamente es- quemáticas para explicarlo.

—¿Hay diferencias entre el hombre y la mujer en lo que se refiere a la represión de la masturbación? ¿La clitoridectomía no ha sido una práctica mucho más radical?

M. Foucault: Desde hace un año me preocupa este problema. El año pasado, cuando una chica me lo planteó, le respondí que no veía ninguna diferencia. En realidad, las diferencias que existen no me parecen fundamentales. En tanto que forma represiva, la ablación del clítoris fue utilizada ampliamente en Europa contra la masturbación femenina, pero en torno a esta misma época, e incluso un poco antes, se pusieron en marcha una serie de medidas quirúrgicas

y médicas dirigidas a los muchachos. No se podía llegar a la castración (era preciso preservar la especie), pero las torturas eran terribles, por ejemplo, la cauterización del canal de la uretra y otras.

—¿Cuándo ocurrió eso?

M. Foucault: Prácticamente durante todo e! siglo XIX. El médico de Napoleón inyectaba en el pene de los chicos que se masturbaban (probablemente también en los órganos sexuales femeninos) una solución de bicarbonato de sodio. y como se observó que esto quemaba el tejido interno de la vejiga, hizo un torniquete en el pene. Estos diversos tipos de represión han variado con el tiempo, pero no puedo afirmar que haya encontrado diferencias fundamental en lo que concierne a la mujer y al hombre, bien es verdad que yo soy un hombre.

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—¿Cuáles son las razones de la represión sexual?

M. Foucault: Me parece que la respuesta que proporciona Reich —la represión sexual sirve para convertir al cuerpo humano en fuerza de trabajo—, aunque puede ser en términos generales co-rrecta, no lo explica todo; no es la única razón: La campaña contra la masturbación, de la que hablábamos, comenzó aplicándose sobre los niños que todavía no constituían una fuerza de trabajo, fue una campaña que se ejerció en el interior de la burguesía, una campaña que la burguesía dirigió contra sí misma. El cuerpo del obrero no estaba en absoluto en cuestión. En el caso de! obrero se prestó más atención al incesto. No he conseguido aún encontrar una respuesta a este problema, si bien es cierto que, durante mucho tiempo, se creyó que una cierta regularidad sexual era absolutamente indispensable para el buen funcionamiento de la sociedad. Se da la circunstancia de que en la actualidad la irregularidad sexual es perfectamente tolerable. El capitalismo norteamericano no se ve afectado en absoluto por el hecho de que e! 20% de la población de San Francisco esté formada por homosexuales. El problema de la contracepción es parecido. No sabemos los efectos de la campaña natalista que se ha desarrollado en Europa a partir de 1870.

—Volvamos atrás: ¿cuál es la base de la crítica que Deleuze y Guattari dirigen al psicoanálisis?

M. Foucault: Habría que preguntárselo a ellos. De todos modos yo diría que hasta la aparición de su libro el psicoanálisis era percibido como un instrumento, posiblemente un instrumento imper- fecto, incompleto, pero en todo caso como un instrumento de liberación: liberación del inconsciente, de la sexualidad, etc. Pues bien, Deleuze y Guattari, retomando el pensamiento freudiano y el funcionamiento del psicoanálisis, mostraron que el psicoanálisis, tal y como se practica en la actualidad, constituye una sumisión de la libido, una sumisión del deseo al poder familiar. El psicoanálisis edipiza, familiariza el deseo, por tanto, en lugar de liberar, lo que hace la práctica psicoanalítica es someter el deseo. Una vez más estamos ante una demostración de un mecanismo de poder. Deleuze desarrolló nuevos conceptos que han permitido continuar una lucha que dura ya desde hace más de diez años.

—¿Qué lucha?

