A través del teatro no hablan sus creadores, sino la sociedad de su tiempo.

Víctor Hugo Rascón Banda

¿Cuál es la imagen de la actividad dramática que prevalece entre los habitantes de Ciudad Juárez? ¿Existe una práctica teatral propia de esta región? Las respuestas a estas preguntas llegan a contraponerse en algunos casos, ya que en ciertos ámbitos y espacios (incluyendo el académico) la percepción general es que no hay, o que existe una baja producción. El propósito de las siguientes líneas radica en demostrar lo contrario: existe una enérgica escena teatral en Juárez –compuesta tanto por dramaturgos, compañías, festivales, teatros e investigadores–, sustentada por una sólida tradición y perseverancia; lo que falta es darla a conocer para que así pueda mantenerse activa. Bien lo expresó Rascón Banda, hablando del teatro mexicano en general, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (2008): “El teatro goza de cabal salud, pero le falta lo mero principal: el público. Debemos cambiar los métodos de producción teatral porque son costosos y el boleto en taquilla es cinco veces más caro que el cine.” Sobre el tema de las políticas culturales –o falta de– en la ciudad ya habrá tiempo de hablar en otra ocasión.

Ahora bien, ¿cuál es el origen de esta tradición? El gusto por el teatro inició con la toma de posesión, a inicios de 1598, por el capitán Juan de Oñate, celebrada con el montaje de una comedia a orillas del Río del Norte: primera manifestación dramática en el inmenso norte. El autor de este drama –mezcla entre comedia y auto sacramental– fue Marcos Farfán de los Godos. Así lo relata Gaspar Pérez de Villagrá en su Historia de la Nuevo México (1610), único testimonio del montaje:

Y luego que acabaron los oficios,

representaron una gran comedia,

que el noble Capitán Farfán compuso,

cuio argumento solo fue mostrarnos,

el gran recibimento que a la Iglesia,

toda la nueva México hazía.

La representación la realizaron los integrantes de la misma comitiva de Oñate, incluyendo a los naturales que venían con la expedición.

Casi tres siglos después, empresarios juarenses se unieron con la intención de traer a la más grande cantante de ópera del momento, Ángela Peralta; para lograrlo, cimentaron lo que por décadas representó el recinto cultural de la ciudad: el Teatro Juárez. El cual, en un principio se construyó como una improvisada estructura de madera en la residencia de don Espiridión Provencio (Av. Lerdo y 16 de Septiembre). Este jacalón fue derribado a principios del siglo XX para erigir un nuevo Teatro Juárez sobre la misma Lerdo, pero ahora esquina con Cerrada del Teatro, un espacio a todo lujo que operó durante más de dos décadas, cuando un incendio lo destruyó. Con su inauguración, el 15 de septiembre de 1904, se inició una época de gran esplendor escénico que comprendía, sobre todo, ópera y zarzuela. Por estos años se crearon otras asociaciones civiles, como la Sociedad Mutualista “Ignacio Zaragoza” y edificios dedicados al ejercicio histriónico, por ejemplo el Teatro Salón Zaragoza (Calle Ochoa casi esquina con Av. Lerdo) y el Alcázar (16 de Septiembre y Noche Triste). Lugares que a pesar de servir también para otras actividades –el cine y la música– ayudaron a mantener la tradición dramática que hoy en día presumimos. Otro ejemplo lo encontramos en el Teatro Libertad, fundado por Fernando Navarro y la pianista Libertad Montelongo en 1948; un sitio bastante significativo en la vida cultural de la ciudad, sobre todo por las tertulias y recitales a donde concurrían importante artistas y políticos de toda la nación. El desarrollo del movimiento teatral se concentró, hasta pasado el medio siglo, en proyectos privados, la mayoría de las veces de índole personal.

El progreso suscitado en años más recientes se dio gracias al activismo de promotores culturales independientes, la actuación de instituciones de educación superior, la realización de festivales, muestras y talleres teatrales –promovidos por instancias públicas o privadas– y debido a las relaciones entre teatristas locales y dependencias culturales del centro del país, como se mostrará en las líneas siguientes. En el 2005, Héctor Padilla realizó un recuento de actividades y hechos teatrales significativos ocurridos en la ciudad durante las últimas tres décadas, a partir de entrevistas a personajes capitales en la escena juarense y de una revisión de medios locales (Telón de voces. El teatro en Ciudad Juárez). Su trabajo hemerográfico tuvo el fin de constatar todo lo que faltaba por hacer y los obstáculos para lograrlo, y de ahí saltar a la pertinencia y factibilidad de abrir una licenciatura en teatro –ilusión que las autoridades universitarias insisten en mantener. Aquí, el investigador califica al teatro local como amateur, parroquial  y “de supervivencia”. Hoy en día la situación ha cambiado. Sin embargo, para llegar a este punto, retomo el balance de Padilla pero con la intensión contraria: mostrar todo lo que sí se realizó dentro del ámbito teatral en el periodo señalado.

Durante los 80’s, instituciones como el INBA (su teatro estaba en funcionamiento desde 20 años atrás), el IMSS, el Gobierno y la UACH comenzaron a erigirse en los espacios más propicios para la promoción y producción teatral. Además, se formaron grupos estudiantiles en el ITCJ y la UACJ, que ahora pueden considerarse como el semillero de una generación de actores que posteriormente serían profesionales. La compañía Aleph, perteneciente al Tecnológico, participó en la Muestra Nacional de Teatro, celebrada en Xalapa, Veracruz, con La casa de Bernarda Alba bajo la dirección de Ernesto Ochoa. Asimismo, de la UACJ surgió la Compañía de Teatro dirigida por el joven Octavio Trías. A inicios de los 90 se creó la Compañía de Teatro Clásico, la cual presentó una cifra record en presentaciones –47– en el 98. Por su parte, se impulsaron también proyectos privados como la Academia de Arte de la Asociación Nacional. En cuanto a las acciones del gobierno, cabe resaltar la rehabilitación de lo que fue la Antigua Presidencia convirtiéndose en el Centro Municipal de las Artes en 1992.

