La siguiente podría ser la disección más cruda sobre la decadencia de los narcodramas. O bien la radiografía de una historia televisiva cuyos auspiciadores pretenden seguir asegurando sus ganancias gracias al gusto anodino de los espectadores. ¿qué tiene de expectante un texto sobre narcos escrito en una ciudad que alguna vez fue uno de los sitios más violentos del mundo y cuya memoria sigue salpicada de sangre?

¿Qué puede tener de diferente una telenovela de narcos ahora en boga? Ninguna. Igual que las otras teledramas, al iniciar cada capítulo se avisa que es una historia ficticia, pero las referencias a los personajes de la vida real son obvias. En este caso la referencia al Chapo Guzmán. Nada nuevo: los bombazos, las muertes a sangre fría, la tortura, los cuerpos despedazados enviados en paquete, los hombres insensibles a las torturas y el vocabulario de muerte y amenaza para negociar. Se muestra la ineptitud y corrupción de la policía que rebaja condenas a cambio de que los narcos les entreguen información y les “pongan un cuatro” a sus socios”. También se agregan los nexos del presidente municipal con el cacique del pueblo y los narcotraficantes.

La historia empieza por la infancia y se centra en sus novias. Desde niño mostró su arrojo para defender a su familia, la inteligencia para delinquir e imaginar la construcción de túneles para mover la droga a Estados Unidos. Del Chema se enamoran Amanda (su amiga de la infancia), La China (hija de un socio del tráfico con el Chema), Imelda (narca colombiana), Mabel (narca casada). Otra parte de la historia es la fidelidad al jefe, el respeto a la madre, el amor a los hijos, las traiciones entre la banda y la venganza.

Las inverosímiles escenas para rescatar al Chema. Entran a la fuerza a las oficinas de la DEA. Amanda se presenta Amanda como su mujer-amante, besa al Chema en la boca delante de los policías para entregarle una llave maestra para abrir esposas. Un halcón es la señal de que sus compinches lo esperan para rescatarlo Entonces abre las esposas, corre y se escapa por el ducto donde se lanza la basura hacia un tambo en la calle. Afuera lo recogen sus socios, se desata la balacera y pueden huir. La DEA lo persigue, pero el armamento del capo y sus secuaces colombianos, derrotan a los agentes norteamericanos. Jones, jefe del comando de la DEA, le pide clemencia, le ofrece dinero y limpiarle el expediente. El Chema lo mata por traidor. Ahí le perdona la vida a Andrews para que trabaje para él dentro de la DEA, “por qué es honesto y lo hará millonario”, le ofrece. En la prisión Amanda contesta una llamada y expresa en voz alta, delante de los agentes gringos: “El Chema se les peló a todos estos pinches de pendejos.”

Como todo teledrama abundan las “redes amorosas”. Ricardo, el narco protector y “formador” de El Chema, se casó con Blanca (su madrastra) y es padre de Amanda a quien presenta como su hermana. En el fondo a Ricardo le gusta la mamá de El Chema y la esposa le reclama sus amoríos. Amanda se enamora de El Chema y mantienes relaciones sexuales, pero su madre le dice que no se puede casar con ella porque Ricardo lo matará. Amanda resignada se casa con el hijo del presidente municipal; éste tiene de amante a su secretaria y es socio de Ricardo. Despechada Inés, su esposa, se acuesta con Ricardo. Regina, sobrina de Inés llegada a la ciudad por su “vida disipada” sale con Ricardo y con El Rojo. Blanca se consigue de amante a un general del ejército. Mabel, con el consentimiento de su marido, seduce a un oficial de la patrulla fronteriza, casado, para que les facilite el trasiego de droga. Luego se relaciona con El Chema y se separa de su esposo.

Otra variante en El Chema, son las escenas candentes, la voluptuosidad de las mujeres y el lenguaje sexual rayando en lo explícito. La imagen de vampiresas y come-hombres de los personajes de Amanda, Mabel y Regina. Blanca, en una escena con su amante le dice: “Nosotros estamos para la cama y nada más”. “A ti te gustan las putas. De pérdida Ricardo las conquista y se luego se las coge” (en la novela cortan las palabras “altisonantes”). Le dice Amanda a Saúl: “por eso eres mi esposo y cogemos tan rico.” Más allá no hay novedad.

En consecuencia, es inútil continuar describiendo las constantes de las narco-novelas mexicanas, porque llegaron a su límite. La búsqueda para mantener la audiencia, cautiva en principio por compartir la mayoría de los patrones culturales difundidos en las teleseries, es más voluptuosidad, más lesbianismo, más escenas sexo y leguajes explícitos, más bombazos, más mujeres narcas y descarnadas. Así empezó la quinta temporada del Señor de los Cielos, más: lanzagranadas usadas para atentar contra el presidente de la república, suburbans volando como si fueran pelotas de tenis y el primer mandatario ligados sin tapujos con el narco y enamorado aún de Rutila, la hija de Aurelio Casillas de la cual fue amante.

Sólo para establecer una comparación, cuando menos en Pablo Escobar el Patrón del Mal, se desarrollan diálogos como “La situación cambiará, cuando cambien las condiciones sociales y económicas”, en referencia a la posibilidad de acabar con los narcotraficantes. O cuando Pablo Escobar se precia de ser de izquierda: “Desde el colegio siempre coincidí con el pensamiento de la izquierda… (por eso) Como iba a matar a alguien así (candidato presidencial Bernardo Jaramillo). O la opinión de un socio de Escobar, el candidato era un “hombre era de izquierda, era buena gente. Revoltoso, pero buena gente.”

También hay otras escenas que dimensionan la crueldad de Escobar, cuando le dice a Pedro Motoa: “Aquí tengo todo bajo control, además, qué policía nos va a estar buscando si los estamos fumigando a todos”. Pedro contesta: “Hablando de Tombos, vos no creés que ya es tiempo de acabar con esa matazón”. Pablo réplica: “Justo ahora que tenemos un informante y un colaborador en cada esquina. Justo cuando los muchachos para poder salir de pobres, lo único que tienes que hacer es matar un cochino tombo. Pero ese no es el camino del diálogo”, expresa Motoa. “Y quien le dijo que yo quiero dialogar”, sentencia Escobar.

Lo anterior porque Pablo Escobar pagaba dos y cinco mil dólares por matar a un policía y a un integrante del grupo élite, respectivamente. Ante la oferta cientos de jóvenes empezaron a asesinar a los tombos, como les dicen a los policías en Colombia. Es la miseria una variable para el crimen y Escobar lograba arrinconar al gobierno para que no aprobara la ley de extradición de los narcotraficantes a Estados Unidos. Esa es la historia común de los capos: la pobreza. La otra es su capacidad para corromper a los funcionarios del gobierno y a los policías que facilitan el trasiego de droga. Pero esto se diluye ante las escenas de sexo, violencia y machismo. Entre otras variables, por esto mantendrán niveles de audiencia para hacer la sexta, séptima y hasta la octava versión del Señor de los Cielos.