La participación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Congreso Nacional Indígena en la elección presidencial del 2018 convertirá estos comicios en un evento inédito. Desde ya, el régimen y sus partidos temen la presencia de los zapatistas en las urnas, no solo por el alumbramiento de un nuevo actor que les reste votos, sino por el brote de una nueva conciencia ciudadana. Es predecible que el zapatismo traduzca el proceso electoral en un gran altavoz desde donde denuncie la depredación de los recursos naturales y el deterioro de la vida indígena como efecto de la ofensiva silenciosa del gobierno, las trasnacionales y los grupos del crimen organizado en su contra. Con su candidatura, los zapatistas obligarán sino a un cambio de régimen si a la aparición de una sociedad más informada que en algún momento presione para detener la aplicación de políticas agresivas contra los indigenas y campesinos mexicanos.

A partir de hoy alLímite abre un espacio para cubrir la candidatura indígena a la presidencia de la República. En esta sección los lectores encontraran análisis e información de fondo sobre un acontecimiento que seguramente cimbrará la agenda de la política nacional. AlLímite funda su compromiso —el de acompañar esta candidatura desde lo periodístico— basado en una razón de trascendencia histórica. Por primera vez, una mujer originaria y sin partido recorrerá el país abanderando las demandas de los más oprimidos. Millones de mexicanos habrán de identificarse y verse en el espejo de una postulación surgida desde abajo. Si las razones de medios como alLímite son las de informar con rigor acerca de los acontecimientos que estremecen al país y al mundo, entonces esta candidatura, más allá de su naturaleza paradigmática, obliga a sus reporteros y analistas a descender los sótanos para indagar desde allí las motivaciones que la han concebido. El Congreso Nacional Indígena y el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional se han referido al agravamiento del despojo de las tierras comunales en México como una de las razones vitales que impulsan su participación en la contienda presidencial de 2018. La tierra, el agua y el entorno natural de los pueblos indios sobrevive sujeto al acoso y bajo la amenaza de las grandes trasnacionales. En muchas regiones del país el narco ha levantado su brazo ejecutor contra los pueblos nativos. Debido a las reformas estructurales, impulsadas por el gobierno federal y aprobadas en las Cámaras del país, el México rural padece un proceso de extinción acelerada. Es innegable que la decisión de los zapatistas de ir a una elección como la de 2018, tenga que ver, además, con una estrategia legitima: romper el aislamiento en el que al parecer su movimiento ha caído en la última década. El zapatismo entiende que, de acuerdo al agravamiento de las condiciones económicas del país, las elecciones ahora podrían servir para alumbrar la emergencia social en la que se debaten los pueblos indios, las comunidades serranas y la famélica periferia mexicana. La decisión del CNI y EZLN de presentarse a una elección auspiciada por el gobierno, a la que siempre se habían rehusado, es a todas luces perentoria como lo fuera su aparición a la luz pública en 1994 cuando se opusieron al TLC y anunciaron al país y al mundo las desastrosas consecuencias que traería su firma. La irrupción de los indigenas en la arena de las urnas se inscribe en el contexto de esa ruina vaticinada y cuyo desastre, propiciado por la vorágine de la globalización, ha hundido a más mexicanos en la miseria. El reclamo zapatista por un cambio de fondo se produce en un país que sobrevive en medio de un creciente empobrecimiento producto del desempleo y la precarización de los salarios. La crisis social es consecuencia de la inoperancia del sistema y de sus actores políticos. El descrédito de los partidos es proporcional a la rapacidad con que sus miembros gastan el erario del país y levantan la mano para aprobar leyes en beneficio de las grandes trasnacionales y de los acumuladores nativos del dinero. El zapatismo y sus dirigentes, sabios en su lectura, intuyen que, dado el desprestigio del gobierno, 2018 quizá sea el mejor momento para este asalto inédito a las urnas. Su objetivo es transformar esta plataforma en un gran altavoz para denunciar el robo del país. Tiene razón el Sub Comandante Galeano cuando se ríe de aquellos que no se explican el sentido de la estrategia y critican la supuesta mudanza de la tradición zapatista. La voz de sus censores llegó desde dos bandos, la de los persignados del rebaño que se oponen desde la comodidad de las asambleas urbanas y las discusiones de salón que los zapatistas, cansados y hostigados, pateen mohosos paradigmas y la de los de las elites de la izquierda mercenaria que temen el arribo a las casillas de un actor que si marcará la diferencia. No hay que buscarle chiches a las gallinas para saber que la postura de los zapatistas acerca de los procesos electorales no ha variado. Desde su primer comunicado, el EZLN dejó claro que su inclusión en la justa electoral de 2018 no es por el poder. En Que retiemble sus centros la tierra el EZLN y CNI anunciaron que iniciarían consultas para  “desmontar desde abajo el poder que arriba nos imponen y que nos ofrece un panorama de muerte, violencia, despojo y destrucción”. Dejaron ver que esta decisión habrá que reflexionarse a la luz de un plan que busca “detener la tempestad y ofensiva capitalista que no cesa sino que se vuelve cada día más agresiva y se ha convertido en una amenaza civilizadora no sólo para los pueblos indígenas sino para los pueblos de las ciudades…”

