Desde el análisis autocrítico tan necesario para ahondar en los procesos revolucionarios de nuestro país, Pablo Martínez, editor adjunto de alLímite, desanda la historia y documenta el asalto al cuartel de Madera, ocurrido el 23 de septiembre de 1965.

Un teniente, dos sargentos, tres soldados y ocho guerrilleros murieron aquel fatídico 23 de septiembre de 1965. Para muchos, fue una acción temeraria, un auténtico suicidio. Para otros, constituyó un acto de rebeldía. Una épica batalla con tintes utópicos que marcaría el principio del fin; el fin del silencio de los inocentes ante la tiranía del todopoderoso estado mexicano. El asalto al cuartel de Madera se asentó en el imaginario mexicano como la génesis de la guerrilla, una nueva etapa de la revolución interrumpida que los de abajo han llevado desde hace más de 500 años.

La sangre derramada en Chihuahua formaría parte de la nueva alianza para rebelarse contra el yugo del poder. Hoy a 50 años del sacrificio en Madera parece que el tiempo ha borrado los ideales de los 13 valientes que dieron su vida persiguiendo la construcción de un México distinto, se los comió “la verdad histórica”, la misma que condenó a los 43 de Ayotzinapa al terreno de lo confuso e ininteligible.

Después de una terrible guerra contra el narco y de una serie de reformas estructurales,  de los normalistas desaparecidos ¿qué nos queda?. El asalto al cuartel de Madera parece un recuerdo lejano y oscuro, un cuento de cuna para niños en casas comunistas, una razón para que los universitarios tomen las calles para gritar afónicos consignas trasnochadas, una memoria que nos martiriza la conciencia. La era esta pariendo un corazón y nosotros hemos preferido quedarnos haciendo guerrillas por facebook, muy cómodamente en la casa y el sillón.

En muchos sentidos el 23 y 26 de septiembre son fechas ligadas entre sí, la historia de nuestro México parece cíclica y actores comunes resaltan al contar dos hechos separados por cincuenta años en el tiempo. Los dos acontecimientos se distinguen por el hartazgo de la población, las demandas campesinas y la criminalización que el estado mexicano hace contra quienes lo cuestionan.

Hace cincuenta años, un grupo de estudiantes y profesores de las escuelas normales rurales de Saucillo y Salaices se juntaron con campesinos para protegerse mutuamente de las despóticas acciones de las mineras estadounidenses respaldadas por los latifundistas de la región y por el gobierno estatal, que se encargarían de encarcelar a los líderes visibles al convocarse al Primer Encuentro en la Sierra Heraclio Bernal de Dolores con el objetivo de juntar las luchas agrarias en la región.

Al agotar todas las vías legales y pacíficas el grupo se vio forzado a entrar de lleno en la clandestinidad. Pablo Gómez, Arturo Gámiz y Salvador Gaytán encabezaron el nuevo foco guerrillero, que se terminó abruptamente al ser asesinados los dos primeros en el asalto al cuartel de Madera. El gobierno federal los tachó de locos, drogadictos y terroristas, era el comienzo de la guerra sucia que combatiría todo foco insurgente en México durante las décadas siguientes.

El 26 de septiembre un grupo de estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa en Guerrero fueron desaparecidos por el ejército federal en contubernio con los Guerreros Unidos, un grupo de narcotraficantes de la zona. Las Normales Rurales han sido siempre un semillero de luchadores sociales, caracterizados por defender, a capa y espada, el agrarismo en México. El gobierno federal acudió a la misma estrategia, la desacreditación de los jóvenes normalistas.

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Parece que el estado mexicano no ha modificado sus formas, el autoritarismo, la represión y el descrédito siguen siguen siendo su signo para combatir a sus opositores. La lucha de clases en México tiene el mismo fondo y ante tantas estadísticas de progreso para legitimar el sistema político en nuestro país cabría preguntarnos ¿porqué las causas de las luchas sociales y la respuesta del gobierno siguen siendo las mismas después de cincuenta años? ¿nada ha cambiado en nuestro país?¿Cuantos Madera y Ayotzinpas hacen falta antes de que llegue un cambio profundo y radical?

Tanto el grupo clandestino de Madera como los estudiantes de Ayotzinapa representan el hartazgo de las clases más desfavorecidas en nuestro país. Ante tanta miseria, hambruna y desigualdad es comprensible que se sigan formando grupos guerrilleros en México. La pregunta es ¿cuándo el Estado mexicano intentará atacar la causas del descontento social en vez de aplastar a los actores sociales que se rebelan contra él?

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”¡Ríndanse! ¡Están rodeados! ¡Ríndanse!” gritaron los rebeldes que acechaban el cuartel de Madera. El grupo insurrecto a las órdenes del doctor Pablo Gómez y el maestro Arturo Gámiz confiaron en que sólo dos pelotones resguardaban el edificio militar. El fuego de 125 efectivos del ejército los sacarían de su error. La chispa que cambió el modo de ver la lucha clandestina en México, habría que reconocer, fue un error estratégico gigantesco.

