Esta crónica condensa tres historias en una: el sinsentido de una linea aérea que maltrata a sus usuarios, la de un taller de historia en una universidad colonial y la de una borrrachera capaz de pinchar la vena de una capital vetusta y pintoresca.

Desde antes de empezar el viaje auguraba cosas terribles. Obligado a llegar casi dos horas antes del vuelo por ser el Abraham González un aeropuerto internacional, me vi formado desde las 4:30 de la mañana junto a otros usuarios de Aeroméxico, en una línea que no avanzaba. Una hora después, cuando ya prácticamente tendría que estar a bordo de la aeronave una mujer de mascada de color diferente a las que estaban en el área de check-in se acercó a la fila, que era menor en dos usuarios a cuando llegué, para informar que el vuelo AM 0227 con destino a la Ciudad de México estaba retrasado por una falla mecánica, de la que por cierto estaban conscientes desde la noche del día anterior. Decidieron que era innecesario compartir esa información a su clientela que se iba a desmadrugar, tal vez con la idea de convidarles del gozoso espacio y las muchas diversiones que hay en el bello edificio que hace las veces de estacionamiento y pista de aeronaves. La mujer nos dijo que se encontraban esperando la pieza que faltaba para el avión, refacción que venía en tránsito y que había salido horas antes, precisamente desde la misma ciudad a la que intentábamos arribar.

El viaje iba a retrasarse por lo menos seis horas y estaban haciendo todo lo posible, lo cual no era mucho, por acomodarnos en alguno de sus otros vuelos para que llegáramos con el menor retraso.

Ya habían decidido que sus usuarios no éramos dignos de un mejor trato así que nos dejaron en la fila, documentando apresurados a los clientes de sus otros vuelos y retrasando cualquier posibilidad de atendernos cada vez que llegaba alguien con tarjeta platino, pues son “prioridad celeste”. Esa es la humanidad en la que cohabitamos, los que tienen un plástico con prestigio imaginario valen más que los que no, aunque estos últimos estuvieran en fila desde hacía ya casi tres horas.

Minutos después de las siete, llegué al área de servicio y me reacomodaron mis vuelos, yo no iba a la CDMX sino a San Luis Potosí y eso complicaba aún más las cosas. La dama que me atendió buscó varias opciones y me ofertó unas que sonaban divertidísimas. Volar a Monterrey, desde donde me dijo que ya no salen vuelos a SLP, aunque por lo menos dos de ellos aparezcan ofertados en su página de internet, para después volar a la Ciudad de México lo suficientemente tarde para no alcanzar el vuelo de la tarde con destino a San Luis y tener que esperar en el aeropuerto capitalino hasta las nueve de la noche cuando por fin podría abordar un avión que me llevará a mi destino final. La otra opción era aguardar por el avión que estaban reparando, volar al que ya no es Distrito Federal y correr para alcanzar el vuelo vespertino hacia mi destino. Opté por la segunda opción con la vaga esperanza de estar para la cena de recepción que amablemente había organizado Karla Paola, cabeza de los alumnos de la licenciatura en Historia de la Autónoma de su estado, junto con un grupo de estudiantes. Este iba a ser un vano anhelo.

Me entregaron un nuevo set de tickets, entre los que se encontraban algunas cortesías que podía usar para almorzar en el restaurante bar que aún no estaba abierto. Esperé. Incluso para mí que tengo tendencias al gozo de lo etílico, las nueve de la mañana no son horas para el alcohol. No había café en el lugar, o huevos con chorizo o algo que se le pareciera a un desayuno. Pedí alitas en salsa búfalo, una carne seca preparada y una limonada mineral. Me reclamó el estómago con un retorcijón. Diez minutos antes del mediodía nos conminaron a pasar a sala de abordar, lugar en el que ya estaba desde hacía ocho horas.

