Hace mucho tiempo que apoyo el cambio político en Cuba. Estoy totalmente a favor de que en la isla haya democracia y libertad de expresión, que la gente tenga acceso a todas las manifestaciones artísticas sin ningún tipo de censura, que los homosexuales gocen de los mismos derechos que en los demás países de América Latina.

Por eso seguí con euforia el concierto de los Rolling Stones, donde miles de cubanos bailaron por primera vez esa música proscrita durante generaciones. También disfruté la visita de Barack Obama a la isla, su desenvoltura y su discurso que me pareció acertado y respetuoso.

Sin embargo, el reciente desfile de Chanel en La Habana me dejó sumamente confundida. Por un lado me deslumbró la hermosa puesta en escena que se aprecia en los videos. La música, la belleza de las modelos, la luz y los paisajes de La Habana. Pero también me hizo recordar un cartel satírico sobre el ejército estadounidense que decía: “Conoce playas exóticas, ciudades y selvas maravillosas, y destrúyelas. Join the army!”.

Cuba, ese país atrapado en el tiempo, se había mantenido hasta hace poco a salvo de la uniformizadora sociedad de consumo. Ahora que empieza a abrirse, las multinacionales salivan ante la idea de implantar en ella sus banderitas doradas.

Chanel en Cuba 1

Una cosa es que los Rolling Stones toquen gratuitamente para el pueblo cubano, y otra muy distinta es que el máximo exponente del lujo y la frivolidad vengan a contonearse en esa isla donde durante tantas décadas la gente ha sufrido —y sigue sufriendo— muchas privaciones. Me habría indignado también que Chanel desfilara en Calcuta, en Mozambique o en Tegucigalpa, pero me molesta aún más que lo haga en esa isla condenada durante años a la austeridad por defender la idea de que “si no hay para todos, que no haya para nadie”.

Mientras miro a Gisele Bündchen caminando por el Paseo del Prado, no puedo evitar pensar en los cubanos durante el bloqueo y, sobre todo, durante el famoso “periodo especial” que debía durar unos meses y terminó convirtiéndose en un largo purgatorio.

Lo que está por desaparecer siempre suscita nostalgia, al menos en quienes no lo han padecido. No es casual que en el último año La Habana se haya convertido en uno de los destinos turísticos más solicitados del mundo. Todos quieren despedirse de esa Cuba estrafalaria y decadente, paupérrima pero pintoresca, antes de que las multinacionales se apoderen de ella y surja, como en todo los países del exbloque socialista, una generación de nuevos ricos, de gente dispuesta a despilfarrar el dinero en un vestido de alta costura o en un coche de lujo.