A principios de marzo de este año, Juan Carlos Martínez Prado viajó a Bolivia, un país que se atrevió a ser otro desde que la mayoría de sus habitantes votaron por un indígena a la presidencia de la República. A manera de estampas, el autor de esta historia relata parte de su encuentro con ese país donde la pasión por lo local es una prueba irrefutable del predominio de los pueblos originarios.

Gustu es un restaurante boliviano caro. Ubicado en una de las zonas más exclusivas de La Paz, en el sur de la ciudad, este lugar seduce a sus comensales por haberse convertido en una escuela de experimentación gastronómica a partir de ingredientes endémicos y técnicas vernáculas. Su historia careciera de importancia sino fuera porque Bolivia, su sede, se distingue, entre otras cosas, por ser el único país del mundo que echó de sus tierras a McDonalds.

La clase opulenta paceña sucumbe ahora a las delicias de Gustu igual que lo hiciera hace algunos años ante las reformas socialdemócratas de Evo. Gustu y el mandatario indígena tienen la virtud de exponer en este país lo mejor de la catequesis india. El primero para el éxtasis del paladar y el segundo para probar que mientras la riqueza sea mejor repartida el mundo no debería estar preocupado por el arribo de los descastados al poder.

La analogía recuerda una frase del Sub Comandante Insurgente Marcos, quien alguna vez dijo que si México fuera Suecia no tendría sentido la existencia del EZLN. La sentencia del jefe guerrillero nos lleva a la reflexión acerca de las resistencias y sublevaciones indias como un recurso para visibilizarse más allá de ciertos abanicos doctrinarios. La máxima zapatista revela que la lucha de los indigenas no se restringe a una ideología porque finalmente su cosmovisión abarca un mundo mayor que los conceptos. Sus paradigmas son milenarios. Sus luchas enarbolan la defensa y respeto por la tierra, el agua, la cultura, las costumbres. Están convencidos que sin estos elementos básicos sería imposible su sobrevivencia. Queda claro entonces que las comunidades primigenias son anti capitalistas no por Marx ni por Lenin sino porque en la práctica ha sido el capitalismo el modelo que las ha desplazado. Por lo tanto, sus resistencias están ligadas más con la defensa de su hábitat que con el corsete con el que algunos marxistas pretenden disfrazarlas.

Marsia Taha es una de las jefas de cocina de Gustu. Estoy en su país desde hace una semana y aprovecho los últimos días de mi estancia para conversar con ella. Hablamos sobre el portento de los ingredientes de la dieta mesoamericana. Entiendo que su esencia ha jugado un papel crucial en la permanencia de pueblos originarios. La yuca, la papa, el maíz, el frijol, las habas y toda una gama de mezclas y sabores ancestrales son la base sobre las que no ha prosperado la idea de que una hamburguesa es más nutritiva que el chairo paceño, un platillo típico boliviano preparado a base de carne de cordero y res, habas verdes, zanahoria, arvejas y trigo. El misterio de este caldo andino no reside obviamente en sus carnes, finalmente una aportación ibérica al platillo, sino al chuño, una papa congelada y deshidratada con técnicas desarrolladas por los quechuas hace miles de años.

Ante el arribo masivo del fast food en el mundo, en Bolivia ha revivido la sublevación de la comida casera, me dice Marsia. Esta irrupción es la mejor señal acerca del alcance de las culturas antiguas. El proyecto más viable para que siga existiendo el ecosistema y se detenga su derrumbe en manos de las trasnacionales voraces obliga a valorar el significado acerca de lo que la tierra produce en beneficio de quienes la cultivan y de quienes, inclusive, no se ensucian las manos.

Con la ingesta de quinoa, por ejemplo, la sociedad andina evoca no sólo un producto cultivado por los Incas alrededor del lago Titicaca, entre los años 3000 y 5000 antes de Cristo, sino a un cereal que ahora la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha declarado como uno de los alimentos con más futuro a nivel mundial y como una fuente de solución a los graves problemas de la nutrición humana, según anota Andrés Rabilla, un nutriólogo egresado de la Universidad Mayor de San Simón, una de los centros de educación superior estatal más prestigiados en Bolivia. Con Rabilla me encuentro en la cafetería de una de las escuelas de esa institución, una tarde lluviosa de marzo. En la mesa no hay chuño pero sobre un plato blanco de porcelana nos aguardan cuatro choripanes y un atole de plátano macho que harán el día.