Los zapatistas creen que para frenar esta acometida su lucha debe pasar ahora por el desacreditado escenario de las elecciones. A los críticos de su atrevimiento habría que recordarles que la historia sólo se transforma cuando surgen figuras dispuestas a acciones controvertibles y de gran envergadura. ¿Quién sin recursos ni apoyo de los medios decide enfrentar a los partidos tradicionales, considerados como la peor expresión de la corrupción mexicana, que en esta elección seguramente jugarán, como en otras anteriores, en su propia casa y tratarán de imponer sus propias reglas? Aunque parezca contradictorio, lo atractivo de la previsión zapatista es su desprecio al dinero. Y el cálculo no proviene de ningún improvisado. Procede de una agrupación cuya arma fundamental es la ética en el ejercicio de la política y en cuyo tablero ha caído vencido varias veces el Estado. Con su candidatura, el zapatismo sabe que el país y su agrupación ya ganaron. El lado menos visible de ese triunfo quizá sea la nueva cara que con ellos habrán de distinguirse las urnas, que aunque conserven su tono fullero no serán las mismas desde que se inventaron para manipular el voto ciudadano. Por fin, alguien con calidad moral se subirá al ring y desde su centro desenmascarará los abyectos mecanismos comiciales, concebidos, cada cierto tiempo, para renovar y mantener intactas las estructuras del gran capital. En esta contienda, los indios de México atraerán los reflectores al señalar, en una especie de ejercicio didáctico de la conciencia, las miserias de la clase política que engorda al monstruo y hace posible sus fines.

En la década pasada el zapatismo revivió una frase anarquista que pronto ganó las calles del mundo: “Nuestros sueños no caben en sus urnas”, tampoco “nuestras pesadillas”, se advertía desde la selva Lacandona hasta las grandes avenidas de Seattle. El axioma ahora ayuda a entender porqué los indigenas asisten a este ese proceso, convencidos que su papel no es el de convertirse en contadores de votos. Su tirada es muy otra. Buscan visibilizarse para despertar al país. No hay duda de que en esta elección el EZLN y el CNI serán la peor pesadilla para los partidos del establishment y eso, según Andrea Benitez, una respetada periodista madrileña, es una buena noticia después de saber lo frustrante e inútiles que son los plebiscitos en manos de regímenes como el nuestro.

 

En resumen podemos decir que con su apuesta los zapatistas mostrarán el músculo frente al poder. Su desafío traerá consecuencias telúricas para la vida y agenda política del país. Su presencia marcará para siempre el discurso de las elecciones y posibilitará el regreso de la esperanza entre millones de votantes que gestionaran, algunos por primera vez, su credencial de elector con la certeza de que otro mundo es posible.

Aunque la mayor parte de los medios seguramente voltearán a otra parte, todos no dejan de estar desde ya emplazados. El sol no se puede tapar con un dedo, menos el de los zapatistas. ¿Podrá el mainstream silenciar el recuento de daños en voz de la dignidad rebelde? ¿Qué dirán los medios a su auditorio después de que una mujer surgida de abajo confronte e interpele en español y en su lengua el discurso de los candidatos y candidatas de arriba?

En nuestra revista nos preparamos para presentar esa otra cara a la sociedad juarense. No nos declaramos zapatistas porque sabemos que esos son los que todos los días luchan y resisten de a de veras en las comunidades indigenas. Nos reconocemos en su ideario, su deseo y compromiso. Aspiramos a no perder piso y seguir reconociéndonos de abajo y a la izquierda desde donde nuestros textos puedan ser útiles para repensar los porqués de la historia.

Como preámbulo a la publicación de otros materiales relacionados al tema indígena, a sus anales de rebeliones y a los comicios en el que participarán, alLímite publica hoy en su sección Candidatura 2018 un capítulo seleccionado del libro La guerrilla recurrente de Carlos Montemayor, considerado un texto necesario para entender el devenir de los movimientos armados en México. El artículo es corto pero de una gran vivacidad. Seguramente a muchos nos será útil leer a este autor para explicarnos con mayor precisión las disensiones que se avecinan. Así empezamos.