A escasos días de las elecciones presidenciales, Pablo Martínez Coronado desgrana con causticidad el ideario político de Andrés Manuel López Obrador y pone sobre la mesa las contradicciones que en materia de historia permean el discurso del candidato a quien todas las encuestas destacan como seguro ganador.  

Miedo sentía que estaba solo en el mundo, temeroso de su propia naturaleza irresoluta, soportaba con estoicismo los embates de Ignorancia, su madre. Miedo pasó largas vísperas en espera de alguien que lo ayudará a escapar del yugo parental, no tardó en enamorarse de la camaleónica vocación de Mentira, quien no solo era mucho más cínica que su madre, sino también mucho más atractiva. Al cabo de un año de casados, Miedo  se hartó de la deshonestidad de su esposa, porque una cosa era juzgar al mundo desde una mirada atávica, como acostumbraba hacerlo Ignorancia en las reuniones familiares, y otra muy diferente era inventarse prejuicios arcaicos para juzgar al mundo, que era el pasatiempo favorito de Mentira. El carácter retraído de Miedo le impidió reclamar el divorcio a tiempo, y cuando al fin se decidió a hacerlo, Mentira, experta en engendrar quimeras, ya había parido tres chamacos. Poder, el más díscolo de entre todos los hijos de Miedo, creció para brillar, ahora se la pasa de gira, recorriendo veredas infinitas para endulzarle el oído a Jefes de Estado, novias chantajistas, esposos golpeadores, empresarios voraces, niños chiples, abogados insidiosos, gerentes mediocres, historiadores mendaces, políticos corruptos, y a un sinfín de burócratas de ventanilla atrapados en la insoportable realidad de la pequeñez.

En México nos gusta seguirle el juego a esta familia de emociones disfuncionales. A través de nuestros comentarios se refleja nuestra condición de románticos atrapados en el embeleso que nos provocan los desengaños en las redes sociales, las discusiones ancladas a un círculo vicioso de ignorancia, y el confort con que miramos a los noticieros televisivos y a los debates televisados. En tiempos electorales es cuando más enseñamos el cobre, aquél cobre de la desidia para informarnos correctamente, aquél cobre que deposita todas sus esperanzas en las urnas del INE, aquél cobre de la descalificación que Poder le aprendió a Mentira durante tantos años ante los silencios cómplices de Miedo.

El panorama electoral del 2018 nos ofrece cuatro posibilidades. Mientras Ricardo Anaya parece ser el hombre idóneo para dirigir el Ministerio de la Verdad que George Orwell describe en 1984, José Antonio Meade, con su vocación de merolico tecnocrático, grita a los cuatro vientos que él no es corrupto, sin percatarse que trae el logotipo del PRI estampado en la camisa, o que fue secretario de Hacienda de Enrique Peña Nieto, uno de los presidentes con más escándalos políticos en los últimos años –y eso, aquí en México, ya es mucho decir–. El Bronco, por el otro lado, cumple a cabalidad su rol de “norteño baboso”, como lo describió alguna vez Willivaldo Delgadillo. AMLO, con dieciocho años de campaña política, se desmarca de sus contrincantes, pero no precisamente por sus méritos, sino porque se ha constituido como uno de los políticos más controversiales en los últimos tiempos, caracterizado como el mesías de la izquierda por unos, y al mismo tiempo, como el desquiciado que llevará a México a la ruina por los otros.

El martirio de la verdad

El légamo en que se ha convertido la campaña de desprestigio contra Andrés Manuel López Obrador yace a orillas del río de aguas estancadas que es nuestra política nacional. No hay duda que AMLO no es el político intachable que MORENA nos pretende vender, pero tampoco es la hidra errática que llevará al país al fondo de la catástrofe. Los ataques contra el Peje son tantos, y tan variados que uno no sabría por dónde empezar a armar el rompecabezas que se cuece en la cabeza de sus detractores. Sin embargo, el primero que se me viene a la mente cuando pienso en estas cosas es, invariablemente, el supuesto socialismo de López Obrador. Recuerdo haberme despotricado de la risa cuando mis profesores de la universidad me explicaron el sinsentido de la cacería de brujas contra los comunistas que los Palmer Raids inauguraron en Estados Unidos en la década de los veintes, que la intransigencia del Macartismo refinó en los 50´s, y que Ronald Reagan llevó a los límites de la cordura en los 80´s. No podía creer cómo es que las dos superpotencias de aquella época mantuvieron al mundo en vilo por el socialismo mal entendido y peor aplicado de Iósif Stalin, y la intolerancia de los Estados Unidos, que no podía concebir un planeta en el que todos no siguieran la fantasía libertaria que predica el American Way of Life.

