En julio de este año, Juan Carlos Martínez Prado viajó a Japón durante veinte días. A su regreso metió en su mochila algunas piezas del rompecabezas de ese país en el que hasta 2015 era ilegal desvelarse y donde la Yakuza una de las mafias más temibles del mundo opera libremente, mantiene oficinas abiertas en Tokio y hace donaciones a casas de beneficencia. ¿Qué hay atrás de la paz en un país donde es más fácil morir por un rayo que por un disparo de arma de fuego?

 I

Las gaviotas comen de la mano de un viejo japonés en la bahía de Omura. Picotean la piel de quien les contará la historia de Nagasaki. A las ocho de la noche en Omura el mar es tan oscuro como el carbón que algunos de sus visitantes piensan que este litoral es una ilusión en la antesala del fin del mundo.

En Osaka, Japón deslumbra. Camino bajo la irradiación de una megalópolis enclavada en el corazón de Honshu donde una autopista atraviesa sin piedad el vientre de un edificio enano.

Es domingo 16 de julio. Ha dejado de llover. La tarde oriental abre sus ojos en Ginza donde otra imagen provoca a la historia con su mortal ironía: una geisha —de quimono floral y kanzashis en el pelo— bosteza frente a un escaparate de Louis Vuitton. De la vitrina cuelga una nadería: un bolso de terciopelo azul de siete mil 500 euros. A las puertas de este santuario de la moda post Edo rondan algunos paparazzi y otros adeptos de Yukie Nakama, una mujer esplendorosa y sugestiva, quien hace unos minutos ha abandonado el lugar.

La actriz, nacida en Okinawa, una isla luminosa donde habitan las mujeres más longevas del mundo, voltea de reojo, ve a sus sabuesos babear y les mueve las nalgas. Nakama sabe que no es de este mundo. Que las carnes que posee pertenecen a los desvaríos del sueño. Al final, el jefe de camarógrafos de NHK capta la imagen, regresa el guiño y ordena que se borre la escena.

A 500 kilómetros de Tokio el ocaso de una noche estival estalla en medio de un océano de anuncios de neón. Dotonbori es una antigua calle que define la vida nocturna en el sur de Japón. Allí una de las paradojas de la vida moderna pone sobre la mesa otro de sus efímeros encantos. En esta esquina donde la esencia de la comida proviene del océano se sirve la carne de res más sofisticada del planeta. Un grupo de turistas saborea un trozo de carne Kobe alrededor de la parrilla de un chef callejero. Los carnívoros han pagado ciento veinticinco euros por doscientos cincuenta gramos de este algodón celestial.

En estas latitudes, al parecer, los parangones son inexcusables. Las imágenes regresan, inevitables, a la intimidad de la memoria familiar.

Hace más de seis décadas mi padre llegó a Guadalajara procedente de Caborca, Sonora, su tierra natal. Llevaba en su saco de viaje la sana intención de terminar un master en economía agrícola. Pero la belleza de una tapatía altiva le punzó el corazón y finalmente terminó sus días casado con Julia, mi madre, a quien siempre le abrumó la sequedad de la carne asada y las tortillas de harina y prefirió los sahumerios del bajío para perfumar su cocina.

Por esos años, en los dominios maternos, la birria de chivo se cocinaba sobre un fogón de 12 llamas. La mayoría de los productos comestibles del mar procedían de Puerto Vallarta, ubicado a cuatro horas y media en autobús hasta las puertas de la casa del abuelo. Mi padre nunca cedió al chantaje familiar y los fines de semana remontaba el enfado de su mujer y el ceño fruncido de su suegro, un cubano nervudo de 1,87 metros de estatura, para convertir uno de los rincones del patio de la casa en un altar improvisado donde asaba  –al cubierto de altos muros de piedra bordeados de bugambilias moradas– Rib eye y T-bone, sus cortes predilectos.

En ese tiempo, el Occidente de México no conocía de la sofisticación de la carne. Mi padre, un economista egresado de los confines del polvo, se convirtió en pregonero de la santidad de la vaca sonorense. Cuando hablaba con sus colegas jaliscienses sobre ciertas viandas norteñas y sus esencias, sus argumentos eran irrefutables. Para él, los frijoles con queso, las coyotas y las tortillas de harina eran las claves que daban sentido a la vida. Encontró en el paladar la tabla fundacional que explicaba el devenir de las sociedades modernas. No es extraño entonces que, como hijo de mi padre, el sazón fue el mecanismo con el que, muchos años después, ordené el cableado revuelto de mi identidad fronteriza. Resolví semejante confusión ontológica sometiéndome al gozoso suplicio de los burritos de deshebrada y chile relleno del Compa, a los tacos de tiripitas de la Bolivia y a la barbacoa mañanera del Guero, heroicos lugares que han sobrevivido a las luchas intestinas de los cárteles juarenses.