Una de las actividades más imprescindibles recayó en el impulso de la organización de festivales de teatro. De 1982 a 1991, por ejemplo, se realizaron 16 eventos bajo el auspicio del INBA. Desde 1996 hasta nuestros días se realizan anualmente, permitiendo reunir el trabajo de grupos que de otra manera no tendrían salida ni apoyo alguno; aunque no debe dejarse a un lado el hecho de que hasta el momento continúen con problemas burocráticos y de transparencia en sus convocatorias, selección de jueces y compañías, definición de categorías y asignación de recursos para producción y premios. Por otro lado, en esta frontera se hospeda, desde 1975, el festival más antiguo sobre teatro clásico español. Sí… fuera de España y con dos ediciones más que el de Almagro. La sede original del Festival de Drama Español Siglo de Oro es el Chamizal National Memorial; sin embargo, desde 1987 el municipio de Juárez se incorporó en su organización con lo que logró que las obras de compañías internacionales también se representaran aquí.

En cuanto al vínculo entre actores, directores, dramaturgos y agrupaciones teatrales con sus homólogos medulares, resaltan dos obras en concreto como un esfuerzo por parte de programas federales para descentralizar la actividad dramática: en 1990 se representó Desventurados, de Jesús González Dávila, en el Festival Internacional Cervantino bajo la dirección de Octavio Trías y por invitación de Rascón Banda. Nueve años después, un grupo de actores juarenses, entre ellos Joaquín Cosío, Antonio Zúñiga, Marco Antonio García, Perla de la Rosa y Guadalupe de la Mora, participaron en el mismo festival con el montaje Felipe Ángeles, de Elena Garro, producido por Luis de Tavira. Otro ejemplo representativo lo constituye Alborde Teatro A. C., grupo local que obtuvo apoyo financiero por parte del Gobierno Federal. Hasta la fecha, las becas otorgadas por el ICHICULT (ahora convertido en Secretaría), el FONCA, entre otras, desempeñan un papel importante en el panorama descrito. Por otro lado, nuestra ubicación geográfica y política propicia temas propios de la frontera que atraen la atención de autores aledaños a la región, como en el caso de Rascón Banda, cuyo nombre lleva el teatro más grande de la ciudad y de todo el estado. Este recinto, inaugurado el 2 de diciembre del 2006, representó –al menos para las autoridades estatales y municipales– un triunfo en las nuevas políticas que posicionaban el arte y la cultura como “un factor sustantivo del desarrollo regional”, a pesar de haber tardado más de 14 años en culminar con el proyecto.

Existe, entonces, una escena dramática juarense bastante fuerte y consolidada por una larga y sólida tradición. Aquí  cimentaron  sus  raíces  dramaturgos  (Pilo  Galindo, Zúñiga, Guadalupe  de  la  Mora),  directores  (Trías,  Perla  de  la  Rosa),  actores  (Gracia  Pasquel, Cosío) y grupos teatrales (Telón de Arena) que ahora forman parte de la escena nacional. Lo que falta –amén de políticas culturales más pertinentes e instituciones dedicadas verdaderamente a esta actividad– es difundir esa misma tradición. Contexto que genera una urgente necesidad por resguardar y difundir la memoria del teatro escrito, producido y representado desde las tablas de esta frontera (Norteatro en proceso). Cartografía literaria de Ciudad Juárez, cuyo objetivo principal consiste en vincular los espacios de ficción con sus equivalentes reales en el entramado urbano a través de mapas y rutas literarias, acoge parte de la problemática anterior al digitalizar textos dramáticos concernientes a nuestra región. Además, con la intención de dar un paso adelante respecto a la difusión de la producción dramática aquí abordada, nuestro proyecto se aventura a dedicar la mitad del próximo recorrido literario a obras de teatro: Juárez Jerusalem (2013), Baños Roma (2013), Los ilegales (1979) y Hotel Juárez (2001).

Callejones en proscenios es la segunda ruta que tenemos programada para el viernes 23 de febrero en punto de las 15 horas en la plaza contigua al Mercado Juárez. La caminata por esta área de la ciudad (el eje será la Avenida 16 de Septiembre) contempla un paseo-lectura de poco más de dos kilómetros con ocho diferentes paradas a lo largo de distintos espacios. Es importante aclarar que aunque el enfoque principal de la caminata es el rescate y difusión de la memoria teatral, no por ello quedan fuera la narrativa y la poesía. Así, junto a Antonio Zúñiga, Jorge Vargas, Rascón Banda, Joaquín Cosío, Alejandro Páez Varela, Daniel Venegas, Miguel Ángel Chávez y Mauricio Rodríguez visitaremos los escenarios que estos autores eligieron para plasmar en sus obras, con el fin de suscitar en el participante un sentido de apropiación y arraigo a través de las voces de estos escritores y de la cotidianidad con la que los habitantes trazan su camino día a día a lo largo de la mancha urbana.

La idea central de Callejones en proscenios es acercar el teatro a su origen, esencia y sustento: el público. Pues no hay que olvidar, siguiendo la idea del epígrafe, que teatro y sociedad se unen indisolublemente. De ahí que el título se sirva del término “proscenio”, es decir, la parte del escenario de un recinto teatral más inmediata a los espectadores, la que va desde el borde del tablado hasta el telón delantero, lugar donde se reciben las primeras vibraciones del aplauso y sitio que guarda las huellas del espectáculo.