Kau Sirenio Pioquinto es de esos periodistas que les gusta contar historias desde adentro. El siguiente es un relato de explotación porfiriana que el autor logra hilvanar desde el rancho San Cristobal, propiedad de Vicente Fox Quesada, ex presidente de México. ¿Qué esconden los muros que resguardan la propiedad agrícola de un político supuestamente demócrata y empresario socialmente responsable?

Así es el rancho de los Fox Quesada: gritos y chiflidos de los capataces que ordenan a los peones organizar herramientas de trabajo diario. Del otro lado, el ruido de los tractores y camiones abruman en la antigua hacienda, convertida ahora en almacén de herramientas, granos y agroquímicos que usan en el cultivo del brócoli.

En el patio del almacén se forman tolvaneras al paso de los camiones que van a los surcos. Para llegar a lo que en 1614 fue la hacienda del Virrey Márquez de Guadalcazar, primero se topa con el hotel Hacienda San Cristóbal, después del Centro Fox inicia el camino de terracería.

El rancho de los Fox Quesada, asentado en un terreno de dos mil 114 hectáreas, era parte de la dotación del ejido de San Cristóbal.

Los vecinos de San Cristóbal, municipio de San Francisco del Rincón, aseguran que en el decreto presidencial de 1937, el general Lázaro Cárdenas habría designado la tierra para uso ejidal, pero los campesinos nunca lo usufrutuaron

Al lado oriente de la esquina del Centro Fox hay tres caminos: el que sube a la derecha llega al almacén; el camino que va de frente continúa el recorrido entre los grandes predios de los Fox. Y el camino que sigue a la izquierda llega a las empresas Next Vegetal y Next Congeladora; ambas, empresas filiales del Grupo Bimbo, propiedad del fallecido Lorenzo Servitje, quien salvó al expresidente Vicente Fox en su peor crisis económica.

Cuando los Servitje entraron al rescate del gerente de la Coca Cola, Vicente Fox Quesada, la hacienda se encontrada literalmente en ruinas, de hecho, el muro de lo que fuera la hacienda de Antonio de Obregón y Alcocer (Conde de Valencia), segundo propietario en 1780, luce carcomido y en algunos partes restaurado, gracias a la construcción del Centro Fox.

***

«No vayas por el camino de la izquierda ni de frente, vete a la derecha, ahí está el , me almacén, ahí seguro que te contratan si quieres ser trabajar en el campo » , mientras servía tacos de frijoles en su pequeño recomendó un vecino de San Cristóbal negocio.

Al amanecer, caminé de prisa hacia la hacienda Fox. Todavía no eran las 7:00 de la mañana y estaba oscuro. Pasé el primer portón de la finca, donde guardan tractores y herramientas de trabajo diario; más adelante llegué a una puerta con vigilante, al tiempo que salía un camión de 15 toneladas. Mientras un vigilante revisaba el torton, aproveché para preguntar al de seguridad, que me detiene de tajo. Le dije que necesitaba trabajo.

–Vete con Ismael –me indicó–; él está en los campos, ahí búscalo para que te dé trabajo en el corte. No está lejos, regrésate, es como 200 metros.

Caminé entre la tolvanera hasta la esquina de las instalaciones de Centro Fox, ahí saludé a dos ciclistas que estacionaron sus bicis y se pusieron a hablar de futbol.

–Buenos días –saludé.

Los ciclistas me devolvieron el saludo.

– ¿Qué , buscas trabajo? No eres de aquí, ¿verdad?

–No; vengo de Guerrero –reviré– ¿Quién es Ismael ?

– ¿Ves esa camioneta blanca? –me dijo el hombre canoso–. Tócale la puerta, ahí está.

Después del intercambio de preguntas, los de las bicicletas se acercaron a la camioneta blanca, saludaron con un buen día a Ismael y reanudaron la plática de futbol:

–Chingaron a los Pumas; les fue bien a Cruz Azul y al León –se adelantó Ismael.

Luego hablaron de todo; nomás paré oreja para entender la conversación sin intervenir e intentando conseguir información. Los hombres caminaron hacia el montículo a saciar sus necesidades fisiológicas, y aproveché para saludar a Ismael.

–Vengo de Guerrero, ¿no tendrán trabajo para mí? –pregunté a bocajarro.

– ¿Qué sabes hacer ? –contestó Ismael.

–Mire, soy campesino –contesté–; allá en Guerrero sembramos frijoles, maíz y cacahuate, pero aquí no hay eso.

Ismael guardó silencio, movió los brazos y soltó:

–Espera tantito.

Reanudó la plática con la pareja de hombres. Uno sacó una cajetilla de cigarros y repartió entre ellos. Encendieron sus tabacos y soltaron carcajadas como nunca. Estaban contentos, quién sabe por qué; pero disfrutaban su nuevo día.

