El reto de la modernidad es vivir sin ilusiones 

y sin desilusionarse

ANTONIO GRAMSCI

En el caso del acto suicida de un joven en Monterrey no serán juzgadosla sandez del padre y la madre que gozosos le enseñaron a su hijo cómo manipular un arma y la pusieron a su alcance, y la realidad social de elitismo, desprecio y cultura empresarial voraz con la que está siendo educada la niñez y la juventud en todos los niveles”.

El período lectivo inmediato anterior fue el peor de mi carrera como profesor. Agotado por aulas repletas de jóvenes que cansados buscan un futuro inalcanzable que les es arrebatado cada vez con mayor voracidad, con ahínco asesino, con enajenante cotidianeidad, cedí a la comodidad de, tras seis años en las aulas universitarias, tomar un respiro a mis berridos de comunista de libro, a mi desaforado empeño por volverlos críticos, pensantes e interesados. Puse en pausa mi discurso sobre la magna transformación de la sociedad que deben encabezar, ellos, los privilegiados, los que representan el 2% de la población del estado grande. Dejé de hablarles de la ética del profesionista, del interés político, de los grupos de poder, de las ricas familias. No encontré la manera de transmitirles que la educación, cuando es profunda y humana, cuando confronta con interés filosófico y científico a las verdades inamovibles de la vida es casi redentora. No supe cómo hacer para tratar de incitarlos a la lectura por placer, al cine, a la música, a la comida, a la bebida, al ocio. Simplemente recorrí los contenidos programáticos, me apegué a la planificación semanal y me recluí en chistes y actividades repetidas.

Recuerdo las notas periodísticas, las charlas con los amigos, la serie y el documental de Netflix que jamás comenté en clase. La música, las pláticas y las muchas cosas nuevas que quedan gratamente registradas en los anales de mi franco amor por la vida, para mí, para mi egoísta y solitario consumo, como si me pertenecieran, como si no fueran de la humanidad. No recuerdo andar alguno de aula en aula con la compañía regular de la estudiante que después de oír una idea con la que concordaba o no, se quedaba, terminada la clase para externar dudas y dolores. A nadie atrajo la “conferencia” o la presentación del libro al que me invitaron. Aun así llegamos hasta el final del ciclo escolar. Ellos se fueron a seguir con su carrera y yo me resguardé tras la iluminación de la pantalla de esta computadora. Comí lo navideño y abrevé de eso mismo. Recibí por correo la asignación de materias para el siguiente semestre y con ellas la posibilidad de ver mis resultados de la evaluación docente. Sorpresa fue ver, en una escala del 1 al 4, un promedio de 3.6 y buenos comentarios sobre la clase. Esa imagen me sumió en un abismo que no conocía. ¿Qué estamos entregando como maestros que a pesar de mi penosísima y mediocre actuación pude obtener esos números? ¿Para qué hacemos a los y las jóvenes pasar diecisiete años de su vida prisioneros en jaulas si sabemos que nada logramos transmitirles?

Este miércoles 18 de enero de 2017 la desgracia que siempre va de la mano de la estupidez humana nos volvió a atacar. Un adolescente enfermo, psicópata, imbécil, malcriado, idiota e inconsecuente para su colegio, seguramente para su familia que como tantas tienen hijos que no quieren y a los que no cuidan y la humanidad en general, decidió que era buena idea atentar contra sus compañeros y su maestra y después suicidarse, empresa, esta última, en la que con su inutilidad probada casi falla. La pesadumbre, la preocupación, las visitas de las figuras políticas que quieren salir en la foto y colgarse de lo que les permita aferrarse a su breve tiempo en el poder y la fama llegaron como hervidero. La indignación de la sociedad y el miedo de los que compartimos la profesión y la obligación con las víctimas, de sabernos parte de una sociedad enamorada del gatillo está latente.

Las autoridades no buscarán a ningún sospechoso, no iniciarán ninguna investigación y nuevamente nada pasará, hasta que pase de nuevo. Los otros jóvenes que se muestran en aparente complicidad en el video, la gente a la que advirtió que lo haría en sus redes sociales y en la misma aula y que se enfrascaron, mejor, en una discusión en torno a tópicos racistas con la mayor de las naturalidades, la sandez del padre y la madre que gozosos le enseñaron a su hijo cómo manipular un arma y la pusieron a su alcance, y la realidad social de elitismo, desprecio y cultura empresarial voraz con la que está siendo educada la niñez y la juventud en todos los niveles no serán juzgados.

Hemos preparado por años, en nuestro amor por todo lo gringo, el terreno fértil para cosechar sus vicios, de sus virtudes nada. Estos jóvenes, hijos de las guarderías y de la vida electrónica, que viven en el confesionario de las redes sociales, que eluden a los padres que los buscan en la adolescencia después de evitarlos toda su infancia, que los llevan con profesionistas de la mente humana que han aprendido de un manual más que del trato con el otro, son nuestra realidad. Y a mí como docente me preocupa y me ocupa. Yo me comprometo a entregarme y luchar todos los días, desde esa pequeña trinchera ideológica y formativa que es el aula, por invitar al alumnado a buscar y vivir una mejor vida, ¿tú, qué harás?