Los infiernos de la cotidianidad provocan todo tipo de transtornos, especialmente en sociedades tan herméticas como la nuestra, en las que el desahogo de tantas presiones es casi imposible. Rodolfo Ortiz nos muestra que el buen humor es un condimento básico si uno quiere vivir de manera más amena. Y tal vez ni él ni nosotros conozcamos el 2177, pero seguramente podremos reírnos imaginándolo.

Redacto estas breves líneas absorto por un grato descubrimiento. El que suscribe, o sea yo, está a unos largos pasos de convertirse en el ser humano más longevo en la historia de la humanidad. Es un hecho que me fue notificado el día lunes 20 de febrero de 2017 por el antes Departamento de Cumplimiento Académico de la Ciudad Universitaria, convertido ya para mí en oráculo del buen augurio y su dirigente en pitonisa docta en todos mis anhelos de larga vida y prosperidad. Contenido en la fugacidad propia de un correo electrónico está este bello descubrimiento: el día domingo 09 de febrero del 2177 no me encontraré en el aula A-106 para impartir mi clase. ¡Albricias, mi futuro está resuelto! Y es que hay tantas nimiedades que me atosigan a diario que el saber que viviré por lo menos hasta el tercer cuarto del Siglo XXII me libera de muchas presiones.

Agradezco el ya no tener que verme presionado por resolver mi futuro inmediato; compro casa o sigo rentando, saco el coche en la agencia o compro uno usado, pido un préstamo para el pago de la tarjeta de crédito. Y esas son sólo las cuestiones económicas. Me preocupa también el no haber publicado ningún libro, el seguir trabajando como profesor de honorarios y asignatura sin ver un futuro claro o el que los humores propios de la edad sigan guiando muchas de mis decisiones. Pero ya no más, el futuro me aguarda. Supongo que lo más atinado será hacer un buen plan de vida, 160 años es una cantidad de tiempo en la que seguramente veré grandes transformaciones. El orden mundial habrá mutado sin duda, las Guerras del Petróleo y las del Agua empezarán y terminarán, las nuevas fronteras, el ascenso de China, los viajes a Marte. Al menos alcanzo a vislumbrar estos hechos en el horizonte de lo viable, pero las grandes sorpresas, los avances tecnológicos, la caída de los Estados Unidos, lo inimaginable, el pecho se me inflama de anhelos y curiosidad.

También me da paz el hecho que tendré empleo por un largo tiempo. No me agrada mucho, acorde con las usanzas de nuestra época, la idea de trabajar en domingo, pero eso tal vez implica que los cánones cristianos serán finalmente erradicados y que los días de descanso se acomodarán de otras maneras, tal vez la semana misma mute de orden. Me alegra ver que la didáctica seguirá siendo algo que se enseña, en aras de una mejor educación que ni siquiera puedo entrever. Me llena de goce institucional el vaticinio de que mi alma mater será una institución de prácticamente dos centurias y que sus lejanas aulas allende la Avenida del Desierto se mantendrán erguidas, situación que calla aquellas voces de protesta que aún dicen que su construcción fue un capricho, un derroche y una pésima idea.

Aunque ahora que lo reflexiono podría ser también una noticia grave. Qué si a pesar de los muchos años que voy a pasar no logro ni entendimiento, ni éxito, ni mejora alguna. Tendría que enfrentar los sinsabores de la prolongadísima vejez en soledad, pobreza y abandono, pues segura y penosamente mis allegados no gozarán de los dones que acabo de recibir vía epistolar. Además, la extrañeza que causaré por mi matusalénica presencia seguro incitará a diversas apuestas, incómodas entrevistas, acusaciones de todo tipo. Me aterra que no se anexe ninguna explicación sobre cómo he de cuidarme para llegar hasta el año 2177. ¿Puedo embriagarme, fumar, dilapidar mi salud con los burros de chicharrón y lonches de colita de pavo a los que soy tan afín? ¿O es que he de comenzar una dieta balanceada, con idas al gimnasio? ¡Qué terrible sino ha impuesto sobre mi ese malvado mensaje!

¿Piensa quien lee esto que estoy exagerando y fuera de lugar en mis comentarios sobre lo que he de aceptar como un simple “error de dedo”? Descomunal y desproporcionada es la desconfianza con la que la institución trata a sus docentes, que parte de la idea de que buscan estafarla, que no mide que son más los tiempos que como profesores entregamos a los alumnos y a la escuela que los que quedan registrados en los aparatejos esos en los que hay que poner la huella. Terrible es que se piense que la educación puede pasarse por el arco de los paradigmas de la maquiladora y los cánones de la producción en línea porque eso arroja certificaciones. Si me van a reprender por no haberme encontrado en el aula, háganlo, seguramente ya lo hicieron en mi pago de alguna quincena. Vivo de mi trabajo, trato de llevarlo a cabo con toda la dignidad que me es posible y cuando me ausento, por ejemplo, para dar una charla o conferencia en otra institución educativa, o participar en algún programa de radio o televisión, llevo siempre con orgullo el nombre de la casa de estudios que me formó y para la que laboro. Qué pena que eso no pueda registrarse en un espectador dactilar o ser revisado por alguien con una lista de nombres y salones.