Dos países, Dos espejos donde verse. En el del consumo exorbitante o en el de la dignidad rebelde. En tiempos en que el mercado decreta días para santificarse –el Buen Fin– en un país donde el valor de los salarios es cada día más descendente, César Silva Montes deshija algunas bellotas del gran capital, ese monstruo que todo se lleva a su paso. En contraparte, el autor, reflexiona acerca del perfil y alcances de la candidatura de Marichuy, una mujer indígena que aspira a ser candidata independiente a la presidencia no para alcanzar el poder sino para alumbrar el mundo de los de abajo.  

En la radio escuché que la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) estaría atenta para evitar abusos en El Buen Fin. El encargado de la oficina en la patria de Juan Gabriel, creada precisamente, por las arbitrariedades de los comerciantes, que vigilarían el cumplimiento de las promesas de venta. Me acordé de un anuncio en Sam’s asegurando que la reducción del precio de sus productos estaría certificada. Ello porque en el Buen Fin del año pasado, los consumidores denunciaron que las rebajas fueron ficticias. Esta invitación al consumismo se implantó en el mal gobierno de Felipe Calderón. La imitación del Black Friday de Estados Unidos diría algún adolescente: “nada que ver” con las ofertas en México. En el caso de viernes negro, la queja es que ofrecen pocos productos a la venta y alcanza para pocos. Sin embargo, si una computadora con la tecnología más avanzada la etiquetan a 300 dólares, así se venderá.

Platicando con unos amigos me dijeron que encontraron aparatos electrodomésticos a buen costo, en el inicio del Buen Fin. Uno de ellos adquirió una televisión de esas que ocupan la mitad de la pared de una casa. Ahora se dice que el Buen Fin se convirtió en fraude. Entonces evoqué el anuncio de una gasolinera que ofrecía “litros de a litro”. ¡¿Habrá un país en el mundo que publicite como “competencia distintiva” que ahí no se escamotea al comprador?! ¿No es una aceptación tácita del fraude cometido contra millones de consumidores? Hasta hacían la prueba de llenar un recipiente de un litro a los ojos del cliente. Luego pensé en las credenciales de elector infalsificables para impedir el fraude en los comicios federales. Si hubiera democracia se ahorraría el gasto en sofisticadas tarjetas de identidad. Enseguida me asaltó la exigencia de la presentación de las personas “en vivo y en directo” para seguir cobrando su pensión.

De los asuntos micro rumié sobre la devolución de los millones de pesos en impuestos a los negocios y la evasión de gravámenes de empresarios y futbolistas en los paraísos fiscales. Rememoré los crímenes y la corrupción del gobierno: Ayotzinapa, Atenco, Tlatlaya, sobornos en Pemex, gasolinazos, inflación, el peso en caída, reformas laborales a la medida del patrón. Los partidos franquicia y el desmedido gasto en campañas para difundir lisonjas o injurias, nunca propuestas. Abominé del sometimiento de Peña Nieto a Trump y su intervencionismo en Venezuela, del vergonzoso papel del aprendiz de canciller para renegociar el Tratado de Libre Comercio y de las maniobras del empresariado para, después del sismo, “poner a México de pie”. En Chihuahua del uso del dinero público para editar un pasquín de autoelogio y la ineptitud para acabar con la inseguridad, y de un alcalde cuyo máximo logro para la reelección es tapar baches.

Dos semanas antes platiqué con dos colegas respecto al devenir del país. Coincidimos en que ni PRI ni PAN era la solución para los problemas del país. Nos convencimos de que el “menos peor” es Morena y su líder, el equivalente del Cruz Azul en el fútbol, el eterno segundo lugar en las elecciones. Sin compartir mi visión del país, menos una posible propuesta de solución, si acordamos que necesitamos una transformación. Ni siquiera dijimos revolución. Entonces les comenté a mis colegas que, según el refrán “como México no hay dos”, y su gente, nosotros, nosotras, somo una nación a punto de romper el récord Guinness de aguantar un mal más de cien años. En 1910 un movimiento armado luchó por tierra y libertad, sufragio efectivo y no reelección, educación gratuita y seguridad social. Después de 107 años, se liberalizó el ejido, se matan periodistas, hay fraudes electores y se privatiza la educación y la salud.