Después de taquear en los puestos callejeros de la Ciudad de México, a mi llegada a Osaka me sentía suficientemente preparado para resistir los embates de la tradición culinaria de oriente y al sazón de sus categorías ignotas. Pero no fue así. El impacto fue brutal. La cosmovisión se me extravió del otro lado del mundo. Todo lo que creía saber sobre la vida, la sexualidad y las papilas gustativas, importaban poco menos que nada. Mis referencias culturales terminaron por desvanecerse a bordo del Shinkansen, el tren bala que atraviesa el país a más de 320 kilómetros por hora. Con una caja de madera con comida sobre las piernas, caí derrotado por una entrada de raíz de perejil incrustada en cabezas de cangrejo, seguida de un tocino de jabalí salvaje con mostaza y gambas. El nocaut llegó en forma de gancho envuelto en papel de celofán: hígado de rape crudo acompañado de un helado de matcha.

Fundada en 1612, entre dos puentes que miden la temperatura fluvial de Osaka, Dotombori alcanzó prestigio urbanístico cuando el Shogunato Tokengawa definió a sus anchas la ciudad. Más de 400 años después, esta calle, ubicada en el sureño barrio de Namba, se distingue aún por su vida agitada, sus anuncios luminosos y el atrevimiento de su cocina.

A Osaka nadie le niega su poderío gastronómico ni su fortaleza industrial. Allí vi un mar incandescente apagarse en horas de la madrugada y cuando me llevé a la boca una minúscula porción de Shurime el cielo simplemente se cayó.

II

Este es Japón me dice Valeria Sabelli, una italiana de 32 años. Esta mujer espigada y de ojos grandes vive en la capital nipona desde 2011. Trabaja como traductora en una compañía que exporta salmón de Hokkaido, la isla mayor del norte japonés.

—¡Y todavía no has visto ni vivido nada! —me previene Sabelli en medio de una muchedumbre incontable que exuda bajo los sótanos de Shinjuku. Sabelli dice que a Tokio no lo cambiaría por nada del mundo. Ni siquiera por Vicenza su pueblo natal, ubicado a 200 kilómetros al norte de Milán y que hace apenas unas décadas fue declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco.

—Pues yo si lo cambiaría por Juárez —le digo muerto de risa a sabiendas que la italiana no tiene ni puta idea donde queda la ciudad emblemática de la harina, los caguamones y las cabronas balaceras.

—El lugar de donde vengo es tan blanco y transparente como la piel y los ojos de una geisha —le digo a Sabelli quien ignora que alguna vez Jorge Luis Borges definió al desierto de Texas y sus zonas aledañas como “tierras con blanco resplandor de esqueleto pelado por los pájaros”.

Sabelli sonríe mientras esperamos nos sirvan dos tazones de ramen en un restaurante de Shinjuku, la estación de tren convertida en una gigantesca ciudad subterránea al oriente de Tokio. Ella presiente mi agitación en medio de este lugar por donde en 2007 transitaron más de 3.64 millones de personas promedio cada día, una cantidad mayor que el total de habitantes en el Estado de Chihuahua, según el último censo del INEGI. Estas cifras han convertido a Shinjuku en la conexión de transporte más usada del mundo y donde la visión japonesa ha levantado los andamios de un multimillonario negocio de comida, ropa fina y bagatelas de moda

Pero la fama de Shinjuku no está únicamente ligada a su dimensión colosal ni a su avidez mercantil. En 1968 esta estación fue escenario de las más encendidas manifestaciones estudiantiles en contra de la guerra. Los japoneses con memoria recuerdan un día crucial de su historia contemporánea: el 21 de octubre de 1968 marcaría este lugar para siempre. Más de 280 mil personas tomaron y paralizaron la estación y la declararon “zona liberada”. Los manifestantes mantuvieron retenido el sitio durante más de siete meses hasta julio del año siguiente en que la policía irrumpió y los desalojó de manera violenta.