Para Marsia, la vice Chef en Gusto, servir un crudo de llama con choclo crocante y alcaparras de Tarija significa llevar a la mesa parte esencial de la historia de Bolivia. La idea de este restaurante, inaugurado en abril de 2013 y que ahora se distingue entre los 50 mejores lugares para comer en America Latina, es el kilómetro cero, cuyo significado tiene que ver con “utilizar exclusivamente productos bolivianos”. La apuesta reconoce per se que el país cuenta con uno de los nichos naturales, culturales y geográficos más ricos del planeta.

La revalorización de este patrimonio convirtió a Bolivia en el único país del mundo donde en 2005 quebró McDonalds. Durante cinco años esta poderosa multinacional infructuosamente luchó por quedarse en un lugar donde sus habitantes viven apegados a los productos de la tierra y dan especial valor a la comida que tiene tras de si muchas horas de fuego lento. Finalmente McDonalds salió derrotada del país después de recibir un puntapié propinado por las empanadas salteñas, un platillo tradicional, preparado desde hace más de un siglo, mediante una jugosa carne de pollo y res, que se vende en las esquinas de La Paz por tres bolivarianos, equivalente a 0.50 de dólar.

Kamilla Seidler, chef principal de Gustu recientemente dijo a una revista especializada en gastronomía que su restaurante mantiene una estrecha vinculación con sus proveedores a quienes se les identifica con nombre y se les paga sus productos de manera justa. Al parecer el mayor interés de sus propietarios es que Gustu no sea un medio para amasar fortunas y expandir su marca por el mundo. El punto aquí es revalorar la vianda por la que no han desaparecido las comunidades indígenas en el continente.

A Gutsu llego una noche lluviosa. En su interior la atmósfera es apacible. En sus paredes destaca la finura minimalista que carga sobre sus hombros un aire de viveza amazónica. Afuera la lluvia arrecia, moja los tejados ocres de la capital boliviana. A escasos kilométros, Evo sueña con un nuevo mandato mientras las cocineras apuran sobre el fogón un lagarto en escabeche con cáscaras de sandía. Una mujer de ceño inteligente y cabello ensortijado transportará hasta mi mesa, veinte minutos después de mi arribo, una porción de terrina de cerdo con manzanas ahumadas. En el fondo del local, la música de Buena Vista Social Club no es capaz de ahogar el murmullo contiguo de la lengua Aymara. Un grupo de mujeres procedentes de Igachi, provincia de los Andes, discuten sobre los pros y contras de ampliar un restaurante en el municipio de Batallas. Ellas traen la piel quemada sobre la que flotan sus de amplias polleras y sombreros de paño verde y negro. El grupo es esta noche el convidado de honor en Gustu. Después de la cena, Marsia las invitará a un recorrido por las instalaciones. Es 18 de marzo, la noche en La paz huele a caviar de amaranto y a mujeres construyendo otro mundo.

2
Construir una ciudad en medio de un hoyo enfermizo y una geografía despótica sería una cuestión de locos si atrás no hubiera estado el temor de los invasores por la creciente cólera incaica. La Paz es una ciudad irrespirable que nació y creció con sus caseríos pegados a los cerros como lapas. Los españoles que la fundaron pretendieron con su construcción miliciana levantar una muralla que los alertara de las insurrecciones indias.

Es la una de la tarde. El Illimani levanta sus faldas nevadas e impone su silueta sobre un cañón abismal de piedras rojas creado por el río Choqueyapu. A La Paz he llegado procedente de Lima. Mi condición física está a prueba y mi fama familiar de buen deportista se agrieta ante las laderas desafiantes de esta cuidad ubicadas a más de tres mil 650 metros de altura. En las esquinas de La Paz, la capital más alta del mundo, los buses y taxis se disputan el pasaje. Decido subirme a un auto pequeño. El chofer es un Aymara de los alrededores de El Alto. Alcides Rangel conoce los rincones de esta ciudad como la palma de su mano. Conduce con la parsimonia propia de los de su raza. Su vehículo ronronea feo y parece estar a punto de echarse a media ladera. Pero para Alcides no hay obstáculos. Hace 246 años, en 1871, Tupak Katari, sitió esta ciudad durante más de seis meses y aunque fue derrotado logró arrancar de los españoles reconocimiento y un trato digno y menos cruel para los de su estirpe.

El mejor termómetro acerca de la vida política de un país suele vivirse en el interior de los taxis. Sus conductores escuchan y externan sus puntos de vista despreocupados. Alcides es uno de ellos. Hace algunos años prestó sus servicios a un presidente del país y a dos senadores de la República. Recuerda al gobernante que usaba guantes de látex antes de subirse a su taxi. El desprecio a la raza india es la factura que hoy pagan los criollos con un indígena a la cabeza de un país racista.

