I

Francamente, no conozco, a excepción de Garabato, de Willivaldo Delgadillo, una novela que aborde críticamente la literatura que se hace desde fechas recientes en el norte de México. Si bien la novela El miedo a los animales, de Serna, y los libros de ensayos El secreto de la fama y Dinero para la cultura, de Gabriel Zaid, han dibujado el panorama literario nacional, no había, hasta ahora, un texto que radiografiara tan íntimamente lo que sucede con los escritores y la escritura de la frontera norte de México como lo hace Garabato. Cierto es que se debe incluir en esta discusión, pero a manera de dócil prosa chacotera, alguno que otro dime y direte en Letras Libres entre Rafael Lemus y Eduardo Antonio Parra, quienes abordan la literatura del norte como un tema emergente, entre la calidad y el bostezo, el oportunismo y el trabajo literario. Willivaldo Delgadillo configura, afortunadamente, una crítica abierta y pertinente: justo es poner el dedo en la llaga respecto a la gloria y desventura de la literatura del norte, parece advertirnos Delgadillo en esta, su su última novela.

II

La novela Garabato es de una escritura metacrítica, metaficcional: reflexiona sobre sí misma y sobre lo literariamente ‘norteño’. Se construye, se destruye, se muerde la cola y se saborea. Explico brevemente sin revelar demasiado: Garabato narra la historia de un congreso literario en Alemania, donde su protagonista, Basilio Muñoz, es invitado por ausencia de la figura central: Billy Garabato, un escritor norteño que narra la violencia y los estadios del humano en el norte. El eje narrativo será ese, el viaje de Basilio para suplir a Garabato, del cual, por cierto, el protagonista conoce su personalidad, pero desconoce su obra a detalle. Ya en Berlín, y como dicen que sucede cuando uno se distancia de su ciudad y su país, las situaciones, las literarias y esas otras que son las esenciales (de la vida cotidiana), aparecen con claridad, tanto, como para transformar al protagonista, como para llevarlo al abandono del congreso. De esta situación: unos días de Basilio en un congreso Berlín, se arma la novela: Basilio recurre a la revisión, por cuestionamientos de una académica incisiva, de las tres noveletas que han encumbrado la carrera literaria del ausente Garabato: De alba Roja, Moteles del corazón y Sicario en el jardín del Pulpo. La trama de la novela la constituyen estas tres nouvelles, firmadas por Garabato, más los fragmentos alternados de la vida de Basilio Muñoz.

Según su estructura: Garabato está dividida en cuatro partes. La última corresponde a las tres novelitas en el orden que las he descrito. Pero, ¿por qué abordar, aunque sea tan escuetamente, la estructura? Porque a partir de ésta se abre una de las partes más deleitables del texto: Sicario en el jardín del Pulpo y su protagonista, Goyo. Tampoco cuento mucho: Goyo trabaja en la menudería que está justo al lado del puente al revés. Esta, la tercera novela, comienza con el protagonista picando menudo y escuchando el murmullo de los clientes. Estos especulan sobre el cuerpo sin cabeza que acaban de colgar, que pende del puente. A partir de allí la vida se llena de vicisitudes para Goyo: la menudería cierra, Goyo es despedido y en delante se dedicará a la existencia inestable, esa que prejuiciamos como pícara y holgazana. La verdad es que Goyo no tiene muchas opciones. Ya la leerán. El asunto es que la novela termina con el protagonista escuchando unas detonaciones; o eso, como lectores, podemos llegar a creer, que concluye, pues ya en la parte cuatro, se regresa a la vida de Basilio y su congreso. Aparece un capítulo final, funesto y triste, acaso desesperante, de esa novela de Sicario en el jardín del Pulpo. El personaje principal de la última noveleta se sale hacia la novela que nos ocupa: Garabato. Hay un traslado de la ficción metaficcional a la ficción del congreso, a la trama principal. Esa imaginación de Basilio es, en el ahora de la novela, un testimonio, un recorte de periódico en el álbum de un viejo que colecciona las noticias de los asesinados, de los desaparecidos lejanos y cercanos.

Este proceso, en que se viaja de la ficción a la realidad, es el inverso del habitual, pues se supone que los lectores nos fugamos a los libros y no a la inversa. Sin embargo, el miedo es claro: la literatura es un espejo que, a menudo, nos muestra menos terribles de lo que somos. De esta forma, la novela Garabato, leyéndola por la estructura y las situaciones, muestra en varios niveles realidades semejantes: la realidad o las múltiples realidades de Garabato, presentadas a través de sus novelas, la vida de Basilio, epifánica, y desde luego esa otra realidad que nos enfrenta al mundo y nos revela: por más hondo que nos metamos en la ficción, ya sean libros o sueños, la imagen de la muerte no se va, y cuando vamos despertando o avanzando de la ficción hacia la realidad consciente, todo se recrudece, la vida no importa, podemos convertirnos en un dato más, en un recorte morboso de un viejo hipócrita.