M. Foucault: La de liberarnos de Marx y de Freud como puntos de referencia para la solución de los problemas, tal y como estos se presentan en la actualidad. Ni Marx ni Freud son adecuados para la resolución de estos problemas, al menos tal y como se presentan en Europa. Una de las tareas de esta lucha, que perdura desde hace mas o menos quince años, consistió en desacralizar a estos dos personajes, para acto seguido inventar categorías nuevas, nuevos ins- trumentos. Ahora bien, se da la circunstancia de que Lacan se sitúa, pese a haber inventado muchas cosas, en el interior del campo freudiano, lo que le impide crear nuevas categorías.

—¿Cómo pueden conciliarse esos dos tipos de lucha, las luchas concretas —cárceles, mujeres, etc.— y una lucha más general?

M. Foucault: Es un problema. Si las luchas concretas se ven escamoteadas en aras de la lucha general nos encontraremos con la incorporación de los sistemas de poder propios de las sociedades socialistas: burocracia, jerarquía, autoritarismo, estructura familiar tradicional, etc. Y eso es el estalinismo.

—En Vigilar y castigar hay una concepción no reformista de la prisión. Del libro se deduce que lo que importa no es reformar la cárcel sino combatirla. ¿Está de acuerdo?

M. Foucault: No traté de la reforma ni de la no reforma de la cárcel. Intenté mostrar que en e! interior del sistema penal subsiste un sistema de castigo, sistema que es extensivo a nuestra sociedad, y que se extiende al cuartel, al hospital, a la escuela, etc. Por lo que se refiere a la cuestión actual de saber si debemos —o n o— mantener las cárceles no puedo responder. Mi cuestión es la siguiente: si consideramos efectivamente que el sistema penal es inadmisible en su funcionamiento actual, habría que admitir que forma parte de un sistema de poder más amplio que comprende la escuela, los hospitales, etc. Y entonces todos esos poderes se verían cuestionados.

—¿Cuál es su método de trabajo, de estudio?

M. Foucault: Padezco un enfermedad que consiste en una incapacidad para conceder entrevistas autobiográficas. Lo que importa es lo que acontece, no lo que alguien hace, a menos que este personaje tenga una dimensión fuera de lo común; puede tener sentido la autobiografía de Sartre, pero mi historia personal no tiene mucho interés a no ser por la gente con la que me encuentro, por las situaciones que vivo.

—E l psiquiatra Alonso Fernández ha intentado descalificar sus críticas al hospital psiquiátrico por el hecho de que usted no es médico…

M. Foucault: Es gracioso y curioso a la vez. Los psiquiatras siempre pensaron que yo había hablado de enfermedad mental, de la psiquiatría contemporánea, del funcionamiento de las instituciones psiquiátricas. Si se lee mi libro es fácil darse cuenta inmediatamente de que hablo de instituciones relacionadas con la locura que van desde el siglo XVI hasta 1840 (Esquirol). La irritación, la negación del «derecho a abordar este tema» a alguien que no es psiquiatra, resulta significativa. En una ocasión, en una radio francesa, un psiquiatra se levantó completamente enrojecido, pegó un puñetazo sobre la mesa y dijo que «no estaba dispuesto a hablar de estas cosas ya que yo no era médico». Me había referido únicamente a determinadas cosas que cualquier historiador conoce, y que los psiquiatras ignoran. No es necesario ser psiquiatra para saber cómo era el régimen de internamiento en el siglo XVIII. SU irritación era la mejor verificación de lo que yo decía. Se sintieron reconocidos en una verdad histórica y se decían: «Está hablando de la psiquiatría contemporánea». Dicho de otro modo: ¡los métodos que se aplicaban en 1840 siguen siendo los de hoy! Esto recuerda a aquel jefe de gobierno que, tras haber leido un libro sobre Napoleón, decidió detener a su autor porque se sentía criticado.

—Pero, incluso si la crítica resultaba actual, ¿no es un problema de epistemología lo que está en cuestión?, ¿el problema no es que la filosofía de la ciencia la deberían hacer los «especialistas»?

M. Foucault: Sin duda. Existen libros maravillosos sobre los manicomios que fueron realizados por sociólogos. Es interesante no ser psiquiatra para poder percibir ciertas cosas. Acepto como desafío confrontar las historias de la psiquiatría realizadas por determinados psiquiatras con la mía.

