La manifestación de la violencia no tiene un sólo matiz, adquiere tantos que algunos pasan desapercibidos. Sin embargo, su rostro, digamos, el más siniestro, es aquel que invariablemente usa el Estado para el control social. Cuando es así, el poder legitima su uso en nombre de la democracia y lo purifica a través de uno de sus aparatos más conspicuos de reproducción: los mass media. Pero cuando el ensañamiento proviene de abajo, entonces es intolerable e inmediatamente hay que criminalizarlo. Los tiempos que vivimos son de crispación. Nos lo recuerdan los ataques recientes de París y San Bernardino, California. Pero, también, los bombardeos de los países poderosos contra Siria. Para clarificar estos nubarrones de los que tanto se habla en estos días, alLímite reproduce un texto de Enrique Pichón-Riviere, el sicólogo suizo, naturalizado argentino, quien analiza el fenómeno desde la perspectiva social. El artículo es parte del libro Psicología de la Vida Cotidiana, publicado hace más de treinta años. Sin embargo, su vigencia es tal que pareciera que fue escrito ayer.

Durante los últimos tiempos los diarios, al referirse a los acontecimientos de orden internacional y nacional, registraron brotes de violencia cuya intensidad y reiteración sólo pueden ser explicadas a través de un detenido análisis.

El mundo está sometido en su totalidad a una frustración del hombre en su posibilidad de realizarse. De allí surgen tremendas tensiones cargas de hostilidad y que cuentan con un común denominador: la agresión. Ese miedo es hoy una enfermedad universal y contra él surge un mecanismo de defensa: la violencia.

Esa tensión estalla en focos dispersos, parciales, en actitudes grupales o aisladas, pero siempre reflejan la situación de una comunidad. Un hombre, como hace poco sucedió en Texas, que sube a una torre y asesina a balazos a decenas de personas, no es un hecho casual, sino en ese momento actual de portavoz de todo un grupo. La explosión aislada que significa esa violencia no es otra cosa que una manera de defenderse o postergar el estallido universal, que significaría hoy la destrucción de la humanidad.

La violencia puede ser definida como una reacción colectiva ocasionada por la acumulación de frustraciones  de individuos que, en un momento dado, por identificarse en un mismo conflicto adquieren una pertenencia. La agresión, aunque se manifieste caóticamente, va precedida siempre de una etapa de planificación y tiende a destruir lo que representa la fuente de frustración o de miedo, ya sea un objeto concreto o un símbolo de ese objeto. La violencia apunta siempre a una dirección.

Debajo de esa estructura de agresión, que de un modo u otro se hace colectiva, encontramos una pauta incorporada ya a nuestra cultura y alimentada por dos factores señalados varias veces a lo largo de estas notas: la inseguridad e incertidumbre.

Fenomenológicamente, el acto de violencia va precedido de un periodo de oscuridad (por eso se habla de violencia ciega), como si se esperara la debilitación de la censura para que se produzca el empuje incontenible de la agresión. Estudiando detenidamente el fenómeno del estallido, se observa junto al período previo de planificación una percepción del lugar o del símbolo del que proviene el malestar y al que se dirigirá el ataque. Para analizar el estallido de violencia debemos estudiar sus causas, sus personajes, el campo en que se desarrolla, los objetivos a los que apunta.

Difícilmente un acto de violencia se equivoca en su dirección, tocando siempre los valores que el grupo agresor quiere sustituir.

En cuanto a las causas, la principal es la ya mencionada frustración, surgida y continuamente fomentada a través del carácter competitivo de nuestra sociedad, por la inaccesibilidad de las fuentes de gratificación, un incesante aumento del costo de la vida, con la consecuencia de un incremento de la incertidumbre y el miedo al desempleo, uniéndose a esto la imposibilidad de planificar un futuro.

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Las diferencias de clase, las tensiones raciales y las perturbaciones en la comunicación entre clases sociales, personas e instituciones, esa situación de desencuentro que alguien llamó “Diálogos de Sordos”, vienen a agravar la situación.

Estas diferencias, causa de tensiones, han sido traducidas al plano internacional, y el carácter monopolista, colonialista e imperialista de las grandes potencias agrava la envidia y la rivalidad en el mundo dividido entre pobres y ricos, originándose otra vez esa frustración que conduce a la violencia.

Los protagonistas de estos golpes de violencia son, por un lado, los que alimentan situaciones de tensión, configurando instituciones, actitudes, y prejuicios que provocan la frustración. Por otro lado, se enfrentan a ellos las víctimas de un constante desengaño.

Una de las salidas de esta situación de enfrentamiento es la elección de personas o grupos minoritarios sobre los que se desplaza la agresión. Una vez más, el estallido parcial permite un drenaje de agresividad y trata de salvar a la sociedad de la destrucción total.

En un momento dado, poco importa quién sea el objeto del odio; es por eso que Harman Bahr, 50 años antes del nazismo, escribió: “Si no existieran judíos, los antisemitas tendrían que inventarlos”. Lo mismo debiera decirse de los negros, de los adolescentes, es decir, es decir de todas las minorías con características diferenciadas que en un momento dado desempeñan el rol de chivo expiatorio.

Estos grupos que representan el papel de víctimas son minorías a las que los toca desempeñarse como agentes de cambio social, despertando los miedos universales: el miedo a la pérdida y el miedo al ataque, reforzando de esa manera los factores desencadenantes de la agresión.