Con la italiana salgo de este laberinto por una de sus 200 puertas. Sabelli me toma de la mano. Me lleva al  barrio de Shibuya donde habré de convertirme en uno más de los miles de transeúntes que han convertido al lugar en el cruce peatonal más concurrido del planeta. La italiana, desenfadada, toma mi celular, se inclina. Enseña sus cálidos senos al mundo y me plaquea. En la foto apareceré saltando, frenético. El reloj de la cámara marcará las 7:38 de la noche y en la imagen se reconocerá a un tipo, confundido, con un grueso velo sobre los ojos muy lejos de occidente.

III

A mi regreso no sabía si escribir estas notas. Ahora que lo hago asumo el riesgo de las generalizaciones significativas e  insalvables. Al iniciar la escritura recurro a un correo que había respondido a una amiga desde Nagasaki. En él hago mención de mis impresiones sobre este país después de una semana de haber desembarcado en el aeropuerto de Haneda, una mole modernista de cuatro naves reconstruida al sur de Tokio después de la guerra.

En el mensaje a N escribí que en Japón la obsesión por la excelencia me parecía una especie de hipnosis bajo la que sucumbían más de 120 millones de personas. Era perceptible que gracias a la asepsia y vida cronométrica de sus habitantes esa isla había logrado reconstruirse como un país poderoso y floreciente después de grandes conflagraciones. Sin embargo, habían suficientes razones para afirmar que esa filigrana no había alejado a Japón de dos de los más grandes pecados de nuestro tiempo: la sobreproducción y el dispendio. En un lugar donde sus habitantes destinan entre 15 y 20 mil millones de dólares al año en el consumo de artículos de lujo, no es extraño que el 44 por ciento de las mujeres japonesas posean una cartera Louis Vuitton, según cifras de la escuela de economía de la Universidad de Wakayama.

En mi correo a N expuse que me parecía inevitable visitar Ginza, la babilónica avenida de la moda en Tokio, para comprender cómo la propensión por la estética y el diseño había transformado a los habitantes de ese país en los mayores consumidores de productos exclusivos en el mundo y había dado pie a la irrupción de una sociedad atrapada en el mass luxury, una subcultura banal basada en el dinero.

Después de varios días en Tokio entendí que tras la asidua inclinación de los japoneses por la perfección se encontraba la imperturbable paciencia heredada de sus antepasados. Me bastó entrar a una tienda del barrio de Shibuya para constatar que la serenidad con que se envolvía un manojo de cebollas o un par de calcetines correspondía más a la sutileza de un artista que al exasperado carácter de cualquier dependiente de un Smart en Ciudad Juarez. San Agustín, que nunca visitó Asia, definió a la paciencia como la virtud que más acerca al ser humano al significado de sacrificio. El budismo, una de las religiones más extendidas en Japón, usa el termino Kshanti para definir el concepto. Los orientales creen que la paciencia es un don relacionado con la fortaleza de carácter. En su tradición, cuanto más madura y evolucionada está la personalidad, más fácil es preservar la calma.

La excelencia en la manufactura y la alta tecnología de sus exportaciones guarda una de las claves por la que los japoneses son considerados la cabeza de la industria asiática. Los empresarios practican a pies juntillas un credo que ha dado buenos resultados en otros países del orbe desarrollado: no debe existir conflicto entre las ganancias de la empresa y el bienestar de sus trabajadores, dicen. Más allá de si las lecciones de este axioma son ciertas, está claro que en Japón el empeño de su clase trabajadora es altamente recompensado. Sayuri Inoue, una mujer de 34 años, empleada en una trasnacional de comida, me explicó que el salario promedio en su país es de tres mil 540 euros mensuales (unos 73 mil pesos mexicanos). Sayuri vive en Setagaya-Ku, un barrio acomodado al oriente de Tokio. En la cochera de su casa había estacionado un Subaru del año y una camioneta BMW de reciente modelo. Nibori, su hijo de 14 años, va a una escuela de excelencia y viste ropa de marca.

Para un economista afecto a las batallas contra el libre mercado y la liberación de la economía, sin embargo, el éxito japonés no tiene chiste ni tampoco es novedoso. En su composición se hayan rasgos de la receta keynesiana y el perfil de una clase empresarial dispuesta a repartir de manera más equitativa sus ganancias. Basada en el estímulo de la economía en tiempos de crisis, el gobierno de ese país ha dispuesto de millonarios recursos para incentivar la inversión pública. De los denominados Keiretsu, cierta rama del empresariado nipón, ha arrancado para sus gobernados el acuerdo de altos salarios y el empleo vitalicio, único en el mundo.