No había luz cuando comenzaron los disparos, la madrugada agonizaba mientras el cielo se debatía entre seguir en penumbra o abrirse paso al sol. La ambigüedad en el firmamento cubrió a los atacantes. Se respiraba el fresco de la sierra. Los soldados se dirigían hacia el comedor para desayunar cuando se escucharon los primeras detonaciones desde las 4 esquinas que rodeaban el lugar.

Amenazas estériles se lanzaban al aire con una voz desesperada y nerviosa tratando de intimidar al ejército mexicano. Trece combatientes mal entrenados y peor armados pretendían consolidar su utopía revolucionaria con la epopeya homérica de vencer en combate a más de cien soldados.

Los elementos del ejercito esquivaron las balas al pegar el pecho contra la tierra de la explanada. Sin embargo algo no tenía sentido, los disparos eran muy pocos y lejanos. Seguramente de armas arcaicas que no sonaban amenazantes. Los soldados no tardaron en reaccionar. Intuyendo su superioridad numérica se dirigieron hacia el punto donde se escuchaban el mayor número de balazos y vociferaciones: las vías del ferrocarril, paralelas  al cuartel.

Caminaron unos 30 metros y los sorprendió el movimiento de la locomotora que empezaba su marcha. La farola del tren iluminó a los soldados como blancos de tiro que fueron aprovechados por los insurgentes apostados a orillas de la vía férrea. Sin embargo después de ese primer ataque frontal y mortífero la superioridad numérica jugó a favor del ejército.

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Las escopetas para matar pájaros, los rifles con un largo tiempo de recarga, las bombas molotov ineficientes en batalla directa, las carabinas viejas que se atascaban al primer disparo, todo se confabuló en contra de los rebeldes de Madera. Fue una masacre. Ocho  muertos del grupo guerrillero. Los siete restantes que lograron escapar eran los que disparaban desde la orilla opuesta a la locomotora y tras un recorrido de quinientos metros se internaron en la sierra. El cuerpo de Pablo Gómez yacía inerte en el suelo cobijado por una bandera blanca que rezaba: !Viva la libertad!.

Este puñado de maestros rurales, campesinos y estudiantes habían sido entrenados bajo tres fundamentos. La coherencia del pensamiento marxista-leninista aplicado a “la mexicana”, el pesar constante que significa la clandestinidad y el famoso manual de Guerra de guerrillas escrito por Ernesto Che Guevara.

Se suponía que tres pelotones de guerrilleros asaltarían el cuartel, sin embargo, debido a las lluvia en día anteriores y el crecimiento de los ríos, el pelotón a cargo de Salvador Gaytán no pudo llegar a la cita. La otra escuadra compuesta por estudiantes normalistas se perdió en la sierra. No eran 70 soldados resguardando la zona militar de Madera, como pensaban los insurrectos, sino 125. El viento era adverso. El grupo no logró, como pretendía, el abastecimiento de armas. Tampoco pudo consumar la expropiación del banco local y se frustró su mensaje revolucionario en la radio local.

Sin embargo, a pesar de la estrepitosa derrota militar, en el terreno de lo simbólico, el ahora mítico ataque al cuartel de Madera se erige como una de las grandes pautas en la interminable lucha contra el poder. El grupo popular guerrillero (GPG), formado en 1965, responsable del asalto al cuartel de Madera, sería el enclave para entender los distintos procesos guerrilleros que hasta hoy vive el país.

El impacto que tuvo este hecho fue tanto que los cuerpos de los valientes insurgentes fueron “mostrados” por el ejército en comunidades cercanas como una especie de escarmiento. Días después del fallido golpe al cuartel militar los mártires de la justicia agraria fueron depositados en una fosa común con una lapidaria y cínica frase del gobernador Giner Durán: ¿querían tierra? Echenles hasta que se harten.

A este grupo lo antecedieron levantamientos espontáneos, causados por la grave situación en la que se debaten los desclasados en el país. Sin embargo, el GPG tuvo un acento especial: fue el primero que incorporó una explicación teórica que justificó el uso de las armas para la toma del poder. Una insurrección que buscó sacudir la estructura del  establishment y expandir su causa a lo largo y ancho de México, donde  sigue presente la urgencia de una nación más justa.

Casi diez años después, Óscar González Eguiarte, sobreviviente del cuartelazo, y Salvador Gaytán, miembro activo del GPG, fueron buscados por grupos clandestinos en México para formar uno de los movimientos emblemáticos de la guerrilla en nuestro país: la Liga Comunista 23 de Septiembre, nombrada así en honor a los hombres caídos en la sierra de Chihuahua.