—Bolivia es otro desde que Evo llegó a la presidencia —dice Alcides de ojos rasgados y cabello erizado. Estira los brazos y volantea con peripecia de marinero en medio de un mar bravo.

Alcides está con el hombre quien en octubre de 2014 ganó por segunda ocasión la presidencia –con amplio margen– y que gobierna ese país desde hace más de nueve años. Atrás del apoyo de Alcides a Evo están los números. Desde su arribo como presidente, Evo ha logrado que la pobreza extrema disminuyera de 36.7 por ciento a 16.8, según datos oficiales.

Hasta antes del nuevo milenio, este país estaba considerado como el más pobre de América Latina después de Haití. Pese a sus inmensas riquezas naturales, la mayor parte de la población campesina vivía en el atraso y la exclusión. Gobernado por políticos corruptos y autoritarios, el país apenas sobrevivía con los préstamos de los organismos multilaterales de crédito que ofrecían su ayuda a cambio de que el país privatizara la economía. Mientras, los consorcios mineros de capital extranjero extraían y aprovechaban la inmensa riqueza del subsuelo.

En una ciudad de tempestades, no es raro que una tarde de marzo llueva a cántaros. Alcides no deja de hablar en medio de una tupida lluvia que escurre por las calles por donde circula el auto. Volantea y volantea como si fuera un capitán subido en un barquito perdido en la amazonía.

—Aquí se acusa a Evo de todo. Se dice que ya le gustó y poder y por eso no quiere dejarlo.

¿Acaso los gobernantes que sucedieron en el trono a virreyes y encomenderos estaban dispuestos a despegarse de la chichi después de 500 años de mamadera?  —se pregunta Alcides, divertido con las ocurrencias de la derecha que acusa al presidente en los medios de pretender prolongar su mandato más allá del 2020.

La campaña de maledicencia contra el gobierno indígena es porque las cosas han funcionado, dice Alcides. Y al taxista, un vez más, los números le dan la razón. Con Evo la economía del país ha crecido como nunca antes. Con una tasa de crecimiento promedio del 5 por ciento anual, Bolivia es hoy el país que más crece en America Latina, sobre Brasil, México y Argentina.

¿Quién iba a decirlo?

Una investigación de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, reveló en 2014 que “aunque las exportaciones, principalmente de hidrocarburos y de productos de la minería, representan un papel importante en esta bonanza económica, es la demanda interna (+5.4 por ciento) la que constituye el principal motor de crecimiento”

El automóvil de Rangel ha alcanzado subir hasta la calle José Roseguin, uno de los puntos altos de la capital boliviana. Desde allí la tarde es parda y el ahogo del coche bien pudiera ser el anuncio de un infarto al miocardio en una ciudad donde la falta de oxigeno ha condenado a los recién nacidos a llegar a este mundo con un peso inferior a los paridos en la planicie.

En una ciudad de contrastes culturales muy visibles, la atmósfera pareciera ser una llanta ponchada a la que poco a poco se le sale el aire. La falta de oxigeno, sin embargo, no ha logrado detener el paso de los sublevados. Desde siglos anteriores esta calle ha sido testigo de la presencia de indígenas, campesinos y mineros marchando desde el Potosí y descendiendo desde El Alto hacia la Paz. La ciudad no sólo ha sido sitiada. Varias veces fue quemada por la iracundia de los alzados.

La “gente decente” le sigue temiendo a la llegada de la “indiada” a la capital, me dice Rangel.

El taxista cree en el fondo que esa es la razón por la que los “catrines” no perdonan que uno de esos indios se les haya colado hasta La Quemada. Se refiere a Evo Morales, el presidente que desde que asumió el poder mandó a la mierda el modelo neoliberal y lo sustituyó por otro nuevo denominado “modelo económico social comunitario productivo”.

Gracias a la instauración de esta estrategia considerada inédita en el continente, Morales es el primer presiente en la historia de Bolivia que ha logrado en nueve años que más de un millón de bolivianos (10 por ciento de la población) haya logrado salir de la pobreza y que la tasa de desempleo en el país (3.2 por ciento) sea la más baja de América Latina, según la revista Economía Plural.