Me aseguraron que el vuelo saldría a las 12:15 aunque no fue hasta las 13:10 que decidieron era mejor idea que el despegue sucediera hasta la 13:30. Eso tampoco pasó; volamos veinte minutos después, con casi dos horas de retraso sobre el retraso. Íbamos trepados en la nave que no servía y que les tomó arreglar bastante más de lo que tenían previsto, cosa que a más de uno nos causó algo de sobresalto y desasosiego. Las comunes vibraciones del fuselaje o los baches aéreos que se conocen como turbulencia leve me hacían dar por sentado que caeríamos en despoblado a sufrir peor suerte que los de las películas de sobrevivientes en la nieve, pues nuestra desgracia sucedería entre campos de narcotraficantes.

Para mí, que no vuelo más de tres veces al año, siempre me es atrayente ver el territorio desde el aire. Generalmente es imposible divisar mucho de la CDMX por las nubes, las de agua y las de smog, que por igual lo ocultan. Ese día el cielo me compensó, aunque nada me debiera, y me regaló hermosos paisajes. La lluvia que tantos estragos ha hecho, había teñido de verde profundo los cerros y las lomas que revitalizaban su flora bajo el acopio de agua. Recordé que las precipitaciones fluviales no están en contra nuestra, sino a favor de la vida, de la natural, que poco tiene que ver con lo que hemos creado. Se veían llenos los depósitos naturales y artificiales. Frondosas y alegres se veían las capitalinas avenidas y las transitadas calles. Me provocó una breve lágrima lo equívoco de nuestro proceder moderno y tecnocrático que valora más el pavimento que las plantas y los árboles.

Cuando aterricé en la capital de nuestra dañada República vi como el vuelo de conexión de las 17:00 horas se iba con sus pasajeros rumbo a potosinas tierras sin poder hacer nada. Bajamos del avión y antes de siquiera entrar al aeropuerto ya nos esperaba un joven empleado con nuevos boletos y nuevo itinerario. Imposible tomar el vuelo que ya se había ido así que habría que esperar otras cuatro horas in situ. A esta altura el enojo se había convertido en triste resignación, hablé con Karla Paola y le pedí que se emborracharan sin mí, no sin antes disculparme, aunque nada de culpa tuviera. Quise recuperar la fe en la humanidad viendo parte del torneo de lucha de mujeres de la WWE, fue mi segundo momento álgido del día. Lo recomiendo ampliamente. Comí cualquier cosa y me acerqué a sala de abordar.

Pasadas las nueve de la noche, molido, a disgusto y sin ganas de estar sentado me acomodé en el asiento que me asignaron. El vuelo transcurrió de manera normal y cuarenta minutos después estábamos llegando a el terruño de Alberto del Río. De manera poco atinada que rayó en lo grosero nos informó el piloto que habíamos llegado diez minutos antes de lo previsto, acto que me obligó a hacer una necesaria acotación con un grito: “más bien diez horas tarde”. Se rieron con el coraje contenido los que como yo sabían de qué hablaba. Le regalé una sonrisa a la azafata y me bajé de su aeronave.

Desde este espacio y con estas letras que leerán mis dos amigos le solicito a Aeroméxico que recupere la decencia con sus usuarios, que muestre mayor respeto por los que hacemos uso de sus vuelos con sobreprecio y que haga lo posible por tratarnos como iguales.

Todo este tránsito por parte de la República me hizo augurar malos resultados en el taller y la conferencia que fui invitado a impartir. Qué grato resulta equivocarse. Y porque acabo de ver el remake de Eso diré, aquí al final, parte uno.

Parte dos.

“Karla Paola quiere conectarse contigo”, me notificó una mañana de hace algunos meses el Facebook. Hice caso a dicho llamado días después porque con frecuencia olvidó lo que pasa en la vida real, más aún en la virtual. Karla me buscaba para invitarme a dar un taller y posiblemente una conferencia en su alma mater, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Acepté de inmediato, porque me gusta andar para todos lados, pero sobretodo porque en los últimos tres años los alumnos han sido generosos conmigo y me han permitido acompañarlos en varias partes de la República. Quedamos de afinar los asuntos relativos a las burocracias, los nombres y las necesidades en el transcurso de las semanas.