Los dientes se dibujan con la primera la claridad del alba. El trío calla como si les hubiera caído un cubetazo de agua helada, cuando ven acercarse a un hombre alto y robusto. Él saluda a los tres mañaneros, menos al intruso que llegó ese día. El hombre estiró la mano para entregra una hoja blanca a Ismael.

El capataz revisó la hoja que, al parecer, es la lista de los jornaleros que trajo de la comunidad La Romita. Siguieron hablando de la faena de ese día, hasta que llegó una mujer delgada, bajita como de 150 de estatura, que camina como robot, apenas mueve las piernas entre el lodazal. Saluda a todos y entrega otra lista de los obreros agrícola a Ismael. Él pregunta a Hilario y a la señora, la cantidad de jornaleros que llevaron ese día.

–Hilario, ¿cuántos traes?

–22 –contesta Hilario.

– ¿Y tú, compañera?

–28

Voltea a ver a los demás, hojea la lista de nuevo y me ordena: «Vete con él » , sin decirme cuánto me iban a pagar, ni solictarme alguna identificación.

–Hilario, llévate al señor; préstale un cuchillo y enséñale, porque es nuevo.

Hilario me llevó a una camioneta de redilas de tres toneladas, en el camino iba inspeccionando mis calzados y preguntó:

– ¿No tienes botas de hule ?

–No –le contesté.

–Mira, ahora está seco, no es necesario que las traigas, pero si puedes cómpralas mañana; además, tráete bolsa de plástico, porque se necesita.

No paró en hacerme recomendaciones esa mañana hasta que empezó a gritar:

–Joseé, Joseeé, Joseeeé

Nadie le hace caso; seguimos caminando hasta la camioneta. Al llegar al vehículo, abrió la

cabina y de ahí extrajo un cuchillo que me entregó a la vez ordenó que dejara mi mochila ahí. Volvió a llamar a José , pero éste no le hizo caso .

–Mira, vete allá, si ves donde viene aquel tractor… bueno ahí busca a José, dile que te enseñe. Más al rato llego con ustedes.

En los surcos, un tractor jala una banda de doble ala. José comanda un grupo de 10 jornaleros de un lado, todos con cuchillo en manos cortan el brócoli, le dan vuelta y lo avienta a la banda. Del otro lado también se oyen los gritos y la música estridente que ofende los tímpanos.

Las llantas de tractor avanzan muy despacio, las rodadas tardan de dos a tres minutos en dar la vuelta. Mientras más lento avance la máquina, para los obreros es mucho más pesado, porque no descansan, espulgan lo más que pueden entre las plantas para coger una pieza de brócoli.

El cansancio doblega al jornalero a medio surco, pero eso no implica que la ‘araña’ se detenga, para eso el obrero se la ingenia. Con una mano toma la copa de la planta que llegan a medir hasta 30 centímetros de diámetro y con la otra mano lo corta, luego lo despica y lo avienta a la banda que gira más rápido que el tractor .

El único que sí camina entre surcos es José : vigila que no se quede ni una planta sin cortar y cuando ve que uno se queda, él, entra al quite para no dejar la cosecha.

Delgado, de 1.70 de estatura, tez morena y bigotes poblado, José todo el día se cubre con la capucha de su sudadera. Para no mojarse improviso un delantal con una bolsa de plástico. Después de recorrer dos surcos y medio anunciaron el almuerzo. Salimos con las botas llena de lodo y el pantalón mojado. Las mujeres arrastran los pies con dificultad por el dolor que llevan en la espalda y cintura.

– ¿A qué hora regresamos ? –pregunto a uno de los jornaleros.

–A la una de la tarde –contestó uno de ellos.

Todos pasamos a la camioneta de Hilario a tomar las mochilas y nos fuimos a buscar un lugar donde comer. Aquí no hay un espacio adecuado para comer, a pesar de que organismos civiles de derechos humanos denuncian graves violaciones a derechos humanos y laborales de los jornaleros, porque en los campos agrícolas no cuentan con cocina para recalentar sus almuerzos.

Antes de abandonar los surcos, llegó un hombre con panza de policía mexicano con un artefacto en la mano; tiene parecido a una radio de los años ochenta. Se paró a un lado de los camellones y encendió el aparato, movió una tapa mientras los jornaleros se formaron en fila. De uno por uno pasaron con su huella digital para checar su jornada.

***

Casi a mediodía, el presidente de México, Vicente Fox, recibió al de Estados Unidos, George W. Bush, en el rancho San Cristóbal, cuando el segundo realizó una visita de Estado a México.

Ese día, al pueblo de San Cristóbal le cambiaron todo. Pero fue la única vez que los vecinos vieron mejoras en su comunidad, porque después del 16 de febrero de 2001, no volvieron las remodelaciones de las calles. Donde sí las hay es del hotel Hacienda de San Cristóbal hasta la esquina del Centro Fox.