A diferencia de los gobernantes de América Latina y otros países del hemisferio occidental a Shinzo Abe, Primer Ministro Japonés se le ve y se le escucha sincero cuando dice que está preocupado porque los salarios crezcan más del 14 por ciento con que lo hicieron en 2016. En una aparición televisiva reciente, Abe apremió a los empresarios nipones a incrementar las cuotas salariales para “mejorar —dijo— la salud de la economía”. Abe sabe que el incentivo salarial es una de las llaves maestras que abre la puerta a la demanda en una isla de 127 millones de ávidos consumidores.

Hikaru Yukimura, marido de Sayuri, la mujer que me hospedó durante cuatro días en Setegaya-ku, cree que la bonanza no sólo reside en el trabajo duro. Está seguro que la prosperidad japonesa está basada en el crecimiento del mercado interno gracias al impulso de los altos salarios, según me dijo una de las noches que se necesitó afinar el wifi de la habitación que su mujer me rentó.

En un país rodeado de agua y hostigado como pocos en tiempos de guerra, es inverosímil que la economía haya crecido de manera equilibrada y que el ingreso de los trabajadores sean unos de los más holgados del mundo. Después de un fuerte periodo de crisis en la década de los noventa y de varios desastres naturales (Miyagui y Fukushima, 2011) el país ha vuelto a crecer. Ahora su economía, según datos oficiales, se mantiene como la tercera más poderosa del planeta después de la de Estados Unidos y China.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. En esta isla el suicidio es la principal causa de muerte y su propagación habla de una sociedad agotada. Según especialistas, las extenuantes horas laborales y la frustración por no alcanzar la excelencia en el desempeño estaría, en muchos casos, atrás de este tipo de decesos. Durante 2013 el país registro 27 mil 300 suicidios de los que el 71 por ciento fue provocado por hombres entre 20 y 44 años. Madame Riri, una estudiosa del tema, afirma que las causas por las que los japoneses se suicidan son las mismas por las que se quitan la vida personas en otras partes del mundo. En este asunto hay mucho de mito, dice Riri, quien desde hace varios años publica sus investigaciones en distintos medios japoneses.

IV

En Tokio decidí que lo último que visitaría sería Akihabara, un barrio imán cuna del manga y el anime. Nunca me ha entusiasmado el mundo friki y siempre he sentido cierto desgano por los jóvenes que inducidos por la televisión han convertido sus gustos y su cuerpo en un amuleto. Aunque no simpatizo con las estigmatizaciones, con esta reserva fui a Akihabara una sola vez, después de la lluvia, cuando la temperatura excedía los 35 grados y una aceitosa capa de humedad se convertía en la segunda piel de los transeúntes.

Por las tardes, Akiba, como también se conoce este distrito, palpita sobre un río de gente dispuesta a la pesca. El tren de las 16:05 ha desembarcado a un macizo de jóvenes serios en la estación más cercana. Desde las puertas de un edificio ecléctico se observa como un formidable arcoiris cae desde un pico de nubes aceradas. Es tan intenso el color y brillante la luz de los neones cuando entra la noche que cualquier imagen aquí pareciera haber salido de las páginas de una revista de historietas.

Sin darme cuenta camino rodeado por la magia de Go Kuu Son, Tetsuwan Atomu, Ken Kanek, Narutu Uzumoki y Levi Ackerman. Siento cierto escalofrío. Veo a mis hijos frente al televisor veinte años atrás. Cristina se acerca a ellos con un bol en las manos de verduras rayadas. Lleva unos jeans pegados y una blusa bordada de manta. Pablo, mi hijo mayor, está sentado en el fondo de la cama. Su cabellera ondulada y su ojos grandes lo hacen parecer uno de esos personajes llegados de otras latitudes dispuesto a derrotar a Majin Boo, una anomalía en el universo de Dragon Ball.

Akihabara es un distrito de excéntricos, me dice Akira Shuito, una joven japonesa que ha decidido acompañar mis últimos días en Tokio. Y no cabe duda. El color de este barrio es el de las últimas películas de animación cuyas tramas proyectan la existencia de un mundo fantástico. Los cientos de jóvenes que deambulan por aquí conocen al dedillo las escenas y los diálogos de Your Name, el sexto largometraje de Makoto Shinkai que en las últimas semanas ha roto récord como el filme de ese género más visto en la isla.