III

En ese congreso en Berlín que he mencionado confluyen los escritores del centro y del norte (unos que son los finolis y los otros, los toscos): desde este planteamiento la historia parece que corre sola, pues poner en juego los egos norteños y la confrontación de éstos con el centro y sur, hace que la dinámica del pleito, la dialéctica entre lo exquisito y la brutalidad, la civilización y la barbarie, genere un va y viene que será uno de los leitmotiv de la novela: centro contra norte visto a la distancia. Si a eso le sumamos alguna que otra puya que suelta una crítica y académica literaria sobre la obsesión etílica y machista en los textos de los norteños, terminarían por conformarse temas urgentes de lo que se hace en el norte —por lo menos en Ciudad Juárez, Torreón, Monterrey, Culiacán— en cuestiones literarias: la autoconstrucción estereotipada, cómo abordar la marginalización, la violencia, y calidad literaria. Aunque la invitación, quizá, no deba abarcar tantos kilómetros, simplemente un análisis de la literatura juarense, la de los autores que estamos aquí y los que se han ido, arrojaría, pese a la solemnidad con que se escribe —o quizá por ello—, situaciones risibles.

Seguramente, encontraríamos una Ciudad Juárez dentro de una serie de mitos hiperbólicos, una urbe que, más que denunciada y señalada, parece ser alabada y exotizada por su deformación social, por la vulnerabilidad de los y las habitantes. Hablo aquí de novelas y poemarios que aprovechan la atención nacional, internacional, para surgir como voces valientes. Se pone la violencia, ya sean en poemarios, ya en narrativa, como centro de la anécdota porque es el tema que vende, que interesa a las editoriales, porque es el tema que debe ganar concursos. Es un perfecto andamiaje: la violencia genera público, las editoriales, como negocio que son, precisan altas ventas: título que lleve la carga de frontera, violencia, balas, asesinatos, Ciudad Juárez, quizá algo en spanglish, tendrá mayores posibilidades de ganar concursos y ser publicados (si esas palabras se colocan en los títulos, las ventas, asunto del dinero y no de otra cosa, serán mayores, eso lo sabe cualquier editor). Lo que no desconocen los escritores es que su poemario y novela, su análisis, llevará a la atención de editoriales y tesistas en busca de definir la frontera desde lo académico, desde el centro, desde el mainstream al que desearían, por cierto, pertenecer los norteños.

No descubro el hilo negro en esto, lo sé, sólo pienso, a partir de la novela de Willivaldo, que es tiempo de hacer una revisión de la literatura chihuahuense, así del norte, que ha surgido en estos últimos diez, quince años y analizar cuáles son los temas, cuál es la literatura, cuál el lenguaje o cuál es simple escritura cliché sobre temas que se creen deben ser los fronterizos: spanglish, violencia, narco, maquiladoras y todo lo demás que aborde la cloaca olorosa, luminosa, que es el norte de México. Esto que hablo surge en Garabato, son temas sugeridos y dichos por varios personajes que van conformando una sola voz, una sola crítica hacia lo que se escribe en el norte, en la ciudad, y se presenta como literatura.

IV

Willivaldo, como el Serna de El miedo a los animales, es mucho más benévolo con los políticos y los delincuentes de cepa, que con los escritores: quizá por eso sus personajes que son políticos son identificables (en su mayoría con los de Acción Nacional), así como los personajes de los medios impresos, del periódico. En cambio, los personajes de la vida literaria están entremezclados, son medianamente identificables, participan de varias aptitudes: caminan con la personalidad del corrupto, la cabeza del ególatra, la ingenuidad del provinciano, la boca del mamarracho norteño y se desplazan políticamente como caciques de medio pelo. Estos escritores son reconocibles por sus personalidades, no por sus nombres, no hace falta.

V

¿Cómo ha de combinarse la radiografía de la ciudad y sus personajes con la ficción? ¿Cuál es el límite de la autobiografía? ¿Cómo se logra —Garabato lo hace— sacudirse el tufo de una literatura íntima, local, para llegar a lectores en busca de un espectro humano más hondo y no centrado en anécdotas de hombres sin cabeza o industrialización imperialista (temas harto conocidos)? La escritura de Willivaldo Delgadillo tiene la oblicuidad de gustarle, a la manera de los clásicos contemporáneos, a los amigos y a los que no lo son, a los de esta ciudad y a los que les importa un pepino si existe Ciudad Juárez (no, ni artística ni culturalmente somos el centro de la atención de nadie, ni nos buscan en Europa, ni nos esperan en el D. F.).

VI

Termino abruptamente aquí, antes que los vientos de la crítica me lleven por reflexiones ácidas y específicas; prefiero que sea el Borges de Ema Zunz, y no yo, quien cierre estos breves apuntes sobre Garabato. Habla el argentino, en la siguiente cita, sobre la historia que acaba de narrar; esto es justo para la novela Garabato, de Willivaldo Delgadillo, justo para sus personajes, preciso para Ciudad Juárez y su relación endógena con la violencia y sus no menos desgraciados personajes literarios que viajan entre la ficción y la realidad trocada en espejo:

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.