La aprobación que aún mantiene Morales entre los de abajo se debe a que desde su arribo al poder no le tembló la mano para someter a los de arriba. En 2006 nacionalizó los sectores estratégicos de los hidrocarburos (minería, electricidad y recursos ambientales) cuyos excedentes su gobierno ahora los ha capitalizado a los sectores de la salud, la educación y la vivienda. Una buena parte del dinero generado por el subsuelo está destinado para la edificación de infraestructura y equipamiento urbano y para la creación de mayores y mejores fuentes de empleo. Como era de esperarse, estas acciones han significado para Evo el repudio y rechazo de las clases encumbradas, particularmente de aquellas originarias de Santa Cruz, invernadero de los adinerados en el país. Sin embargo, los santacruceños después de fracasar en sus intentonas, inclusive, de golpe de estado, entendieron, pasados los años, que su ofuscación no era redituable e infirieron que sus negocios no podían sobrevivir afuera del proyecto económico evista donde la moneda se valoriza cada día más con respecto al dólar. Reconocieron que su país en manos de un indio se ha transformado lo que en ningún gobierno mestizo. Evo, para bien del empresariado, ha incentivado el consumo interno y la producción de bienes, estrategia imposible sin un crecimiento económico sostenido. Ahora la clase empresarial boliviana, su otrora enemiga, se vanagloria de que Bolivia mantenga las reservas más altas de divisas en América Latina.

3
Galo Atawallpa (pájaro de la fortuna, en quechua) es un joven estudiante originario de Puno, Perú. Tiene 24 años. Ha llegado a este país a concluir sus estudios de medicina porque en Bolivia, dice, las facilidades para ingresar a una carrera universitaria son mayores que en su país. Este domingo, Galo viaja por el teleférico acompañado de su padre y una hermana. Orgulloso de su linaje, le enseña a la familia lo que para él constituye una proeza futurista construida en un país donde sus habitantes no le temen a las alturas.

El padre de Galo, Monzón, es un recolector nato de la historia antigua de su pueblo. No me lo dice pero diez minutos de charla con él son suficientes para saber que la monumental arquitectura de Puno, una ciudad cercana a Cuzco, ubicada en el sureste de Perú, dio pie a la creación del más antiguo centro urbano llamado Púcara, a pocos kilómetros de la ribera del Titicaca.

—Allí nuestros antepasados fueron cazadores y recolectores nómadas. Después se convertirían en domesticadores de plantas y  animales andinos, etapa previa a la aparición de la civilización de Tiahuanaco —dice Monzón mientras la ciudad se escurre bajo nosotros entre ondulaciones ocres y nubes submarinas.

La Paz, dijimos ya, es una ciudad de cerros poblados y Galo ve con asombro el paisaje que navega bajo sus ojos. Comprueba que la mejor golosina para la vista es ver desde lo alto lo pequeño que en realidad es todo. El joven se detiene en una mujer semidesnuda que desde uno de los patios le dice adiós al teleférico, como si todos los ojos de aparato estuvieran pendientes de su piel lejana. La imagen nos causa hilaridad. Nos reímos.

—Desde aquí se ve de todo, papa.

—Si, mijo, que buena vista —responde Monzón con cierta malicia.

Galo y su familia no dejan de echarle flores al teleférico. Sin embargo, su panegírico tiene suficiente sustento. Existen sobradas razones para afirmar que este innovador medio de transporte constituye en La Paz un auténtico desafío a la modernidad, ejecutado por decisión de un aymara y un equipo de ingenieros suizos y austriacos. El 30 de mayo de 2014, Morales inauguró las primeras tres líneas del transporte urbano por cable —que ahora se sabe— es el más largo del mundo.

Mediante la edificación de una monumental obra de la ingeniería moderna, Evo Morales hizo realidad lo que otros no se atrevieron. Rescató de las cenizas burocráticas un viejo proyecto que hoy está vivo y que diariamente transporta a más de 80 mil usuarios. Con una inversión de 234.6 millones de dólares, provenientes de un préstamo interno del Banco Central de Bolivia, el gobierno se ahorró altos intereses que no pagó a los usureros de la banca privada, y puso en funcionamiento una obra basada en conceptos de ciudades inteligentes. Según Cesar Dockwester, gerente de la empresa, la premisa de la obra desde su concepción fue la creación de un espacio donde el ciudadano “viva, conviva y disfrute”.

Con la instauración de Mi teleférico, empresa cien por ciento manejada por el Estado, el gobierno no sólo acortó distancias entre puntos distantes de la geografía paceña sino abrió las puertas a un medio de transporte que no contamina. Con esta invención se puede decir, que los bolivianos se han convertido en turistas en su propia tierra mientras se trasladan a sus ocupaciones cotidianas.

Monzón viaja atento a cada punto sobresaliente de la ciudad. Durante el trayecto entre las estaciones Chuqui Apu y Pata Obrajes de la Línea Verde, el hombre recuerda la muerte de Tupac Katari. Tome mis palabras como un pequeño homenaje a su país, México, me dice.