En aquellos cada vez más lejanos días de descubrimiento febril, ataviado con camisas rockeras y cabellos largos como uniforme contra el autoritarismo de mis padres, me reconfortaba la certeza de saber que los tiempos de obscurantismo global habían sido superados. La libertad de compartir memes contra el presidente, y burlarme de la carga ideológica de las películas ochenteras, o de la simpleza de la monumental estupidez que representó el muro de Berlín, eran la prueba de que los tiempos cuando se dormían a los niños con cuentos de horror sobre los comunistas caníbales, quedaron  atrapados en el limbo de la memoria como un recuerdo de lo absurdo que puede ser el mundo a veces.

Muchos años después, frente a la pantalla del computador ––que se parece en muchos sentidos a un pelotón de fusilamiento––, mi memoria atolondrada habría de recordar la tarde remota en que me imaginé que nuestro mundo poseía la facilidad de reinvención que tiene el hielo. Sin embargo, cuando leí los primeros memes que despotricaban contra AMLO debido a su “maldito socialismo”, me quedé frío. Todos ellos eran inexactos históricamente, planteaban comparaciones bárbaras entre los regímenes de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Fidel Castro con el hipotético México gobernado por López Obrador; con pronósticos inverosímiles que más se parecían a los de un astrólogo, que a los de un historiador.  A la lerda comprensión del pasado, se sumaban parangones sobre la situación actual de Venezuela, Cuba, y México, que en el mejor de los casos, eran reduccionistas. La realidad de una nación es un intrincado enjambre que no se puede explicar con un simple copypaste. Ojalá que el mundo fuera tan fácil de exponer y transformar como estos académicos de la red social quieren dar a entender: ¡Evita a AMLO y su populismo que nos llevará directo al infierno de Venezuela!, ¡Chávez empezó como López Obrador!, ¡Mexicano, no votes por coraje, el socialismo de ya sabes quién es el verdadero peligro para México!, !Coalición antiAMLO, mejora el futuro, niégale el voto a las dictaduras latinoamericanas!, ¡Chairo desinformado, deja de una buena vez de votar por AMLO!.

La mayoría de personas que comparten este tipo de publicaciones no conciben al socialismo como un sistema de producción, sino como un tipo de gobierno malparido que nos llevará a todos al carajo sin escalas y sin frenos de mano. Como en los días de la Guerra Fría, cuando era casi un delito ser zurdo, hoy en día, todo lo que huele a izquierda se mete en un mismo costal, y se desecha automáticamente con la excusa de que es tóxico. Las personas de ahora, acostumbradas a la practicidad, hemos aprendido como explicar al comunismo sin saber qué son los medios de producción, que es casi lo mismo que tratar de describir qué son Las Vegas sin tener idea de en qué consiste el sistema de apuestas.

La desinformación actual viene a dar al traste con los análisis marxistas. Nuestra sociedad no va en una línea ascendente al progreso, como proponía el filósofo alemán, el hecho de que el mundo siga embebido en descalificaciones sin fundamentos y campañas de miedo que favorecen al odio, prueba que desde hace rato la humanidad se encuentra atascada en una paradoja temporal, un loop infinito de estupidez. El único con visión de futuro, o que está, como dice Ricardo Anaya, De FRENTE AL FUTURO, es el sistema capitalista, que se sigue reinventando con tal de no perder su antiquísima tradición de pasarle por encima a todo el que se deje. Más cabrón aún está para nosotros, la gente que todavía vemos en el comunismo utópico nuestra única posibilidad de redención, que se asocie a un viejo priista de mar, como lo es AMLO, con la propuesta del socialismo científico.