—En la Universidad de Sao Paulo criticó el concepto de génesis, de desarrollo psicosexual de Freud, conceptos que implican prejuicios sobre lo normal y lo patológico, y también criticó el modelo de crecimiento de la sexualidad: fase oral, fase anal, etc., hasta llegar a la fase genital, la fase de la verdadera madurez.

M. Foucault: No me he referido a nada de esto. Analicé brevemente la noción de represión en Freud, y los postulados relacionados con ella. Critiqué la utilización del modelo de superego en el análisis político, el poder político funcionando como un gran superego. Dije que era necesario inventar otros instrumentos para analizar los efectos del poder político, ya que conceptos tales como censura y represión son insuficientes. Mencioné a través de qué mecanismos el poder político, se incardina en el cuerpo, la sexualidad, etc.

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—¿Está usted filosóficamente de acuerdo en el fondo con Deleuze?

M. Foucault: Estoy en desacuerdo en algunos puntos, pero fundamentalmente estoy de acuerdo con casi todo lo que ellos plantean: No adopto una posición en la polémica entre Deleuze y Lacan. Me interesa lo que hace Deleuze. Me parece que las cosas importantes que se están haciendo actualmente en Francia están vinculadas a una determinada forma de lucha política.

—¿En dónde ejerce usted como profesor?

M. Foucault: En un lugar que se llama Colegio de Francia.

—¿Dirige usted tesis doctorales, investigaciones?

M. Foucault: No, únicamente realizo investigaciones que se exponen a lo largo de doce sesiones anuales.

—¿Qué piensa de la universidad y del papel del intelectual?

M. Foucault: Después de 1968 todos, unánimemente, han dicho que la universidad estaba muerta, muerta sí, pero como un cáncer, extendiéndose. Actualmente existe un intercambio constante entre los escritores, los periodistas y los universitarios. La gran fisura que hacía que Baudelaire no tuviese ninguna relación con los profesores de la Sorbona ha dejado de existir. Los Baudelaire actuales son profesores en la Sorbona.

—¿ y continúan siendo Baudelaire?

  • M. Foucault: Cuando digo profesores quiero decir que son leídos, comentados, comprados por los profesores y por los estudiantes. Si tenemos en cuenta el ejemplo francés no se puede concebir a Robbe-Grillet, Butor, Sollers, sin el auditorio universitario que los ha estimulado, acogido y analizado. Baudelaire entró en la universidad cincuenta años después de su muerte. Al mismo tiempo desapareció el papel del intelectual en tanto que «profeta universal». El tra- bajo intelectual se ha convertido en un trabajo de especialista.

—¿No sería necesaria una síntesis?

M. Foucault: La síntesis la hace el proceso histórico, la hace la colectividad. Si el intelectual quiere hacer la síntesis de estas diversas actividades, entonces recuperará su viejo papel solemne e inútil. La síntesis se produce en el terreno de las cristalizaciones históricas.

—Este papel restringido de! intelectual, ¿no estará ligado a la crisis de una percepción filosófica global, a una situación realmente contingente?

M. Foucault: No he hablado de una ausencia de síntesis como si se tratase de algo que se echa de menos, sino más bien de una conquista: por fin nos hemos librado de la síntesis, de la totalidad.

«Hospicios. Sexualidade. Prisóes» entrevista con M. Almeida, R. Chneíderman, M. Faerman, R. Moreno, M. Taffarel-Faerman; conversación grabada en Sao Paulo por C. Bojunga; trad. P. W. Prado Jr.), Revista Versus, n” 1, octubre de 1975, págs. 30-33. (Michel Foucault estaba entonces dando una serie de conferencias sobre psiquiatrización y la antipsiquiatría» en la Universidad de Sao Paulo.)

Extracto del libro Obras esenciales, Michel Foucault, Editorial Paidos, Barcelona.