Julian Apaza Nina, dice Monzón, fue un indígena aymará hijo de padre minero. Desde muy joven sufrió en carne propia la injusticia y explotación de la corona española en posesión de la riqueza minera del Potosí. Su espíritu rebelde se forjó en una atmósfera de represión que no tardó en catapultar su grito de rebeldía. A las campañas de desobediencia de Tupac Katari se unirán miles de indígenas hasta su muerte dictada por Francisco Tadeo Diez de Medina, un juez implacable que lo condenó a morir descuartizado en 1781.

Antes de despedirnos en la última estación del teléferico, Monzón me toma de un brazo. Siento cerca el soplo de su aliento incaico. En perfecta lengua Aymara me repite casi al oído la frase célebre que se le atribuye a Katari antes de su muerte: Naya saparukiw jiwyapxitaxa nayxarusti, waranqa, waranqanakaw tukutaw kut’anipxani. 

Le pido que traduzca la máxima. Toma mi libreta y escribe: A mi sólo me matarán… pero regresaré mañana y seré millones. 

4
Preguntas de un mexicano perdido un domingo en la plaza San Francisco.

¿Qué quiere un Boliviano?

—La pachamama

—Una salida soberana al océano Pacífico

—Que gane el Club Bolívar

—Que no regrese la discriminación ni la falta de respeto a la raza

—Que se mejoren los salarios

—Que siga Evo

—Que se vaya Evo

—Que no se destruya la naturaleza

—Un churipan de doña Elvira

—Más lineas en el teleférico

—Que los chilenos no nos vean sobre el hombro

—Una buena cholita

—Bañarse en la costa de Antofagasta

—Que no regrese la miseria a las calles

—Una Paceña (cerveza)

Notas al margen
1.- En 1879 Chile le arrebató a Bolivia 400 kilómetros de costa y 120 mil kilómetros cuadrados de territorio en la llamada Guerra del Pacífico. Hoy Bolivia reclama una salida soberana al mar y mantiene demandado a Chile ante la Corte de Justicia Internacional de la Haya para que ese país se siente a negociar.

2.- Hugo Chávez, ex presidente de Venezuela, expresó un día que no perdía la esperanza de bañarse en una playa boliviana.

3.- El Club Bolívar es el equipo de fútbol más popular en este país. Según una encuesta reciente, el 40 por ciento de los bolivianos son hinchas de esa escuadra.

4.- La población en Bolivia es mayoritariamente indígena. Más del 60 por ciento de ella pertenece a diversas etnias. Los Aymara y los Quechuas son los dos grupos étnicos de mayor ascendencia social.

5.- El churipan es una especie de hot dog boliviano que se vende en las calles de La Paz y el mercado Lanza. Se prepara con con chorizo a la parrilla (70 por ciento de carne vacuna y 30 por ciento de carne de puerco).

6.- En diciembre de 2005, Evo Morales ganó las elecciones presidenciales de su país con más del 50  por ciento de los votos. Con esta victoria Morales se convirtió en el primer presidente Bolivia de raigambre indígena.

7- El 12 de octubre de 2014, Evo Morales gana su segundo mandato con más del 60 por ciento de los votos. Derrota Samuel Doria Medina, su mas cercano competidor, quien apenas alcanza el 25 por ciento de la aprobación en las urnas. 

8.- En febrero de 2016, los resultados de un escrutinio oficial acabaron con la posibilidad de que Evo Morales, busque un cuarto mandato, al confirmarse que perdió un referendo necesario par reformar la constitución. El No venció en las urnas con el 51.30 por ciento de los votos frente al 48.7 por ciento del Si. 

9.- Antofagasta fue un puerto boliviano que quedó en territorio chileno después de que ese país invadió Bolivia en las décadas posteriores a la Guerra del Pacífico.

10.- De acuerdo con el Ministerio de Hidrocarburos y Energía del Estado Pluricultural de Bolivia, de 2016 a 2020 las inversiones en el sector energético superarán los 12 mil millones de dólares, de los cuales unos siete mil millones serán destinados a la exploración y explotación. 

11.- Después de su muerte, el cuerpo de Tupac Katari fue expuesto por el territorio de Kollasuyu como escarmiento a los indios rebeldes. Más tarde su esposa Bartolina Sisa, moriría estrangulada por los mismos verdugos. 

12.- En mayo de 2006, Evo Morales decretó la nacionalización de la industria energética del país. Hasta entonces la explotación de los hidrocarburos se encontraba en manos de compañías petroleras transnacionales, principalmente de la españolas Repsol y de la brasileña Petrobras.