En el cenit del delirio, los jóvenes nipones han inventado el cosplay, una práctica que consiste en disfrazarse de los personajes de sus películas favoritas en días que hay que visitar el maids café, un espacio donde nada es alucinante si caemos en cuenta que estamos en un país donde hasta 2015 era ilegal desvelarse y donde la Yakuza —la temible mafia japonesa—, opera libremente, mantiene oficinas abiertas en Tokio y hace donaciones a casas de beneficiencia.

El concepto Otaku es usado en este país para referirse de manera despectiva a una legión de jóvenes propensos a las aficiones obsesas, los mismos que la globalización ha marginado de los estándares del éxito. La inclinación por los video juegos, el manga, el anime y el cosplay, sin embargo, ha enriquecido a un sector de la industria del entretenimiento cuyos ingresos se calculan en miles de millones de dólares.

Los últimos datos disponibles acerca del número de integrantes la subcultura Otaku son de 2005. Según el Instituto de Investigación de Nomura existen más de 350 mil jóvenes como parte del manga y otros 280 mil representantes de Idols, sólo en Japón. El consumo de artículos y souvenirs propios de este mundo arrojaron durante ese lapso ganancias por más de 144 mil millones de yenes, unos mil trescientos millones de dólares, al tipo de cambio actual.

V

Isamu Koizumi no cree lo que escucha. Siete mil muertos en cuatro años es una cantidad de sangre innecesaria incluso cuando un país está en guerra, dice. La cifra corresponde al número de muertos en Ciudad Juárez entre los años 2008 y 2011. Hablamos sentados en una banca en Shukkeien, uno de los más bellos jardines de Japón en Hiroshima. El césped verde se extiende hasta unos muros altos de piel caliza. Nos rodean senderos que cruzan puentes de piedra y cascadas crepitantes. Vemos una pagoda exquisita de tiempos de Ueda Soko, el criado de Asami Nagaakira a quien se le atribuye la construcción de este paraíso. Alrededor de nosotros decenas de antiguos cerezos duermen en espera de la floración que llegará con la próxima primavera. Koizumi ve a los ojos de la traductora y se pregunta por qué tantos muertos en un lugar a más de nueve mil 500 kilómetros de este vergel.

Koizumi tampoco comprende la perversidad de un presidente mexicano quien entre los años de 2007 y 2012 desató una guerra cruenta en México en la que hubieron más de 150 mil muertos. En esa época, le digo, el gobierno de Felipe Calderón usó al narcotráfico como pretexto de su beligerancia. Sin embargo, su objetivo era otro. Desacreditado como pocos al inicio de su mandato, Calderón necesitaba levantar una espesa cortina de humo para eclipsar el fraude electoral con el que habría llegado al poder.

“El pinche enano” como se le denominara entre las clases subalternas, se benefició vendiéndose  como un gobierno de mano dura y el narcotráfico ganó multiplicando sus ganancias al encarecerse la droga en ambos lados de la frontera. El castigo para el panista llegó seis años más tarde. Su partido perdió las siguientes elecciones y propició que el PRI regresara a Los Pinos. Ahora, le digo a Koizumi, el país es un desmadre, está harto de tanta corrupción y existen grandes posibilidades de que Manuel López Obrador triunfe en los comicios presidenciales de 2018. En el sur del país ha resurgido la voz inconforme de los zapatistas alzados en armas desde 1994, quienes, ante el acoso y abandono, han decidido participar en la próximos comicios con una mujer de abajo e independiente a la cabeza.

Koizumi poco entiende esta historia. Pero algo le queda claro a este joven alumno de la Facultad Integrada de Ciencias y Artes de la Universidad de Hiroshima: la paz, en cualquier parte del mundo, es producto de la justicia. En países donde el ingreso es exiguo y la educación se imparte con un gotero es inalcanzable la tranquilidad entre sus habitantes. La violencia en países como México no es sólo policial sino es básicamente estructural, traduce Akira Hayashi, la joven intermediaria que esa mañana se convierte en puente entre dos idiomas y dos países tan disímbolos.