AMLO no es comunista, ni socialista, ni adorador secreto de Mao-Tse Tung. López Obrador perteneció a un ala del PRI que en un tiempo se asumió como de izquierda, lo que explica que la mayoría de las propuestas de MORENA tengan un fondo que puede vincularse a la distribución, y a la “justicia social”. Su programa económico contempla siete puntos esenciales[1]: A) Aumentar paulatinamente –para darle oportunidad a los empresarios de ajustarse– el salario mínimo y la calidad de empleo de los mexicanos, a la vez que se establecerá un programa de becas para atraer a más jóvenes hacia el sector productivo. B)Incentivar el crédito y ayudar a las PyMEs para estimular la competitividad entre empresas de manera que se favorezca el crecimiento de los empresarios pequeños y medianos, y no se concentre toda la capacidad productiva en un pocas y enormes corporaciones. C) Reorientar el gasto público hacia la inversión – no como el gobernador de Chiapas que gastó 110 millones de pesos en publicidad, o como Duarte, que gastó más de 1200 millones de pesos en el ineficiente Vivebus de Chihuahua, o como los treinta mil millones de pesos con los que Humberto Moreira endeudó a Coahuila-. D) Proteger a los grupos vulnerables de México, como es el caso de las personas de la tercera edad que verán aumentada su pensión. E)Cerrar las brechas regionales del país invirtiendo en infraestructura para potenciar el turismo en el suroeste de México por un lado, y  bajando el IVA en la franja fronteriza por el otro. E)Profundizar la integración del país en la economía global mediante la creación de nuevas empresas y la diversificación de importaciones. F) Establecer una nueva política industrial y agropecuaria con estímulos del Estado para fomentar el crecimiento del campo y la pesca mexicana.

Al igual que el Coyote, que persigue incesantemente al Correcaminos con inventos cada vez más estrafalarios sin caer en la cuenta que la solución más conveniente a su desgracia sería volverse vegetariano, los mexicanos, fieles a nuestra tradición cantinflesca, creamos soliloquios rebuscados para poder opinar sobre el mundo sin tener que pasar por el tedio de informarnos primero. Criticamos el proyecto de amnistía de AMLO por que ¿cómo es posible que perdone criminales?, sin saber que la propuesta no es un simple perdón, es parte de un complejo proyecto de reestructuración social. Estallamos en cólera por que ¿cómo chingados AMLO va a sostener a NINIS con nuestros impuestos?, sin cuestionar la inexistente movilidad social de México, ni las puertas que se les cierran todos los días a las clases más vulnerables del país con la excusa de que “si uno nace pobre, se muere pobre”. Soltamos burlas irónicas por que ¿cómo es posible que un candidato no sepa hablar? Sin reparar que la calidad oratoria de Hitler, Mussolini y Stalin no necesariamente los convirtió en buenos políticos, o si a esas vamos, en buenas personas. Le cuestionamos a AMLO que le tomó diez años terminar la carrera universitaria, pero se nos olvida que el doble doctorado en Harvard no le impidió a Carlos Salinas de Gortari ser un abusón hecho y derecho.

Debe de existir una crítica contra AMLO que realmente cimbré el fundamento de su proyecto de nación, sus propuestas son las que deberían estar circulando en redes sociales para ser analizadas, despedazadas, y reformuladas. Todo el esfuerzo creativo de los memes, la campaña contra el socialismo hipotético de Andrés Manuel, y el temple cínico de los panistas de clóset que dicen que son apartidistas, pero le aplauden a Anaya y le tiran a López Obrador, deberían de ser reorientados hacia una estudio claro, y a un posicionamiento honesto de los aciertos y desatinos de cada uno de los candidatos. Sin embargo,  los jóvenes, esos mismos que acusamos a Andrés Manuel de ser un “viejito sin fuerzas para gobernar al país”, preferimos seguir el ejemplo arcaico de nuestros padres y de nuestros abuelos, y convertir a la política mexicana en un circo sin gracia. Mientras arriba nos despelucan de pies a cabeza, nosotros nos dedicamos a crear chistes para reírnos de nuestro infortunio. No hay duda de que salimos más cabrones que bonitos.

AMLO no sabe de historia

Mi padre vive para el arguende, su naturaleza esconde la extraña habilidad de exaltar los ánimos ajenos, cientos han caído ante su encanto de psiquiatra improvisado, y terminan por revelarle todo el fervor escondido en los rincones más dogmáticos del alma. Hace algunas semanas nos sorprendimos recorriendo el asfalto fronterizo sin idea clara de hacia dónde nos dirigíamos ––y eso que siempre andamos con la cantaleta esa de que todos los caminos llevan hacia un cantina, o ya de jodido, hacia unas  cervezas–-. En el semáforo en rojo divisamos a un grupo numeroso de lopezobradoristas que repartían panfletos y te pegaban stickers en el carro sin importarles previa autorización. Mi padre me pidió que bajara la ventana e inició la algarabía con el claxon, escogió frases certeras de su repertorio de encantador de serpientes y provocó el júbilo en los AMLOvers con vítores que yo sabía, eran más producto del relajo que del convencimiento. Un joven de no más de treinta años se acercó a la ventana con los ojos llorosos y nos entregó un paquetillo de hojas; miró a mi padre con una devoción digna de Santa Teresa de Calcuta, y sin importarle el carro del año o la finta de burgués que mi papá carga a todos lados, le dijo: ¡Usted es un verdadero patriota! Cuando nos alejamos, subí el vidrio y miré a mi padre con una sonrisa de medio labio ¿porqué te gusta provocar a la gente así?, le solté negando al mismo tiempo con la cabeza. Él me respondió con la aguda simpleza que ha aprendido con los años: porque esta chido.