En este contexto, para el debate sobre las elecciones de 2018, Marichuy es una posibilidad. Ella es la candidata del Consejo Nacional Indígena apoyada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Su candidatura es inédita: mujer, indígena, vocera del consejo indígena de gobierno y anticapitalista. Su nominación es factible porque la ley electoral permite la participación independiente de los partidos políticos. Pero su alternativa no es una cuestión de forma, sino de fondo. No es la mujer candidata por una cuota de género, sino por su trayectoria en favor de los marginados, a quienes atiende en la casa de salud Calli Tecolhuacateca Tochan con herbolaria y conocimientos médicos heredados de su abuela. Tampoco es parte del folclor ni de convalidar el falso cliché de país multicultural, cuando campea el racismo y la discriminación. Es indígena porque su voz nos recordará su lucha por el respeto a su vida comunitaria.

Ante la lógica de los caudillos, presidentes de partido y líderes que desplazan al colectivo, Marichuy es la vocera de las 72 personas del Consejo Indígena de gobierno (CGI). En sentido estricto no es candidata a la presidencia de la república, sino su vocera porque no se pueden anotar tantos nombres en la boleta electoral. Es una propuesta colectiva versus el clásico individualismo capitalista. Su distintivo no es la posesión, la propiedad privada y el consumo en el Buen Fin, sino la dignidad. Tampoco lucha por el poder. El intento es invitar al pueblo mexicano a organizarse, no a competir con los partidos políticos, para practicar otra forma de hacer política: horizontal, con decisiones colectivas, servir y no servirse, obedecer y no mandar, proponer y no imponer, convencer y no vencer, representar y no suplantar. Por eso el CIG lo conforman concejales con una mujer y un hombre de cada lengua y por cada región indígena.

Cierro el perfil de la candidatura de Marichuy como anticapitalista. No sé si porque coincide con los 100 años de la revolución rusa o la publicación de los 150 años de El Capital de Carlos Marx. No me extrañaría de la simbología del EZLN y la cosmovisión indígena. Solo un ejemplo. El 1 de enero de 1994 el EZLN inició una ofensiva armada para acabar con el régimen priista, justo con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio que privatizó el ejido. No se trató del oportunismo de los políticos profesionales (que les pagan por levantar el dedo) de hacer alharaca para allegarse votos. Fue la resistencia a que Carlos Salinas revirtiera uno de los principios de la revolución mexicana: la tierra es quien la trabaja. Así la propiedad comunal, afín a los indígenas, se pulverizaría. No escribo con ingenuidad. Aunque la Constitución del 1917 prohibió los latifundios del porfirismo, en la cotidianidad seguían. Pero con la ley se justificó el despojo.

Retomo la candidatura de Marichuy en 2017. En sus discursos su orientación anticapitalista. Como diría Alí Primera del capitalismo: “es el causante de todos los males de mi pueblo”. Así que a nadie engaña. Tal vez porque en el “mundo urbano” todavía gozamos del consumo del Buen Fin y del acceso a las redes sociales, concebimos al capitalismo como el acceso a la tecnología. Fascinados por comunicación instantánea, virtual y en “tiempo real”, debemos preocuparnos más por eliminar la brecha digital, que por las diferencias salariales entre occidente y Latinoamérica. En sentido contrario, Marichuy representa la resistencia a las cuatro ruedas del capitalismo: explotación, represión, despojo y desprecio. Además, clarificó su participación en las elecciones del 2018: no vamos por los votos, sino para invitar al pueblo a que se organice por sus demandas; no nos interesa juntar votos ni tener representante en todas las casillas.

¿Contradictoria o incongruente? Creo que no. El planeta globalizado padece su destrucción con el cambio climático, la desigualdad económica y social, y de los mesías que resolverán estos problemas. Solucionar los males actuales no es tomar el gobierno, sino la organización colectiva y comunitaria. Esto propone Marichuy. A diferencia de los políticos pagados que se aprueban millonarios aguinaldos, una posibilidad es mandar obedeciendo, no buscar el poder unipersonal, ni anteponer el género o la raza como sinónimo de que el gobierno será mejor. Es el poder colectivo y comunitario. Es la utopía o las ganas de ser diferentes ante el capitalismo. Como lo declaró en un comunicado el EZLN, palabras más, palabras menos, no repartiremos frutsis ni promesas. Difícil adherirse a esta propuesta. Sin promesas, solo exhortos a la lucha, agrego a la resistencia del consumismo del Buen Fin. Es el regreso a pensar en la utopía.