El asombro del joven japonés sobre el cinismo e impunidad de los gobernantes latinoamericanos podría ser inverosímil para alguien que no sepa que la corrupción en Japón no existe, al menos tan rampante como la conocemos en México y que la violencia criminal en sus calles es imperceptible. En 2014, ese país registró seis muertes producidas por armas de fuego mientras que en Estados Unidos, en ese mismo año, hubo 33 mil 599 y en México (en 2016) se reportaron cinco mil 586, según Harry Low de la BBC Service.

—En Japón es más fácil que un rayo te mate a que mueres por causa de un disparo de arma de fuego —me dice Koizumi con el cigarrillo en la boca, a las puertas de Shukkein, en un espacio en que se segregan a los fumadores.

En este sentido, la Yamaguchi-gami, una de las vertientes criminales más temibles de la Yakuza japonesa, entiende que el dinero es más importante que la sangre y que el costo de ésta es muy alto en un país donde de acuerdo al derecho civil los jerarcas de las organizaciones criminales pueden ser demandados por los daños cometidos por sus subordinados.

En 2012, Goto Tadamasa, uno de las cabezas de un grupo criminal, pagó 1.4 millones de dólares a la familia de un agente de bienes raíces que sus hombres habían matado, según reportó Jake Edelstein, corresponsal especial del VICE News en el país.

Una de las razones centrales de la buena relación entre la Yakuza y la policía que “la persigue” se debe a que la jerarquía mafiosa siempre ha llamado a sus hombres a “tener un trabajo real” y que la violencia por cobro de deudas entre sus miembros siempre ha sido regida por cuestiones de honor. La mafia en Japón está vinculada a actividades licitas en el ramo de la construcción, los bienes raíces, el cambio de moneda, el envío de mano de obra y el suministro de gran parte de los empleos necesarios en la industria nuclear. Según la Agencia Nacional de Policía, la influencia de la Yakuza está presente en la industria del entretenimiento y ha llegado hasta los hacedores de la limpieza del desastre de Fukushima.

Con más de 23 mil miembros en este país, la Yamaguchi-gami se autodefine como “una agrupación humanitaria que contribuye a mantener el orden en en el país”, dice Koizumi cuando el sol del mediodía enverdece aún más los prados de Shukkeien.

Según Koizumi, con quien me encuentro en este parque a instancias de Katsu Yukimura, un músico, escritor, chef y mi rentero en Hiroshima, muchas de las actividades de la mafia son legales y sus representaciones tienen “edificios de oficinas, tarjetas de negocios, revistas de fans y libros de historietas que cuentan sus hazañas”. Una buena parte de la sociedad japonesa no les ve con malos ojos “fundamentalmente porque no entorpecen su bienestar”, reitera Koizumi para quien la violencia y sus efectos deben estudiarse desde diversas perspectivas —y no sólo desde el foco policial— si lo que se pretende es erradicarla.

VI

A Fujita Hisakawa la mirada se le ha nublado para siempre. Perdió la vista después de que una nube crepitante incendió el cielo. Tras el fuego voraz desapareció su hermana de diez años. Lo último que vio Hisakawa fue la piel lacerada de la niña. Las llamas también pulverizaron a su madre. Los gritos no llegaron lejos. Su cuerpo se hundió bajo el tatami en forma de lava volcánica.

Hisakawa no conoce Nagasaki, me refiero a la prospera ciudad reanimada décadas después de la guerra. Sin embargo, el viejo la rastrea a través del oído. Recupera el presente mediante el ruido de los tranvías. Me pregunta qué haré en en las últimas horas de la tarde. Le consuela mi respuesta. Le agrada el hecho de que a su ciudad he llegado, entre otras cosas, para contemplar desde el Monte Inasa la espectacular escena de una urbe resucitada.

Hisakawa vive frente al mar. Nos hemos conocido a la orilla de este manto de agua oscura salido de la espalda de Nagasaki. Su complexiòn es delgada, como la de un niño enclenque de Chiapas. Me ve a los ojos como si viera mientras da de comer a las gaviotas en Omura.

No conoce la ciudad pero sabe cada fecha de su historia. Recuerda el bombazo que barrió Nagasaki el 9 de agosto de 1945, tres días después de Hiroshima.

—Desde hace 70 años Asia es el espejo donde Occidente no quiere verse —me dice. Sobre estas islas, agrega, los imperios sin historia temen ver reflejada su miseria.

El Shinkansen va de regreso. Viajo por el silencio donde no hay luces que revivan a los muertos.

Atrás han quedado las ciudades grandes. Desde una de las ventanillas del tren, presiento que el gozo muere a orillas de este mar pétreo.