El panfleto que nos entregó el joven en el semáforo era una alabanza a la república amorosa del Peje. Uno de los artículos llamo mi atención, estaba titulado, “El tigre y la Historia”, y era una reflexión sobre la frase que expresó AMLO, “Si se atreven a hacer fraude electoral, a ver quién suelta al tigre”, en alusión a lo que dijo Porfirio Díaz en 1910, “Madero ha soltado al tigre, ahora veremos si puede controlarlo”. El artículo sostiene que “Ese tigre de la guerra civil que asoló a México lo soltó el propio Díaz, no Francisco I. Madero. En 1910, Díaz, presidente durante treinta años intentó su séptima reelección, y Madero no pudo controlar la fiera que el dictador soltó”.

Lo preocupante de la afirmación anterior no es su desatino histórico, sino la malicia con la que se reinterpreta el inicio de la jerga revolucionaria. Díaz, que durante más de treinta años estabilizó al país con un imbricando juego de estira y afloja político, pero también con matanzas encarnizadas contra sus detractores, ayudó a engendrar el tigre que Madero soltaría años después; evidenciando así, su poca pericia culinaria. El México de 1910 era una olla de presión, y al nieto de Evaristo Madero, uno de los terratenientes más ricos de la época, se le ocurrió destapar la cacerola antes de bajarle el fuego al caldo, lo que lo convirtió automáticamente en el primer quemado de la Revolución Mexicana, y en el mártir indiscutible de la historia tradicional.

El problema no reside en el ejercicio de asignar culpas, sino en el hecho de seguir haciéndole el juego a la historia tradicional que construye héroes impolutos y villanos sádicos. AMLO apela a modelos históricos trasnochados, importándole un carajo las vicisitudes del pasado. No toma en cuenta que la percepción que hoy en día se tiene sobre los gobiernos a los que el “pretende” incluir en su epopeya histórica, son panfletos construidos por los gobiernos posrevolucionarios que erigen a Miguel Hidalgo como el Padre de la Patria, pero omiten que el cura salió gritando ¡Viva Fernando VII! la noche que retumbaron las campanas de Dolores, que destacan a Benito Juárez como el defensor de la soberanía nacional, pero se les olvida mencionar que el oaxaqueño no expulsó a los franceses, solo “apechugó” hasta que Napoleón III le retiró su apoyo a Maximiliano, que etiquetan a Madero como el “apóstol de la democracia”, pero no se detienen a aclarar que el nieto de Don Evaristo no era nada más que un junior al que la banda presidencial le quedó grande, y que empezó a traicionar a todos sus compañeros de armas apenas llegó a la silla presidencial. Una cosa esta clara, Madero buscaba la alternancia del poder a la manera que le enseñaron en Europa, pero nunca visualizó una transformación real de México. Su muerte marcó la escalada de violencia ––el famoso tigre––, y dejó traslucir los enormes costos de iniciar una revolución sin saber cómo, mucho menos porqué.

El peligro de la fascinación del Peje con la imprecisión histórica va más allá de lo anecdótico. AMLO afirma que la suya será la cuarta transformación de México, pero parece olvidarse que la última de ellas, la Revolución, culminó institucionalizada ¿no es esto una contradicción, una revolución que se institucionaliza?, esto quiere decir que la Revolución nació muerta, o, como lo puso uno de mis maestros en la universidad, ¡No hubo ninguna pinche Revolución!, se quedó en un ejercicio de gatopardismo para perpetuar el dominio del país en unas cuantas manos. Andrés Manuel no se da cuenta, o no se quiere dar cuenta, de que después de dieciocho años de perseguir la silla presidencial ha terminado por conformar una camarilla de simpatizantes que zumban como mosquitos a su alrededor, y que cumplen una de las cábalas fundacionales del poder: el culto a la personalidad.