De las peripecias del viaje y las groserías de Aeroméxico he dado ya larga cuenta. A la mañana siguiente a mi arribo empezaba el taller, según creía yo a las once de la mañana, hablaría sobre Japón, sobre Orientalismos y cosas que se supone que sé. Terminé de desayunar en el restaurante del hotel, donde por cierto todas las mañanas sonaba el Divo de Juárez, tal vez para que no extrañara el terruño. Le mandé un mensaje a la anfitriona y me dijo que mandaría un Uber a que me recogiera. Llegué a las 9:20 a la Institución para darme cuenta de que el taller había empezado hacía veinte minutos. Vergüenza. Pedí disculpas, les hice el truco de magia de siempre, aquel que convierte un tríptico en pirámide para que “pongan su nombre o como quieran que les diga”. Charlamos, impartí lo que correspondía al día y agradecí que fueran atentos y mostraran interés. Nos despedimos y prometí llegar a tiempo al día siguiente.

En ese momento se acercó Karla Paola y me dijo con su voz imponente y el acento local que fluctúa entre lo golpeado norteño y el cantadito chilango: “¿Qué, quieres ir a una cantina?”. Es una mujer de mediana estatura y de belleza tosca que impone gran autoridad sobre sus compañeros, los cuales al oír de los planes se anotaron. ¡Bella la juventud que puede emborracharse a cualquier hora del día! Accedí inmediatamente y corrimos en comitiva al bocho de su mejor amiga, recorrimos algunas callles, tomamos la carretera 57, según me contaron, y en menos de quince minutos estábamos en el centro histórico de la ciudad.

Nuestro destino lleva por nombre El Banco, es una cantina muy pintoresca, de esas con barra semi llena de la clientela cotidiana y algunas mesas para los grupos. Cuadros bonitos sobre corridas de toros que no eran aún maltrato animal y uno más intitulado jocosamente La última peda, con rostros de los feligreses del lugar sobrepuestos, cubriendo los de los apóstoles. Nos sentamos en una esquina en la que hubo que pegar otra mesa para que cupiéramos todos. Pedí Modelo Especial porque no había Tecate roja y al cabo de unos minutos sucedió algo que considero mágico, el mesero se acercó con varios platos con un asado de puerco riquísimo. Al chile morita y el colorado lo acompañaba la grata acidez de los tomatillos. Maravilloso, porque además de las tortillas amarillas sin sabor a cal y los frijoles refritos, era gratis. Así es prácticamente en todos lados, me informaron. Lloré de alegría por haber encontrado lugar para hacer un año sabático de alcoholismo y gula.

Terminadas algunas rondas me invitaron a caminar el centro histórico de su ciudad, a hacer el recorrido de las siete iglesias y a visitar la Rectoría de la universidad. Los empedrados comunes y las iglesias de estilo gótico o barroco que acompañan a la plaza central, al palacio de gobierno son similares a las que podemos encontrar en todas las demás capitales de los estados. Me impresionó la devoción, que luego razoné evidente, a San Luis Rey de Francia, hay una estatua erguida en su honor en una de las plazuelas que me recordó mucho a la serie de videojuegos Assassin’s Creed, aunque estaba semi vandalizada por publicidad de los Testigos de Jehová. Paramos en los templos a Santa Alguna y a San Otro y aunque no soy creyente, la verdad es que los retablos y los detalles de los altares, los sonidos de los órganos o el rechinar de las bancas siempre me han dado saciedad espiritual.

Nohemí, la más afanosa de mis guías de turista improvisados, me contaba sobre los recovecos que cruzábamos, acerca del teatro que estaba cerrado o el viejo edificio que fuera propiedad del señor Obispo muchos años atrás. Topamos con uno más que tenía sellos oficiales y religiosos, que según me aseguraron mantenían dentro espíritus malignos “que a veces se escapan”. Sólo dos paradas restaban en esta caminata de horas. La primera, en una estatua al KKK que no era eso, sino memoria física de la procesión anual del silencio, cosa que les asusta pero que parecen reconocer como valioso acto comunitario. Por último, nos detuvimos en un edificio de dos pisos en forma de herradura  doble, con un patio interno adornado por una fuente y grandes arcos que dan ingreso a las diferentes oficinas de la Rectoría de la UASLP. Me gustó. Sentí un ligero golpe de tristeza al recordar que nuestra querida UACJ tiene por espacio central un viejo, aunque renovado maquilón.