En esa visita, Bush recorrió el rancho de los Fox Quesada. El entonces presidente de México presumió su pueblo ante medios nacionales e internacionales; los servicios básicos en la comunidad, como drenaje, agua potable, escuelas y centro de salud; sin embargo, los jornaleros no tienen sanitario ni siquiera ahora; siguen defecando al aire libre.

A la orilla del canal de riego que divide el Centro Fox de los campos de brócoli, nos sentamos bajo la sombra de los mezquites para almorzar. Los jornaleros sacaron de sus mochilas deshilachadas las tortillas y el guiso, que masticaron frío, porque no hay donde recalentarlo.

Las mujeres juntaron leña para hacer una fogata donde calentar sus alimentos. Varios de los comensales mastican sus tacos fríos, con mucha calma, deseando que no se les acabe nunca la hora de comida.

Los cultivos en el rancho de los Fox poseen uno de los sistemas de riego más sofisticados del país. La red de riego instalada en más de dos mil hectáreas cuenta con ingeniería de punta y se instaló cuando Vicente Fox fue gobernador de Guanajuato, recurrda un vecino de la antigua hacienda.

Los que terminaron de almorzar se levantaron y se fueron atrás de los arbustos a hacer sus necesidades fisiológicas. Los que aún no terminan de comer les gritan: «No sean cochinos, vayan más lejos, ¿no ven que estamos comiendo? » , repiten, pero nadie les hace caso.

Ni un minuto más de descanso. Hilario gritó desde su camioneta: ——

Vámonos, señores, porque se nos hace tarde; tenemos tarea que terminar » .

Regresamos a los surcos, cuando el sol estaba en el cenit. En el altavoz montado en el tractor se escuchan las rolas de los noventa como: La noche que Chicago murió, con Banda Toro, o Un indio quiere llorar o Sangre de Indio de la Banda Machos, piezas que los jornaleros repiten con unos gritos que más bien parece de una cantina sórdida de León, Guanajuato.

No faltó una mujer que pidiera repitieran una y otra a su artista favorita: Selena. La petición fue negada. Terminamos el medio surco que quedaba.

Los surcos de esta plantación miden medio kilómetro.

A eso de las 2:00 de la tarde, Ismael ordenó a los otros capataces que nos llevara a otro campo de cultivo. Caminamos un cuarto de hora cuando un jornalero escuálido de unos 50 años, preguntó mi nombre y mi domicilio. Le dije que venía de la Montaña de Guerrero pero rentaba en el pueblo de San Cristóbal. Entre la plática me pidió chocolate. No le hice caso, pero repitió tres veces.

No le quedó de otra que sincerarse y decir lo que quería.

– ¿No traes mariguana? o ¿me la puedes conseguir?, ¿sabes si en el pueblo venden? –soltó un rosario de preguntas–. Me dicen Miki, para lo que se te ofrezca, compañero.

Miki me regaló una cajetilla de chicles acompañada de dosis de preguntas

– ¿Sabes cuánto te van a pagar? ¿Te vas a quedar a hora?

Después del interrogatorio, él mismo contestó.

– ¿Qué te puedo decir ?… aquí te van a pagar 170 pesos la jornada; si trabajas horas extras son 200 al día; a la semana vas a ganar como 1200 pesos, pero como eres nuevo te van a pagar mil pesos, porque te restan un día de depósito.

El jornalero estaba desglosando el salario, cuando se oyó el grito de Hilario:

–Súbanse a la camioneta porque falta un buen tramo para llegar.

Cuando todos estuvimos arriba reinició el trayecto. En la caja del camioncito, iban doce hombres y ocho mujeres. Un señor alto, de 1:80 de estatura, le decía a una compañera:

–Mami, ven acá, a mi lado vas a estar mejor. Si quieres mi semana es tuya, pero dame un masaje, acá donde ya sabes –se tocaba sus genitales.

Otros muchachos con olor a mariguana, abrazaban a las jornaleras, sin que ellas pudieran defenderse del acoso.

Diez minutos tardó el traslado. Al descender de la camioneta, Ismael ordenó que entráramos a los surcos a reiniciar la jornada. Sacamos tres surcos esa tarde.

Durante las vueltas en los carriles de los vegetales, el sol extenuante y el cansancio hizo que nos diera sed. Un muchacho fue por el garrafón que años atrás era blanco, pero el uso que le dieron hasta se puso verde por la oxidación. Se acercó a la ‘araña’ y empezó a servir a los sedientos en vasos hechos de botes de refresco cortados a la mitad. Esos fueron los vasos en los que bebimos agua todo ese día en el rancho de uno de los políticos que se asumió como demócrata y defensor de los derechos humanos en 2000, durante su campaña presidencial.