Al igual que los déspotas ilustres, pero también de los más afamados déspotas ilustrados, el candidato tabasqueño es intolerante a la diferencia. Él se cree el mesías moderno en el que reposan las esperanzas de la transformación democrática. Asume con soberbia los veinte y tantos puntos de ventaja que les lleva a sus adversarios como la señal irrefutable de su habilidad política, y no como el síntoma más claro de un país en descomposición. Las clases ricas, temerosas de perder sus privilegios, lo rechazan a rajatabla, los más pobres de México, que antes votaban por el PRI y ahora votarán en masa por AMLO, apelaron a su instinto de supervivencia, que en el caso de esta elección, es la única señal clara de sentido común. En ellos no permeó la campaña de miedo en la que las televisoras les decían que con López Obrador perderían todo. Los nadies que sueñan con salir de pobres voltearon a su alrededor, y acompañados de su humor a prueba de todo se preguntaron, ¿pero que chingados nos van a quitar si no tenemos nada? Las clases medias, como siempre, somos los receptáculos de toda la visceralidad de las campañas políticas, y muchas veces nos convertimos en altoparlantes de la estupidez ajena, defendiendo a capa y espada, como lo hacían los caballeros cruzados de la Edad Media, una fe en un sistema político que como buen padre, nos engatusa con migajas, no vaya siendo el caso que nos empachemos si algún día llegamos a comernos el pan entero.

Andrés Manuel es parte de este sistema “paternal” que a la manera de Venustiano Carranza, busca alianzas con la condición de que él sea siempre el jefe. El Peje cree que la izquierda institucional es la única vía de transformación. Otras expresiones de descontento social no contribuyen a la transformación del país si no se unen a su partido, y solo entorpecen el camino del “progreso” ––y ya nomás le falta agregar, ”y de la justicia social”–– a los Pinos. Hágame usted el chingado favor, ahora resulta que no unirse a la Iglesia de los Pejes de los Últimos Días es hacerle el juego a la mafia del poder en esta democracia de matemática fácil del dos más dos es cuatro, y de la dinámica obtusa de adjuntarle votos útiles a los tontos inútiles.

Para asegurar su inminente victoria electoral, AMLO ha suavizado su discurso, ya no es aquél populista recalcitrante que le cantaba el tiro directo a la mafia del poder y faltaba a los debates para no discutir con chachalacas. Ahora ha preferido resaltar su vocación de Juan Bautista, y rescata almas pecadoras de los pantanos prianistas para purificarlos a través de MORENA, El Río Jordán de nuestros tiempos. Es así como Napoleón Gómez Urrutia, Manuel Bartlett, Esteban Moctezuma y Armando Guadina Tijerina, entre otros, han alcanzado la redención espiritual pero sobre todo, un puesto en el futuro gobierno.

Muchos acusan a AMLO de ser priista de clóset, pero esto no es cierto, Andrés Manuel encuentra sus filias políticas más atrás, en el PNR, el abuelito del PRI. López obrador, hijo rebelde de Tata Cárdenas, pretende reivindicar la historia trágica del PNR y redirigir el caudal de México hacia la tierra prometida de las promesas incumplidas por la Revolución. Hacer un “reset” del tiempo y formar un gobierno único que acumule todas las banderas, todos los sueños, y todos los sindicatos, quien sabe, tal vez la odisea del Peje pueda lograr lo que el PRI siempre soñó, estar en el poder por siempre, y para siempre. Sería por lo menos, recomendable, que alguien le recuerde a AMLO que quién no conoce su historia, está condenado a repetirla.

La última y nos vamos

Cómo fanático de Star Wars encuentro muchas similitudes entre la campaña de veinte años del Peje, y la trilogía imaginada por George Lucas en los 70´s. En el 2006, cuando todo inicio, y AMLO ya se perfilaba como uno de los líderes más carismáticos de los últimos tiempos, pensé en el candidato tabasqueño como portador de una simpatía especial, un político honesto que representaba Una Nueva Esperanza en contra del sistema corrupto que azotaba al país. Mi simpatía por AMLO incrementó en 2012, cuando la maquinaria del Estado puso en marcha todas sus artimañas para impedir la llegada del tabasqueño. El Imperio Contrataca, dije en aquél entonces. Ahora que veo a un Andrés Manuel cansado, y algunas veces algo contradictorio, pero eso sí, con la silla presidencial más segura que nunca, sólo espero que esto no se convierta en el final del Regreso del Jedi, en el que Luke Skywalker, junto con su padre arrepentido por los pecados del pasado ––que se parece mucho a la camarilla de crápulas priistas que ahora están en MORENA––, derrotó por fin al Emperador Palpatine, o sea, a la mafia del poder, solo para iniciar un nuevo ciclo de traiciones, ineptitudes políticas, y malas decisiones que nos lleven directamente al bodrio que significó El Despertar de la Fuerza.

Notas al pie

[1] Sacado de “Pejenomics Vol.II”, https://drive.google.com/file/d/1MAgcGSems1KGiYR90SF_AIdaCVzJhkX-/view