Volví al hotel para prepararme para el día siguiente. El curso y la conferencia transcurrieron de manera normal, lo que se descontroló fue la tarde. Antes de llegar a SLP la anfitriona del evento me había comentado que, así como existían las siete iglesias, habían también siete cantinas “históricas”. Era momento de continuar nuestro turismo etílico. Arribamos inicialmente a un cuasi prostíbulo muy colorido y de corte mucho más contemporáneo llamado Puerto de Acapulco. Nos sentamos muy al fondo y quedé de frente a un televisor que proyectaba pornografía en ese momento; nos pareció chusco y nos reímos, al poco tiempo llegaron a cambiar el canal lo cual agradecimos porque ya nos iban a servir la comida. Barbacoa de la otra, no de la que comemos por acá, con cebolla y cilantro picados y un poco de frijoles refritos seguramente en manteca de cerdo. Deliciosas. Bebimos y platicamos sobre las familias poderosas del lugar, me hablaron de su gobernador y las desavenencias que tienen con el presidente municipal, El Pollito. Yo por mi parte les conté acerca del triste augurio que cae sobre Ciudad Juárez. En esta frontera, seguramente, el siguiente alcalde será, o la hija de los Fuentes o la hija de los De la Vega o el hijo de los Cabada. Me deprimí al caer en la cuenta de que el mismo grupo de empresarios que nada ha hecho por la ciudad se la siguen repartiendo. Salimos a nuestra siguiente parada. Aquí fue donde las cosas se descontrolaron.

Llegamos a lo que parecía más un patio de vecindad que cantina con una barrita pequeña escondida al fondo y dominada por una bella de cabellos semi rubios. En un templete chico, al centro del espacio, un morenazo que lucía un sensual mullet cantaba de manera muy entonada y llena de sentimiento algún éxito de Los Acosta. Esto desató una gran crónica acerca de este grupo, pues son originarios de esa localidad. Una seguidilla de éxitos del mismo género nos impulsó a apresurar la velocidad de consumo de las caguamas Victoria, a darnos fraternales abrazos y a bailar con toda la falta de pericia que me caracteriza. “Saludos para el doctor que nos acompaña desde Ciudad Juárez” escuché y pedí a las deidades locales que nadie se enfermara porque ni soy doctor y menos de los que sanan.

Se celebraba en ese mismo lugar el cumpleaños de un señor de traje que traía una borrachera increíble. Nos tomamos fotos con su familia, lo abrazamos, le cantamos las mañanitas, bailamos alrededor de su mesa un tema sobre querer “vino en cartón”, según creí entender, y nos reímos. Después de eso la cosa se puso medio borrosa, al menos para mi memoria; unas chicas que denominé Las Horóscopos de San Luis cantaban y coreografiaban algunos temas, no lo sé con certeza, pero creo que les hice segunda voz en algún momento. Nos dimos cuenta de la hora y de nuestro estado de ebriedad. Decidimos partir porque aún quedaba un día de taller. Me echaron en un taxi y caí rendido en mi cuarto de hotel menos de media hora después, no sin antes fijar la alarma.

El cierre de mi taller y del evento transcurrió con la solemnidad que ello implica. Los que nos abocamos a la farra el día anterior estábamos para dar lástima, pero el profesionalismo nos mantenía en pie. Hubo mariachis, discursos y una verbena en el área de canchas deportivas. Abracé a mis alumnos temporales, al menos a los que me habían acompañado fuera del aula, me despedí agradecido y con la promesa de volver cada vez que me inviten.